Decir adiós

Me despedí del gato. Le dije que se portara bien, que no despertara a la Nenita a las 4:00 de la mañana, que corriera más porque se estaba engordando mucho. Le di cuantos besos pude mientras él me miraba impasible, como si no entendiera, pero entendió: corrió a esconderse para que no lo fuera a empacar a él también. Esperé, pero el señor que me iba a recoger no llegó. Lo llamamos: era a las cuatro de la tarde, no a las cuatro de la mañana, le dijo a Magda. Dudé: esta semana la mamá me hizo correr a una cita a las once, llegamos en punto, pero resultó ser el miércoles siguiente. Esta vez la mamá tenía razón: el señor, que además se llama Eduardo, como el papá muerto, le había dicho que en la madrugada, antes de que cerraran la carretera por un arreglo. Colgamos, me puse de nuevo la pijama, intenté dormir. El gato apareció una hora después, cuando vio todo apagado. Me desperté a las ocho, cansada. Tenía el plan de estar justamente a las ocho en Medellín, trabajar un rato, hacer ejercicio. Y ahora, en cambio, sigo en esta cama, leyendo, sin poderme parar a quemar calorías con la cuerda. Despedirse de esta casa, la de toda la vida, es un proceso: empieza cuando guardo el horno. Levanto los candados de las ruedas, quito la basura y un banco de plástico y la caja de la arena que están en el camino, y cuando todo está despejado llevo el horno que se desliza con cuidado mientras la mamá dice que como quedó de fácil mover el horno, y yo lo deslizo hasta la esquina, lo acomodo, regreso la basura a su esquina y el banquito y miro el horno con la tristeza de que no lo veré en un buen tiempo. Organizo el resto de objetos que usé y los pongo como en exhibición: la máquina de hacer helados, las batidoras, la nueva olla que me gustó tanto. Luego empaco la ropa: separo la ropa riosuceña de la que volverá al otro país. Intento que quepa algo más: un pantalón, una chaqueta, unos zapatos. La vida en una maleta verde que cabe en la cabina del avión. Y entonces, el señor no llega y yo tengo que estirar la despedida. Había alcanzado a decirle a la mamá que se cuide. Me gusta irme, vivir en ese otro lugar, escribir, pero entonces siempre está despedirse. Cuando recién me fui de Riosucio, hace 22 años años, lloraba cuando le daba el último beso a la mamá. Me entraba una sensación apocalíptica: no verla de nuevo. Y si me moría en el camino y si la mamá se enfermaba. Lloraba un rato mientras se me olvidaba y me alejaba del pueblo. Todavía me pasa, pero ahogo la sensación.

Volveré, digo, sacaré el horno y las batidoras y la olla, me veré con mis amigos, iré donde la tía Chechi a comer frijoles y a hacer jaruma y dulce de guayaba. Me dará miedo de noche, rezaré: fantasma del papá, quedate en el cuarto útil. Pero entonces me despido y es solo un ensayo, y si en la tarde el señor que se llama como Eduardo aparece, tendré que reiniciar el ritual: decirle al gato que se porte bien, que camine para que no se engorde, que no muerda. Le diré a la mamá que se cuide, que la quiero. Cerraré la puerta y me iré sin mirar la casa con la intención de volver pronto, pero nunca se sabe hasta que entonces vuelvo a entrar y todo empieza de nuevo: que el gato me perdone por el abandono, sacar el horno. Volver es irse y viceversa, es un loop. Excepto por la incertidumbre. Por la imposibilidad de leer el futuro.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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