No sé si cada nombramiento en el futuro gabinete ministerial de Colombia es peor que el anterior. Pero lo que sí es cierto es que cada uno parece venir con un matacandelas, dispuesto a extinguir alguna luz que se había encendido hace poco o que había costado encenderla y que era necesario cuidar.
El caso de la futura ministra de Educación —antiderechos consumada que podrá tirar línea sobre qué y cómo se enseña en los colegios del país— es quizá el más conocido, pero el del próximo canciller es el más grosero.
Negacionista del cambio climático, difusor de noticias falsas —dice que el covid no existió—, celebrador del genocidio en Gaza, homofóbico y con una mentalidad colonial como solo era posible en los más enconados criollos del siglo XIX. A algunos, sin embargo, les basta con que sea políglota para augurar que será un buen canciller, olvidando que ciertos conocimientos son solo muestra de privilegio, no de competencia o aptitud para ejercer un cargo.
Su cuenta de Twitter da cuenta de su visión del mundo: una conspiración tras otra adobada con fake news. ¿Qué dirá cuando le pidan a Colombia confirmar nuevos tratados sobre combate al cambio climático? ¿De qué lado se pondrá si hay un nuevo genocidio en el mundo? ¿Qué cuando argumente en contra del globalismo en las organizaciones donde deberá estar presente? ¿Qué cuando empiece a culpar a Soros?
Pero en fin, que hago un paneo por el mosaico de los futuros ministros y solo puedo decirme: ¡qué oscuro que se está poniendo todo! Pero lo dije antes, en la columna anterior, que no hay ninguna sorpresa en los nombramientos: es la hoja de ruta de la ultraderecha en el mundo que la de Colombia sigue a pie juntillas.
Dije, otras veces, que la institucionalidad colombiana es capaz de soportar la andanada reaccionaria que se vendrá a partir del 7 de agosto —o que ataca desde ya—. Pero hasta ahora veo cierta complacencia, perfiles que hablan de lo técnico y la experiencia, sin pasar las páginas hacia lo que representan u olvidando parte de su historial reaccionario.
Son cosas de forma: poco cuestionamiento de los medios ante los anuncios, por ejemplo. Más aplausos que cuestionamientos. Hay más. Leí una declaración del Centro Político. Allí tampoco hubo espacio para preguntar sobre ese velo oscuro que se tiende sobre el país.
Qué soledad serán estos cuatro años que vienen para los defensores de los derechos humanos, para el ambientalismo, para las luchas feministas e incluyentes de aquellas personas que no pueden protegerse en sus privilegios, para las minorías en general. Qué cuesta arriba que parece estarse poniendo el camino de la justicia social.
Tocará volver a encender las luces que logren apagar, velar para que lo difícilmente ganado no se pierda fácilmente, señalar dónde están los riesgos que vienen maquillados de tecnocracia y experiencia, cuando no son más que privilegios heredados.
Vuelvo y miro y vuelvo a decir: ¡qué cantidad de matacandelas, qué oscuro que se está poniendo todo!
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