Las elecciones presidenciales en las democracias no solo sirven para elegir un nuevo presidente –o su continuidad, si hay reelección– sino también como una suerte de plebiscito sobre el mandatario saliente y sus principales oponentes. Como tal se deben analizar.
Este doble propósito quedó retratado de manera rocambolesca en nuestras pasadas elecciones Los resultados de las dos vueltas presidenciales fueron sorpresivos. Nadie esperaba que Abelardo de la Espriella fuera a superar en la primera vuelta a Iván Cepeda ni que la diferencia con Paloma Valencia fuera abismal. Caso contrario, en la segunda vuelta no era previsible un balotaje tan apretado entre ADLE y Cepeda.
Resultados tan imprevistos desbordan los análisis convencionales. La única conclusión clara y casi unánime es que en ambas vueltas hubo exceso de confianza y de triunfalismo de las campañas que lideraban las encuestas. En la primera por parte de la izquierda, que creía que ganaba de una vez por todas; y en la segunda por una derecha tan eufórica como su candidato, que anticipaban victoria por goleada, pero terminaron pidiendo tiempo, para usar el argot futbolero de moda por el Mundial.
Primera vuelta: Petro y Uribe los grandes perdedores
Una vez se conocieron los resultados del preconteo de la primera vuelta, Paloma y Cepeda no pudieron ocultar su desazón. La candidata, “más uribista que Uribe”, como se definía, tuvo una derrota estrepitosa ante De la Espriella, que se quedó con la mayoría de votos de la derecha por 37 puntos porcentuales de diferencia (43.74 vs. 6.92). Un baño de realidad para ella, su jefe y su partido, que, pese a posar de moderados, entraron en una campaña sucia y fratricida con ADLE hasta el 31 de mayo. Por momentos olvidaban que su propósito superior era derrotar el “socialismo del siglo XXI y la amenaza castrochavista y comunista que representaban Petro y Cepeda”.
Irónicamente, en las huestes de la izquierda, Uribe también fue un factor clave. Además del anunciado triunfalismo, Petro y Cepeda sobredimensionaron las posibilidades de Uribe y su candidata y subestimaron a ADLE. Con mínima autocrítica sobre su gobierno, y soñando con que solo con los “nadies” podrían reelegir el proyecto del progresismo, desatendieron las nuevas –y viejas– dinámicas de la política nacional e internacional.
No entendieron que este país sigue siendo predominantemente de derechas y que el establecimiento (gremios, grandes medios de comunicación y partidos tradicionales: los de “siempre” y los “nunca”, que son básicamente los mismos) tenía una consigna clara, que seguirían al pie de la letra: como sea y con quien sea, todos contra Cepeda. También desestimaron los vientos de cambio en la política mundial y latinoamericana que favorecían a los gobiernos de ultra derecha con tintes fascistas, y, por último, que Trump estaría encantado de complacer a sus acólitos Bernie Moreno y Marco Rubio, que querían una ficha en Colombia para saciar sus antojos imperialistas.
Internamente, tampoco tuvieron la suficiente autocrítica para entender el caudal de votos que no eran a favor de ADLE sino contra ellos. Votos de rechazo a la corrupción de su gobierno, a nombramientos de personas indeseables –caso Daniel Quintero–, a los discursos delirantes del presidente, al galimatías de “la Paz Total” y al cuestionable manejo de la salud, entre otros desaciertos de Petro. Aunque no todos fueran exclusivos o atribuibles a este gobierno, si era un claro incumplimiento de la promesa de cambio.
De este modo, el desconcierto de Cepeda –que nunca supe cómo y por qué creía que podía ganar en primera– se fundía con la descomposición de Petro, que desde entonces no dejó de hablar de fraude electoral. Desatado y, en un acto de irresponsabilidad e ilegalidad por participación directa en política, armó su propia campaña para la segunda vuelta.
Para allá vamos, no sin antes remarcar que en la primera los grandes perdedores fueron, paradójicamente, Uribe y Petro, los dos políticos más relevantes y controvertidos de Colombia en lo que va del siglo.
Segunda vuelta: Petro pateó el tablero
Para entender la cólera de Petro en segunda vuelta (balotaje), hay que comprender lo que realmente perdió en primera: el plebiscito a su gobierno, que estaba seguro de que ganaba, incluso con Roy o Quintero, a quienes les dio juego en algún momento. De hecho, sigo pensando, como lo escribí en otra columna, que Cepeda no era su candidato. Le tocó apoyarlo, que es diferente. Su obsesión no era la reelección. A los mesiánicos, como él, les interesa, ante todo, su lugar en la historia.
Pero cambiaron los jugadores y cambió el tablero. Había que cambiar de estrategia y Petro lo hizo, a su manera y de frente. Movió a sus operadores políticos y, sobre todo, a sus bases del Pacto Histórico; al movimiento que representa más que al partido oficial, que también le marchaba a Cepeda. Y logró lo impensado: la remontada, no suficiente para ganar, pero remontada al fin, como lo demuestran las cifras.
Pasaron de 9.688,361 votantes en primera vuelta a 12.708.712 en segunda, incrementando su caudal en 3.020.351 votos contra 2.598,043 que aumentó ADLE. Una reducción de 422.308 sufragios (63% de descuento) entre la primera y la segunda vuelta. La diferencia había sido de 673.138 y quedaron solo a 250,830, una vez terminado el escrutinio. Ventaja exigua que le sirve para mantener su hipótesis del fraude electoral.
