La tentación del fracaso 

“La locura en muchos casos no consiste en carecer de razón, sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias”.

Julio Ramón Ribeyro.

La semana pasada, el país se paralizó mientras observaba el preconteo de votos y esperaba la noticia de quién sería el próximo presidente de Colombia. El resultado mostró un país dividido en números, en ideología, en la visión del modelo económico y social que unos y otros soñamos y, sobre todo, en ideas y en mensajes de un lado y de otro atacándose y culpándose entre sí. Incluso, anticipando desastres, con esa obsesión tan particular y a veces inconsciente, de que al nuevo presidente le vaya mal sólo para tener la razón. Pero ese es otro tema.  

Según datos de la Registraduría, 40.036.238 personas estaban habilitadas para votar en el territorio, y 1.250.846 en el exterior. De las cuales más de 26.000.000 votaron, lo que significó la segunda vuelta con la participación más alta de la historia de Colombia, con un resultado estrecho: una diferencia de apenas 250.000 votos entre ambos candidatos. 

Los análisis, por supuesto, no se hicieron esperar. ¿Por qué ganó el outsider Abelardo? ¿Quién fue el gran derrotado, Petro o su candidato? ¿Es el fin de la izquierda en Colombia? Sin embargo, aunque después de un resultado así, existe la tentación a encasillar y a etiquetar para explicar lo sucedido: “Si ganó la izquierda, el país se volvió socialista; si ganó la derecha, se volvió fascista”, estas afirmaciones no son precisas ni del todo ciertas. 

Las sociedades no son una masa y ya. Las sociedades son personas llenas de matices, de ideas, de conflictos y de prioridades. Decir que un país es de izquierda o de derecha por el presidente que elige es reduccionista y desconoce completamente que las personas no somos sólo una ideología. En elecciones presidenciales lo principal para elegir son las motivaciones. Por ejemplo si la preocupación es la desigualdad, gana quien promete redistribución y bienestar para todos. Y si domina el miedo a la inseguridad, a la pérdida del progreso económico y a una ausencia de control, gana quien promete orden y resultados. 

Y es ahí donde entra la capacidad de los equipos de campaña para leer el escenario y jugar con las emociones y las motivaciones de las personas. Porque no ganó únicamente un candidato. Ganaron el cansancio y el deseo de castigar a quienes consideran responsables de los problemas más urgentes que hoy vive Colombia. El triunfo de Gustavo Petro hace cuatro años, y su terrible y desastroso gobierno, hicieron que muchas personas votaran con el anhelo de una aplastante derrota contra su candidato Iván Cepeda. 

Siempre lo he pensado, el odio es más poderoso que el amor.

Por eso, reducir el resultado a una simple victoria de la derecha o a una derrota de la izquierda es ignorar la complejidad del momento que vivimos como país. Hoy los resultados electorales no hablan únicamente de quién gobernará los próximos cuatro años, ni de quienes votamos por él. También es un llamado a las más de 12 millones de personas que votaron por Iván Cepeda, a quienes se abstuvieron y a quienes votaron en blanco, a aceptar que ganó el candidato que no les gustaba, a reconstruir un espacio de encuentro que parece inexistente, a ejercer una oposición seria que también permita consensos en lo fundamental, pero sobre todo, y en esto quiero ser muy enfática y lo seré en todas mis conversaciones (y esto va para los votantes de Abelardo): a dejar de señalarnos y etiquetarnos, despreciarnos o invalidarnos. Colombia no es sólo un gobernante, Colombia somos sus ciudadanos y la forma como nos tratamos, aun cuando nos domine esa tentación del fracaso.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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