Poseidon’un Ahırı

Una bahía de playas rocosas. Aguas mansas color azul egeo. Piedras teñidas de blanco por la sal que allí se conserva y ablanda su superficie carrasposa. Las convierte en almohadas. Olas como abrazos de una diosa que nos sostienen boca arriba y nos dirigen la mirada hacia la luna que se dibuja trasnochada en el cielo recién inaugurado de la mañana. 

Once o doce tesoros puede encontrar cualquiera que camine y mire atentamente hacia el suelo. Una familia conserva un pedazo de una antigua vasija que quizás rozó los labios de Dionisio. Otra conserva la agarradera de una olla con grabados circulares como jeroglíficos que estresan a los estudiosos. Tesoros que, sobre todo, recuerdan tiempos mejores a sus nostálgicos buscadores. Atrapan en ellos las historias de infancias entre pastizales que el fuego quemó hace ya mucho tiempo. Tesoros como pretextos del recuerdo. 

Cien o doscientos pedazos de cualquier cosa encuentra todo el que camina sin mirar. Abundan colillas, tapas, viejos y ya anaranjados encendedores, latas de cerveza y pedazos de vidrio color verde botella. Objetos de otras noches, otros tiempos, quizás de un triste aventurero despechado, quizás de un par de enamorados; se dibujan en el suelo como jeroglíficos que jamás descifraremos. Objetos hechos basura por el tiempo. 

Nuestro tiempo aquí es el del agua, el sol y el viento. Es bueno nadar en la mañana, en la tarde y hasta en la noche. Aunque en esta última solo lo hace uno que otro amante dispuesto a descrestar de nuevo a la pareja que hace poco tiempo camina de su mano (sabeos que con el paso de los años no importa tanto descrestar). Pero aquí no se puede nadar en el ocaso. 

Dos problemas enfrenta el nadador de las últimas horas (distintos a los problemas del marinero, pero de ese habrá que hablar en otro tiempo). El viento que llega cansado del sur cuando el día se acaba. Como si trajera consigo los lamentos de allá. Del sur. Esos fantasmas reciclados que bien conocemos. El nadador debe evitar este viento a toda costa, pues quiere llevarlo todo al fondo del océano, nadador incluido. ¡Precaución! 

El segundo problema son las gaviotas. Esas aves ya demasiado viejas cuentan con su gritería la historia de los olvidados barcos balleneros. Sus picos puntiagudos están hechos para soportarlo todo. A eso del ocaso, que aquí sucede entre las ocho y las nueve, las gaviotas llegan a la bahía y sumergen sus picos buscando alimento. No es recomendable atravesarse en su camino. 

Sabiendo el tiempo que tenemos para sumergirnos, ahora disfrutemos del espacio. Una bahía de playas rocosas. Aguas mansas color azul egeo. Piedras teñidas de blanco por la sal que allí se conserva y ablanda su superficie carrasposa. Las convierte en almohadas. Olas como abrazos de una diosa que nos sostienen boca arriba y nos dirigen la mirada hacia la luna que se dibuja trasnochada en el cielo recién inaugurado de la mañana. 

En el entretanto, una pareja de cuervos de ojos negros vigilan, ansiosos, nuestras brazadas desde el techo de un caserío abandonado. A su lado, un olivo en cuyo tallo trabajan hormigas y acechan lagartijas plateadas. Una que otra serpiente saluda de vez en cuando.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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