En una de las entrevistas que dio María Claudia Tarazona a principios de mes, en conmemoración a su esposo asesinado, habló sobre el por qué decidió apoyar la campaña de Paloma Valencia (y no la de su suegro, Miguel Uribe Londoño, por ejemplo). Resaltó una coherencia con la memoria de Miguel Uribe Turbay, quién dice era irrefutablemente fiel a su partido, y a un discurso de unidad que no veía en los demás candidatos. Por supuesto, sobre Iván Cepeda dijo que no sería capaz de votar por los cómplices del asesinato de su compañero de vida. Y ahora como pintan las cosas, confirmó que apoyaría a Abelardo de la Espriella el domingo.
También habló sobre los errores de la campaña de Paloma, empezando porque la candidata se enfocó en el “tema mujer” y no en el “tema de seguridad” (que, según Tarazona) es el realmente importante para los colombianos).
Y coincido, parcialmente. En otra de las entrevistas María Claudia habló sobre su deseo de apoyar a las mujeres quienes han tenido que llevar el peso de la guerra sobre sus hombros: esposos, padres, hijos asesinados por la violencia, aquellas quienes tienen que sacar adelante sus hijos sin la mitad de los ingresos que antes sí había. Y más puntualmente, las que tienen que llorar a sus muertos en el Transmilenio.
Yo sí voté por Paloma, y expliqué por qué en este mismo portal. También reconozco que el que ella se haya moderado, se haya acercado al centro, y haya buscado la unión sobre la polarización nos gustó a unos muy (muy) pocos – a casi nadie de la derecha pura y dura. Entonces de ese no es el error del que hablo aquí hoy. El error, realmente, está en el planteamiento de María Claudia.
El “tema mujer” es el “tema de seguridad”, tanto como el “tema de seguridad” es el “tema mujer”.
Hablemos primero de lo concreto y lo evidente: los feminicidios, la violencia intrafamiliar y la violencia sexual. Estos primeros, los asesinatos de las mujeres por el hecho de serlo (y para los incrédulos la pregunta es: ¿la hubieran asesinado si no hubiera sido mujer?), es el ejemplo más evidente del por qué los ciclos de violencia se repiten. Cuando un hombre mata a su pareja (en al menos el 72% de los feminicidios), sus hijos quedan huérfanos, muchas veces al cuidado de núcleos fracturados o del Estado. María Claudia explicó dijo, por ejemplo, que no siente odio por el niño de 14 años que le disparó a Miguel porque entiende que el niño fue reclutado a los 6 años, era violado por su tío con el que vivía desde chiquito, y no le daba valor alguno a la vida misma.
Por supuesto, esto no es para decir que las madres previenen la violencia simplemente al serlo; hay tantos tipos de madres como tipos de personas. Algunas madres sí son violentas. No sabremos nunca si ese adolescente hubiera disparado si hubiera tenido un núcleo familiar sólido y amoroso. Pero en el país de 427 feminicidios y 256 tentativas por semestre (y con cifras de impunidad del 98% por este delito), ¿cómo no pensar que el tema de mujer es un tema esencial de seguridad pública?
Lo segundo es la violencia intrafamiliar. Se nos dice que a una mujer no se le toca “ni con el pétalo de una rosa”, pero las cifras demuestran lo contario: en los primeros tres meses del 2025, las autoridades respondieron a 5.307 casos de violencia intrafamiliar, de los cuales casi 4.000 correspondían a mujeres mayores de edad. Las mujeres son tres veces más sucesibles a la violencia intrafamiliar que los hombres… y eso que no se reportan ni un tercio de los incidentes.
Entonces, queremos seguridad de dientes para afuera nada más (o, más bien, de puertas para afuera). Y que la seguridad que queremos quizás la estamos exigiendo para unos pocos y con propósitos muy concretos: ir a la finca, llevar negocios sin pagar extorsiones, que no nos maten a un ser querido, aunque por supuesto que la seguridad arropa todo esto. Pero esa palabra, del latín securitas, significa “libre de preocupaciones”. En el paradigma de seguridad que le aplaudimos a Álvaro Uribe y a Abelardo, por ejemplo, ¿estamos celebrando también que las mujeres vivan tranquilas siendo mujeres?
La última arista es la más dolorosa: la violencia sexual en Colombia reafirma que le apostamos a un modelo de seguridad exclusiva. Para mí, pero no para el resto. Con tal de que yo esté bien, y me sienta tranquilo, tenemos seguridad.
Las violaciones, violencias reproductivas (el aborto forzoso, el embarazo como método de guerra, y la esterilización forzada, por nombrar algunos ejemplos) han sido utilizadas de manera premeditada y calculada por diversos actores armados en el conflicto armado colombiano. ¿Sabía, por ejemplo, que el alias de Hernán Giraldo Serna, comandante de las AUC, era “El Taladro” porque violaba a mujeres indígenas en la Sierra Nevada para embarazarlas y que nacieran “paraquitos”? Así perpetraba su poder y régimen de terror sin tener que estar yendo a estas comunidades: inseminación forzosa. Ahora, él es gestor de paz.
¿Quisiéramos seguridad también para estas comunidades indígenas que ahora ridiculizamos con la imagen de Aida Quilcué? ¿Y sigue pensando que esto sólo pasaba antes del 2002?
Podemos hablar también sobre desplazamiento forzoso, turismo sexual, prostitución, violencia vicaria, xenofobia, racismo, etnocidio, transfobia, disparidades laborales, entre muchísimas otras formas de inseguridad que viven las mujeres.
Entonces, no. El tema mujer no es aparte del tema de seguridad. Es su columna vertebral.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/