El hombre y sus ruinas

Llevo días viendo ruinas. A la gente contemplando su vida destrozada. Niños diciendo “mi mamá se llama, se llamaba…” y “yo fui el único de mi familia que sobrevivió a este derrumbe” y, respondiéndole a un rescatista desde bajo los escombros, “no te veo todavía porque hay como una montañita de cemento”. Paralelamente, he visto perritos previamente maltratados encontrando personas vivas en lugares a los que nunca se hubiera llegado sin ellos. Y a socorristas decir “venimos desde Ecuador a ayudarte, te vamos a sacar”. También vi celebrar en árabe a un equipo de rescate jordano al salvar a un niño que llevaba seis días atrapado, limpiándolo cuidadosamente, tras años de atestiguar el aplastamiento de niños árabes bajo los escombros sin que prácticamente nadie hiciera ni dijera nada.

Hay tantísimo dolor en el mundo. Uno se puede enloquecer viendo estas cosas. Preguntándose desde una cama caliente cómo es posible tanto horror. Preguntándose por la insania de la impotencia. Junto a esa herida aparece el escalofrío al ver a esas personas que se olvidan de sus orígenes y sus idiomas y los sinsentidos de sus gobiernos para arriesgar la vida sin pensarlo y ayudar a los desconocidos que cayeron en el azar del horror. Así esos desconocidos no puedan darles las gracias en una lengua que comprendan. Así, posiblemente, nunca vayan a saber quién los salvó. Uno ve perros maltratados que después salvan a seres humanos y pueblos maltratados que después viajan a salvar. Yo sí me acerco a la locura con todas estas cosas. Me pregunto por qué. Por qué si todos entendemos lo que es el dolor, si le tememos al horror, si sabemos lo que es el amor y el miedo y la incertidumbre y la ilusión, por qué elegimos odiarnos en vez de compadecernos. Cuando las naciones colaboran en vez de destruirse por distintas el mundo es otro. Dice la filósofa Victoria Camps que “lo que falla es la voluntad, esa voluntad de hacer las cosas bien que, según Kant, era lo único bueno sin excepción”.

La extraordinaria película Nuremberg empieza diciendo que —tras la II Guerra Mundial— hay 70 millones de muertos y que no saben qué hacer, pues no hay ley internacional que les permita a unas naciones decirles a otras lo que pueden o no pueden hacer, pero que acaba de suceder el horror y hay que tratar de entenderlo, de ponerlo frente a los ojos del mundo y juzgarlo para que no vuelva a ocurrir jamás. Pues, escalofrío porque el horror está volviendo a ocurrir y la ley internacional construida con tanta sangre está muriendo porque la están dejando morir quienes la ayudaron a nacer. Viene muriendo desde 2014 en Crimea, con el incesante ataque de Rusia a Ucrania, con el comportamiento terrorista del estado que debería rechazar más que ningún otro el horror, con la democracia más antigua tomándose a un estado independiente como protectorado en el Siglo XXI.

En la película también afirmaban que por primera vez se juzgarían crímenes contra la paz del mundo. Era, a pesar de la pesadilla recién vivida, algo esperanzador. Los juicios se desarrollaron en el Palacio de Justicia de Nuremberg, que estaba medio destruido tras la guerra, y no pude sino visualizar de nuevo ruinas: las de Venezuela, Gaza, Líbano, el derecho internacional y la humanidad. También, al ver la solidaridad expresa de muchos a mi alrededor tras los terremotos, me pregunto dónde han estado durante los últimos casi tres años, en donde no ha sido la naturaleza la que ha estallado y aplastado niños y viejos y familias y animales, sino un estado supuestamente democrático apoyado ya sabemos por quién. ¿Qué no han visto? ¿De qué depende su mirada?

Algo muy profundo está en juego. La película, muy oportuna para estos tiempos, termina con esta frase del filósofo e historiador inglés RG Collingwood: «La única pista para saber lo que es capaz de hacer el hombre es saber lo que ha sido capaz de hacer».

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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