Hay una complacencia en el resentimiento, en ser enemigos jurados de quienes han tenido más ventajas y oportunidades que uno durante toda su vida y de muchas generaciones atrás. Cuando uno se levanta en insurrección para derribar estructuras que lo han vulnerado, dañado, excluido e incluso despojado de su dignidad humana; ser un rebelde resulta ser la causa más noble, más cojonuda, más resiliente, más sabia y puramente humana que se puede tener.
Y sería una causa noble levantarse en contra del sistema. Sería y se sentiría correcto desencadenar un conflicto sociopolítico durante días, meses, años, décadas e incluso siglos. Pero eventualmente llega el momento en el que la intentona por la vida, la libertad y la paz deja de ser pura. ¿Por qué? ¿Qué es lo que fracasa en la lucha? Y eso lleva a la pregunta: ¿Por qué fracasan los revolucionarios?
Durante la semana previa a las elecciones presidenciales, los locales en varias zonas de mi ciudad natal tuvieron que cubrir con tablas sus entradas, vitrales y hasta incluso letreros como medida de aseguramiento ante posibles movilizaciones y revueltas motivadas por los resultados electorales. Bien se sabe que en un país históricamente violento, en muchas ciudades de su territorio buena parte de sus “ciudadanos” pueden ser más propensos a la anarquía y la barbarie ante procesos democráticos, que asumir de manera civilizada la elección que haya hecho una mayoría.
Varias cosas confluyen para que tengamos masas instrumentalizadas por caudillos políticos, dogmas, ideologías o incluso solamente intereses y ofertas a su conveniencia. En Colombia, la historia de su desigualdad está tan amarrada a los acontecimientos políticos, los movimientos sociales, el desarrollo concentrado y tantos otros cambios de paradigma; que nuestra historia se ha dispuesto fácilmente a la brusca interpretación de los incautos, los creyentes, los letrados e iletrados. Con ello se motivaron feroces apoyos al gobierno de los desmovilizados y nostálgicos de la guerrilla durante los últimos cuatro años.
Se supone, o así lo cuentan los hechos, que todo inició con la exclusión sistemática de las élites hacia las gentes rurales a mediados del siglo XX. La concentración y distribución inequitativa de la tierra, acompañada de un abuso y aprovechamiento de los campesinos como carne de cañón para la violencia bipartidista, funcionó como caldo de cultivo para enardecer a los pueblos del campo.
Así, inspiradas las FARC, le declaran la guerra al Estado, iniciando una épica cruzada para la dignificación de sus gentes. Luego, entre las motivaciones a la insurrección, aparece la ideología bajo la cual emergen grupos como los elenos (ELN), quienes bajo una doctrina marxista-leninista e inspirados por la “emancipación política” que supuso la revolución cubana se unen a la lucha para la consecución de un gobierno socialista mediante la vía armada.
Numerosos grupos guerrilleros se sumaron al conflicto armado bajo diversas razones, pero todas respondían a un mismo sentir: el de la exclusión y la injusticia proferida por la clase política. Con el paso del tiempo, la idea de transformar la institucionalidad y sanar las heridas históricas se consideró posible mediante la vía de la paz; o quizás, la intención de obtenerla.
Pero al mismo tiempo, la “heroica” lucha de las guerrillas tuvo que optar por otros medios para subsistir. Porque la guerra contra el Estado y los daños colaterales que suponen las muertes civiles, no puede sostenerse solamente por una “teología de la liberación” o por los idílicos poemas recitados en los campamentos del monte. Los “rebeldes incomprendidos” necesitaban de sustento. Sustento que les facilitó el narcotráfico, el saqueo, el secuestro y la extorsión. El terror fue la herramienta más efectiva para asegurar la continuidad de la lucha por las causas “nobles”.
Y la historia es difusa, sí. Porque la paz que se intentó lograr -a pesar de las siniestras transformaciones de los grupos armados- arroja resultados más agrios que dulces. Seis acuerdos de paz exitosos con milicias rurales y urbanas, pero más de diez acuerdos inconclusos que redundaron en arduas prolongaciones del conflicto.
Hoy por hoy, con la hueca paz que pretendieron los diálogos con las disidencias armadas y otras organizaciones criminales del suroccidente: el sustento adicional que demostró ser el más efectivo para la ampliación del terror, fueron los eufemismos que se articularon alrededor de los derechos humanos. Derechos humanos adjudicados a criminales como un escudo moral que los absolvía de sus crímenes y de las consecuencias militares que ello implicaba.
Seguramente con el final de este gobierno de nostálgicos y desmovilizados, la gran lucha podría considerarse “terminada”. Pero justo después de la jornada electoral, el mismo aire de confrontación persiste. Ni siquiera entre excombatientes, sino también entre las gentes de las ciudades. Con gran éxito, los nostálgicos trasladaron el sentimiento de pugna de las guerrillas hacia las masas.
Incluso sin tener el mismo “sustento” que facilitó su violencia y desvirtuó sus banderas de lucha; la gente tanto de campo como de ciudad terminó empapada de un mismo malestar: la lucha perpetua. ¿Por qué? Tal vez sea por la propensión humana a la violencia, o podría ser un amor pasional por la brutalidad y los antagonismos.
Pocos recuerdan o desdibujan las razones del porqué millones de personas fueron presas del terror de los grupos armados, y del porqué no fuimos “liberados” por su cruzada. Lo que otros si recuerdan, es que una indignación mal canalizada no resulta en transformaciones significativas, sino en el emergimiento de sádicos, no revolucionarios.