Hoy se define el nuevo presidente de Colombia, en medio de una polarización excesiva, paralizante y hasta atemorizante desde el tono de los discursos. Ambos candidatos han cambiado el necesario debate público por la descalificación y criminalización mediática de su “enemigo”, porque sí, se tratan como tales, incluso como delincuentes: no como contradictores ni oponentes.
De la Espriella y sus más acérrimos seguidores tildan a Cepeda de comunista y protector de guerrilleros y terroristas. A su vez, este y sus más fervorosos partidarios señalan a ADLE como un fascista que representa los intereses de la mafia y de los paramilitares.
Confluyen ambos “líderes” en que su contraparte es la más corrupta que jamás ha existido en Colombia, y, peor aún, en que puede ser el fin de nuestra democracia y el inicio del autoritarismo o la dictadura. El otro representa una amenaza para el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes y las demás instituciones que la Constitución de 1991 –nunca tan valorada y sobrevalorada como hoy– ampara. Entre ellas, el Banco de la República, las cortes y el mismo Congreso.
Una contienda sin tregua ni matices: en blancos y negros, más destructiva que propositiva; de odios y amores, de verdugos y redentores. De ahí que el voto será, en muchos casos, con reservas y por temor antes que por convicción. Una campaña centrada en evitar la peor elección, antes que en privilegiar la mejor decisión.
Muchos –suficientes para desequilibrar la balanza y poner presidente– votarán más en contra y rechazo por uno, que a favor y afinidad con otro. Mi convicción es doble: a favor de Cepeda, aun con reservas expresadas en otras columnas, y en contra de ADLE. Pero eso no me hace mejor que ningún otro votante –incluyendo a los que votarán en blanco– y menos para tratarlos de imbéciles. Sea por convicción o animadversión, sus motivos –aunque no sean siempre razonables– son respetables. El perfecto idiota es el que cree y trata a los otros como tales.
No creo que diez o más millones de votos que tendrá cada candidato sean producto de la estupidez, de la maldad o de la manipulación. Eso lo debemos tener presente todos los que nos consideremos demócratas –empezando por los candidatos– y creemos, al tenor del sociólogo francés Alain Touraine que podemos vivir y convivir juntos, no a pesar de nuestras diferencias, sino gracias a ellas. Como decía el maestro Estanislao Zuleta: “El verdadero derecho es a ser diferente, cuando uno no tiene más derecho que ser igual, eso todavía no es un derecho”. No nos empeñemos en expulsar lo distinto, como nos los advierte Byung Chul Han.
Por eso, más allá de quien tenga la razón y diga la verdad o no –que no es el objeto de esta columna, aunque sea una cuestión fundamental– a partir de esta noche dimensionaremos el auténtico talante democrático de los candidatos, sus equipos, partidos y partidarios. Desde sus discursos, empezaremos a conocer qué tanto de estadistas o de populistas tienen el ganador y el perdedor.
Ya nos dieron una pequeña y amarga dosis con sus alocuciones después de la primera vuelta. Cepeda, más descompuesto que nunca y desconcertado por los resultados, prefirió cuestionarlos que reconocer su triunfalismo, desenfoques (demasiado zoom en Álvaro Uribe) y desconexiones (con la Colombia visible y de los de siempre, que son casi los mismos que los “nunca” de De la Espriella). Este, por su parte, se regodeaba más con su perorata revanchista y destripadora, que con su inesperado triunfo en primera vuelta. ¡Qué tal que hubiera perdido!
Todo parece indicar que al finalizar el día no cambiará el orden de los resultados y que inevitablemente ADLE será el nuevo presidente. Podrá ser entendible por hoy o unos días la desazón de Cepeda, sus seguidores y sus votantes. Pero será también una oportunidad de oro para demostrar su respeto por los valores democráticos, las instituciones y la Constitución. Porque nada mejor que la dignidad, para compensar la inevitabilidad de la derrota, porque como escribió Borges, “la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece». Más en este caso, cuando no es una derrota aplastante porque se mantendrá una votación altísima para la izquierda, pese a los desgastes del gobierno y a lo godo que sigue siendo el país y el establecimiento.
Que Iván tampoco desperdicie esta ocasión para desmarcarse de Petro, sin traicionarlo, pero mostrando, como creemos muchos, que son muy diferentes y que nunca ha sido ni será un títere de él. Además, será la oportunidad para que Cepeda, sin ser complaciente ni traicionarse, haga la mejor y más constructiva oposición de la historia. Que no deje que la crítica se le vuelva un sistema cerrado. Seré de sus primeros y constantes críticos si no está a la altura de este reto.
Si ya con Petro en el gobierno vivieron una oposición feroz, mezquina y muchas veces irracional que no les reconoció ni media, su grandeza estará en no pagar con la misma moneda.
Por su parte, De la Espriella, su equipo y sus adeptos tienen el gran desafío de callarnos a los que pensamos que es la peor opción y una amenaza para la democracia. Ojalá y lo logre. Prefiero que vivamos bueno y en cierta armonía con los demás y el cosmos a tener la razón. Ojalá me equivoque para cantarlo a cuatro vientos. Ojalá no tenga que cantarle nunca el Ojalá de Silvio Rodríguez. Lo celebraré con mis amigos y conocidos que votaron por él –a quienes desde ahora felicito por su triunfo–, así muchos me hayan cancelado, estigmatizado y hasta matoneado porque voy a votar por Cepeda, aunque no sea de izquierda ni haya votado nunca por Petro.
El reto inmenso de ADLE es unir al país y no dividirlo más de lo que está. Deberá empezar por su discurso, del que tendrá que recoger muchas expresiones incendiarias y segregacionistas. Lo van a elegir los “nunca” con los de “siempre”, pero deberá gobernar para todos. Las democracias y los demócratas se miden, en buena parte, por la forma en que los ganadores tratan a los perdedores, las minorías y los contradictores. Al tiempo, nuestra estatura moral nos la da la forma en que tratamos a nuestros “enemigos”. Desde mañana también evaluaremos su grandeza y si están firmes por la democracia, que es la única manera de estar realmente “firmes por la patria”.
Espero –y deseo– que De la Espriella y su gente empiecen a gobernar desde el 7 de agosto y no sigan en campaña ni en oposición permanente al pasado, como lo han hecho muchos gobernantes. Que no conviertan toda crítica ni diferencia en conflicto y menos en persecuciones y guerras. En suma, deseo fervientemente que nos tapen la boca a los que lo consideramos la peor elección, para graduarme como un buen opositor.
A partir de esta noche y durante los próximos cuatro años sabremos cuál tiene más estatura moral y democrática. Mi deseo es que queden nivelados por lo alto o que por lo menos alguno –o mínimo Cepeda, por el que votaré– se atreva a romper este círculo vicioso de la polarización paralizante en la que estamos.
A ADLE le pido, una vez más, que me haga tragar mis palabras y no sea la peor elección. A Cepeda le exijo –no solo le pido– que, ya que no va a ser la mejor elección, sea un buen perdedor y esté a la altura de la historia y de sus promesas democráticas. Que sea, entonces, la mejor oposición que haya conocido el país: pragmática, responsable y constructiva, para que gane la democracia y Colombia entera. Saber perder es otra forma de ganar, más aún cuando se representa a millones de personas.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/