El viejo truco del racismo

Todavía recuerdo mi asombro al escuchar que, tras el mundial de Alemania 2006, Serbia & Montenegro se iban a separar. Para esa época, yo tenía 9 años, sabía poco de fútbol, pero mucho menos acerca de lo que es un país o una nación. Para ese entonces estaba convencido de que, al igual que en mi condición de colombiano, los habitantes de Serbia & Montenegro eran una única comunidad, indivisible, pero además con un origen casi milenario. Años después, tras visitar algunos seminarios sobre Nacionalismo y la construcción del Estado-Nación, comprendí que quizá eso que consideramos como una entidad natural y con pasado común, es un producto del capitalismo impreso como forma de disciplinar y gobernar individuos.

Aunque no es de extrañar que la gente se muestre sorprendida por la composición étnica de algunas selecciones en el mundial que se está jugando, sí decepciona que producto de la ignorancia, algunos cuantos se atrevan a negar la condición de francés, alemán o español de algunos jugadores. Guiados por una tremenda ignorancia consideran que estas naciones se forjaron desde una pureza étnica y social que recién han venido a perturbar migrantes árabes, africanos y marroquíes.

Quiero detenerme en el caso de la selección francesa, quizá la mejor del mundo actualmente. A medida que avanzan “Les Blues” de ronda, se posiciona una racistada: “la selección francesa está llena de africanos”. Lo primero que hay que mencionar es que esta frase solo funciona si se asume que ser africano, es en sí mismo, algo menor, un defecto, una rebaja. Allí aparece sin sonrojarse el primer elemento racista: convertir un continente en una ofensa o en un elemento distintivo respecto de una selección, que erróneamente, se piensa que antes estaba compuesta solamente por galos, pero ¿qué es ser francés, o colombiano, o alemán?

A nadie se le ocurre decir que la selección argentina es italiana por los apellidos de sus jugadores, mientras que cuando se refiere a África, en cambio, el comentario pretende herir, restar valor, y más grave aún, negar la nacionalidad de los jugadores franceses cuyo origen es de países africanos. Aunque suene bien intencionado, aludir al origen de los padres de los jugadores como Mbappe, Dembelé o Kanté, lo que se pretende negar es la calidad de ciudadano francés, la misma que la Constitución reconoce sin distingo alguno. La nacionalidad no se hereda por el color de piel.

Por eso vale la pena recordar, una y otra vez, que ningún Estado – Nación tiene un origen “único”. Lo que hoy llamamos Francia es una unión de pueblos y civilizaciones: galos, celtas, romanos que conquistaron el territorio, francos que le dieron su nombre, y con ellos, visigodos, burgundios, bretones, normandos, occitanos, vascos, alsacianos, y una larguísima lista que luego pasó a conformar, tras la monarquía, lo que hoy conocemos como Francia. Pero ahí no acabó esa construcción nacional, con las migraciones del siglo XX, llegaron italianos, polacos, españoles, portugueses y armenios. No existe tal cosa como un “francés puro” contra el cual medir al recién llegado.

El historiador Eric Hobsbawm explicó que las naciones modernas son un invento de los siglos XVIII y XIX, y las tradiciones que se presentan como ancestrales, suelen estar fabricadas. El célebre “nos ancêtres les Gaulois» (nuestros ancestros los galos), fue un recurso escolar de la Tercera República, que tuvo como objetivo inventar un pasado homogéneo; se enseñaba incluso a los niños en colonias en África. Esto nos pone de manifiesto una incómoda realidad para algunos: la nación no se funda en la raza sino en la “voluntad de seguir viviendo juntos”.

La selección francesa no es entonces una mezcla de jugadores africanos sino el combinado de jugadores, que habiendo nacido, crecido y reproducido los valores que diferencian a Francia, son franceses. Lo que Benedict Anderson llamó “Comunidad imaginada”, es precisamente lo que nos permite identificar a una nación: la reproducción de unas ideas, símbolos y valores transmitidos mediante una lengua común, a través de la escuela. El joven nacido en Marsella de padres malienses, escolarizado en francés y ciudadano de la República, participa exactamente de la misma comunidad imaginada que quien fantasea con descender de los galos.

Hay, además, un elemento que olvidan quienes afirman que la selección está llena de africanos: Argelia, Marruecos, Senegal y Malí fueron territorios franceses; muchos de esos migrantes, o sus padres, fueron súbditos del imperio. El equipo campeón del mundo en 1998, el del lema black-blanc-beur (negro, blanco, árabe), ya lo había escenificado: Zidane, hijo de cabilios argelinos; Thuram, de Guadalupe; Desailly, nacido en Ghana; Karembeu, canaco de Nueva Caledonia.

Y si vamos unos años atrás, podemos observar que La selección francesa que jugó el Mundial de México 1966, mucho antes de cualquier «problema» migratorio contemporáneo, ya era mestiza: Néstor Combin y Héctor de Bourgoing habían nacido en Argentina; Jean Djorkaeff era de ascendencia kalmuka; Robert Budzynski, hijo de polacos; André Chorda, hijo de un inmigrante español.

Al final estos señalamientos, más allá del evidente racismo, terminan describiendo lo que es Francia, y todas las naciones en el mundo. Es un país hecho de muchos pueblos. Esta definición de lo que es la nación moderna desnuda cómo la diversidad constituye a un Estado nacional, por lo que mi llamado es a no confundir ignorancia con ingenio.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-david-mendez/

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