Ella tiene 86 años. El casi a punto de cumplir 88 años.
Se habían conocido muy jóvenes. Ella tenía un prometido. Se iba a casar pronto con él, cuando de repente le llegó la trágica noticia de su muerte. Guardo luto un año y, de pronto, él se le declaró, la había amado en silencio durante mucho tiempo y ahora veía la oportunidad de construir algo junto a ella.
Se casaron un tiempo después. Él trabajaba para una empresa estatal. Era un hombre inteligente y muy responsable. A Ella no le había gustado estudiar y al casarse se dedicó al hogar, a cuidarlo a él, y luego a los dos hijos del matrimonio. Era hacendosa, creativa, amorosa, siempre pendiente de cada mínimo aspecto del hogar, de Él y de sus hijos. Un ama de casa en toda la dimensión de la palabra.
Eran una pareja típica de clase media. Vivían sin lujos, el sueldo de Él les daba para vivir con lo justo y mantener unos pequeños ahorros para pagar la casa. Irse de vacaciones era la excepción. Ambos tenían la convicción de la importancia de mantener cautela en los gastos. Vivir acorde con los ingresos. Ella era guardiana de esa forma de vida. Sin exigencias y haciendo las veces de administradora del hogar.
De pronto, después de más de cincuenta años de convivencia, Él decide marcharse de la casa compartida. Hay tristeza y dolor. Ambos son ya adultos mayores, con achaques, más Él que Ella. La familia no entiende semejante decisión, se caen tantas convicciones, como esa de que ya a estas alturas se acompañarán hasta que alguno parta de este mundo.
Pero no es así. Se separan, pero no se divorcian. El la sostiene económicamente mediante un estipendio mensual fijado en Comisaría de Familia. Ella sigue siendo beneficiaria de él en el sistema de salud. Y también la mantiene como beneficiaria del seguro exequial.
El muere antes de cumplir 88 años. Ella se conduele, la familia llora la pérdida. Y ahora ¿Qué pasará con ella? Bueno aquí viene la realidad de la fragilidad de los adultos mayores y de nuestro sistema de protección social que tiene que avanzar más allá de lo que tenemos ahora, sin duda.
A las pocas semanas ella debe ir a cita de control médico y a reclamar los medicamentos para sus dolencias. De pronto, se enfrenta a una realidad inconcebible. “Señora: usted ya no aparece en el sistema” … “Pero cómo así señorita” “Si señora, no aparece, vaya a la administración para que le expliquen por qué” Allá, palabras más palabras menos, le dicen que al fallecer el titular -el contribuyente al sistema- se suspende de los servicios, de inmediato, a todos los beneficiarios.
Ella está indignada, no lo puede creer. Tiene 86 años y necesita medicina todos los días. Y si, este es nuestro sistema de protección social. Indolente con quienes son beneficiarios del “contribuyente”.
Lo primero que se me viene a la mente es que esa indolencia tiene que cambiar. ¿Cómo es posible que esto ocurra? Alguien que estuvo en el sistema por más de cinco décadas, cuando fallece el contribuyente queda por fuera. No hay lugar a un espacio de tiempo de protección. Digamos, el tiempo que se demora el fondo de pensiones, público o privado, en resolver el trámite de la sustitución pensional. Incluso actuando como un incentivo para que los trámites no sean eternos.
Porque quitar el derecho de inmediato es una forma de desconocer que esos beneficiarios efectivamente lo tuvieron. Esa es la lógica que no entiendo y que me parece una total contradicción.
A ella en la EPS en la que estaba afiliada le dijeron que podía averiguar para afiliarse como contribuyente. Inconcebible, una señora octogenaria que toda la vida fue ama de casa, ahora la solución que le plantean es que contribuya al sistema para poder tener los beneficios. Un sinsentido.
Ella cuenta con el apoyo de sus hijos. Uno de ellos la afilió como beneficiaria mientras se resuelve la situación. Pero y qué pasa con quienes no tienen una red familiar que les permita solventar este momento. Justo las personas más vulnerables son las que usualmente no cuentan con esas redes de apoyo.
En el trámite de la pensión de sobrevivencia a Ella le hicieron una videollamada para plantearle una serie de preguntas en el proceso de investigación para el otorgamiento de la pensión. Su hija la acompañó, Ella no sabía manejar “esa tecnología”. Fueron muchas preguntas. Muchas de ellas, Ella no las entendió, en otras la memoria de más de cinco décadas de convivencia le falló. La hija no podía participar, ni aclarar, solo estar ahí. Y, de nuevo, vio toda la fragilidad de su madre, de su edad, pero también de su condición de mujer que toda la vida dependió económicamente de un hombre.
Cada vez más mujeres participan del mercado laboral en el mundo y en nuestro país, aunque aún un alto porcentaje, mayor que los hombres, no aporta contributivamente al sistema de seguridad social. Tenemos que avanzar, de un lado, en la formalización del empleo y, de otro lado, en el entendimiento y la compensación del trabajo ligado al cuidado, para aquellas mujeres que de forma consciente quieren dedicarse a él. Entender y compensar ese trabajo, principalmente, de mujeres, que destinan la mayor parte de su tiempo al hogar, a cuidar a esposos, hijos, enfermos, niños y ancianos, y que la sociedad aún no recompensa como debería, debe ser un imperativo social.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/