Perdieron las elecciones, pero podría decirse que ganaron la segunda vuelta, cuando todas las encuestas, sondeos y pronósticos indicaban que tendrían un triunfo holgado. Esta vez el desconcierto fue de ADLE y de su vicepresidente, José Manuel Restrepo, quienes en su primera aparición en medios seguían perplejos ante su pírrica victoria. Pasaron horas para que volvieran a salir en público a fingir euforia por su exiguo triunfo. En esta ocasión fueron ellos los que desestimaron políticamente a Petro, a la izquierda y a los logros de su gobierno, aunque les duela. Tanto voto no sería posible si no hubiera realizaciones concretas. La gente no es estúpida como la creen algunos.
Podríamos hablar también de compra de votos, de “voto fusil”, de maquinarias, y de constreñimiento, que, intuyo, hubo de todo un poco y para ambos lados, pero me ciño a las cifras de votación, porque no creo que nada de lo demás hayan sido determinante en el resultado final.
Pese a lo anterior, algunos analistas culpan a Petro de la derrota de Cepeda, por sus salidas en falso. Eso sí que es falso, descontextualizado y desproporcionado. Si fuera por eso, ADLE nunca hubiera sido elegido presidente, dada la cantidad de sandeces que dijo en campaña y las personas que maltrató, empezando por las periodistas. Necio sería negar que le quitó algunos votos a Cepeda, pero es irracional y contrafactual decir que fueron más los que restó que los que sumó.
A los analistas fríos y racionalistas, con complejo de votante promedio, les fastidia lo que a los electores pasionales les encanta. No entienden que Petro –como ADLE– no le habla a ellos sino a sus bases, y que estas son proclives a premiar la radicalización, la polarización y el extremismo. Los votos de opinión que ganó Cepeda son menos comparados con los de pasión y devoción que rescató Petro. Súmele, además, los que con maquinarias políticas se levantó.
Conclusión: Petro ganó, Uribe perdió y ADLE se encartó
De la Espriella, sin duda pero con muchas ayudas, fue el ganador inobjetable de las elecciones. Más allá de cualquier consideración ética, política y estética fue una sorpresa. A su modo, sin jefes y viniendo de atrás, llegó como outsider y le bastó un año para derrotar a partidos y movimientos que le llevaban décadas de ventaja haciendo política.
Sin embargo, su victoria por la mínima diferencia, cuando se creía que iba a ser muy amplia, lo deja en una posición incómoda frente a la democracia misma, a la oposición en particular y a Petro en especial, que, a falta de constituyente, salvó su plebiscito. El temperamento de ADLE, de por sí voluble, estará más volátil de la cuenta. Su genuino deseo –y el de la mayoría de fanáticos de su manada– lo invitan a “destripar” a la izquierda, mientras los resultados y la democracia le recuerdan que su mayoría fue simple y debe ser conciliador con la oposición. Su discurso bipolar denota esta tensión.
Como si fuera poco, sus grandilocuentes promesas de campaña, que llegan hasta la construcción de una “Patria milagro”, son diametralmente opuestas a sus críticas al gobierno actual y al país que recibe. Para cerrar esa brecha abismal, tendría que hacer prodigios para cumplirle a sus electores y a los gringos (Trump y sus acólitos), que exhiben como propia la victoria y reclamarán sus réditos. En suma, ganó, pero se encartó y, por si acaso se le olvida, ahí estará Petro para recordárselo día a día.
Uribe, a quien Petro recicló, perdió la oportunidad de reinventarse y hasta el margen para hacer oposición, al compartir ideología con el presidente ganador. Tendrá que inventarse nuevas letanías, porque las del “comunismo, el castrochavismo y el terrorismo”, quedarán en desuso, y más si ADLE cumple su palabra de desterrarlos. Su única ganancia –aunque suficiente para él– es que el nuevo gobierno posiblemente será favorable a sus líos judiciales.
Cepeda, por su parte, amerita un análisis más reposado y amplio. Obtuvo una votación más que digna para su primera aspiración, pero insuficiente para continuar el proyecto que tanto respaldó. Habrá que esperar a que se asienten los ímpetus para saber si ganó perdiendo, como creo.
Finalmente, Petro, tal vez sin pensarlo, quedó en el mejor de los mundos para él. A su lugar en la historia como primer presidente de izquierda en Colombia –aunque otros puedan reclamar tal distinción– podría agregarle otro mérito: ser, hasta ahora, el único. Entrega su gobierno con 1.417.000 votos más que cuando lo eligieron presidente y, en su plebiscito personal, remontó en segunda lo que perdió en primera. De suerte, además, que con esa mínima diferencia podrá mantener su relato del fraude y posará de víctima.
Sí, teniendo en cuenta el doble propósito de unas elecciones, Petro, a pesar de sí mismo, ganó más de lo que perdió. Aunque puede ser una victoria pasajera: no olvidemos que es experto en dilapidar fortunas políticas.
Finalmente, por suerte y para su regocijo, saldrá a hacer lo que más le gusta y sabe hacer: oposición. Nunca ha dejado de serlo –ni con él mismo en el poder–, pero ahora lo puede hacer desde el lugar natural para ello. Si Cepeda hubiera ganado, el encartado sería Petro.
Por ahora, el “último Aureliano” se sentará a librar decenas de batallas más con el nuevo “Alejandro Magno”, con el que ADLE se comparó esta semana. Tal para cual. Empieza la tercera vuelta.
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