Sin pruebas no hay fraude, presidente

Qué pereza tener que salir cada semana, de manera pública y enfática, a rechazar los desaciertos de un gobierno que no ha sabido transitar la derrota electoral.

Que el presidente de la República desconozca los resultados no es, en sí mismo, grave: él no tiene la obligación de «reconocer» nada. Lo grave —lo verdaderamente grave— es que la primera autoridad de la nación tienda un manto de duda sobre una elección y, sin una sola prueba, hable de fraude. Esta semana Gustavo Petro afirmó que Abelardo de la Espriella «no ganó las elecciones», denunció un supuesto «fraude electoral por vía algorítmica» y llegó a sugerir que el verdadero presidente electo es Iván Cepeda, su candidato derrotado en segunda vuelta. Ninguna de esas acusaciones ha venido acompañada de una sola evidencia. Ni el servidor en Los Ángeles, ni los «hermanos Bautista», ni los expertos israelíes: nada de eso ha pasado de ser un titular en X.

Qué pereza tener que recordarle a la gente, otra vez, que la Registraduría de Colombia es una de las más consolidadas de América Latina, por no decir del mundo. Qué pereza tener que repetir que nuestro sistema electoral es ejemplo internacional, y que así lo han confirmado las misiones de observación que avalaron estos comicios. Pero sobre todo, qué cansancio produce quedar atrapados en esta disyuntiva: el Pacto Histórico —Petro, Cepeda, su bancada— no acepta los resultados, llama a movilizarse en las calles y agita la bandera de una «desobediencia civil» que es puro eufemismo. Todos sabemos qué significa en la práctica: paralizar el país otra vez.

Es más: con toda la maquinaria que el gobierno saliente y su candidato pusieron al servicio de esta campaña —la chequera del Estado, la presión de grupos armados en los territorios para inclinar el voto— no lograron ganar. Y son ellos, no la oposición, quienes hoy enfrentan las preguntas más serias sobre si respetaron las garantías de los demás participantes del certamen democrático.

Dicho esto, seamos honestos también hacia el otro lado. Defender la legitimidad de un resultado electoral no es lo mismo que entregarle un cheque en blanco al ganador. Yo voté por De la Espriella, pero con muchas reservas, y esas reservas siguen intactas hoy, a la luz de sus primeros anuncios y de la manera como se perfila su gobierno. Si algo no le va a faltar a este gobierno es control político. No porque yo esté en su oposición —no lo estoy—, sino porque exigir legalidad y pruebas es exactamente lo que me obliga, así mismo, a exigirle resultados y coherencia a quien gobierna. Es el mismo principio: la institucionalidad no se defiende solo cuando conviene, se defiende siempre, incluso vigilando de cerca a quien uno ayudó a elegir. Y ya hay varias razones para empezar a ejercer ese control.

Una de las primeras decisiones de Abelardo de la Espriella fue nombrar a Viviane Morales como ministra de Educación. Es una mujer de trayectoria innegable —fiscal general, congresista, embajadora—, pero también una figura sin experiencia directa en el sector educativo y con un perfil religioso y conservador que ella misma no ha ocultado: ha hablado de «meter a Dios» en los colegios y de reorientar la formación hacia los valores tradicionales. Después de que la movilización estudiantil de 2021 fue el detonante de un paro nacional que marcó un antes y un después en la relación entre el Estado y la juventud colombiana, resulta difícil de entender que el nuevo gobierno decida estrenarse en educación con una figura que no da garantías precisamente al sector estudiantil que hoy es indispensable para gobernar. Es casi como si De la Espriella estuviera provocando a los movimientos estudiantiles para que salgan, de una vez, a las calles a confrontarlo.

No termino de entender esa decisión. Y la traigo aquí, en la misma columna en la que defiendo la legitimidad del voto de Abelardo de la Espriella, precisamente para que quede clara la regla del juego: exigir pruebas no es un favor que le hago al gobierno entrante, es un estándar que le voy a aplicar a él con la misma severidad. Se puede gobernar sin vaticinar fraudes donde no los hay y sin hacer nombramientos que parecen más una provocación que una estrategia de gobierno coherente, tecnócrata y sensata. Por eso no le faltará mi control político al gobierno entrante.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

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