Acudiré a voces llenas de sentido, sensibilidad, memoria, visión y poesía, para decir lo que quiero decir. Empiezo con esta anécdota escalofriante y bella de la escritora portuguesa Lídia Jorge, para pensar en lo que sucede dentro de tantos niños que crecen en un mundo cada vez más fanático e inclinado a odiar para decir que busca el bien, niños llenos de miedos inculcados por sus propias familias, creyendo que eso es la educación: “La madre salió de la cocina, el padre volvió de la calle con comida preparada. Ambos quisieron leer la carta que había escrito la niña: ‘Tía, te quiero. No llores, el mundo no se va a acabar’. Por supuesto, no había puntuación, y las letras estaban esparcidas entre flores, peces, abejas, soles y lunas con la forma de rostro humano. Los padres decían que tal conversación nunca se había producido; a su tía no le hacía falta tal consuelo. Era la niña, a fin de cuentas, quien lo necesitaba”.
El gran Manuel Vicent, que envejece y va contando sobre esos a quienes tanto ha querido y que ha visto partir, escribió: “Esta vez la voz por el teléfono me ha hecho saber que la vida se ha llevado a mi amigo el poeta y biólogo Tono Fornes hacia esa región de donde nadie regresa para decirte que en el cielo también hay anchoas”. Para hablar de él recuerda que, más que a pescar, salían de madrugada “a capturar el milagro del amanecer”, y agrega: “Tengo entendido que uno será siempre joven mientras nunca deje de sorprenderse ante la salida del sol, como si fuera la primera y última vez cada mañana”. Pienso entonces en rechazar el filtro oscuro y distorsionado, en no permitir que el alma envejezca al punto de no reconocerse a sí misma, olvidando por completo su niñez y su esencia y su mirada limpia. La mirada que le permitía contemplar el mundo y desear genuinamente que fuera mejor, no desde una perspectiva utilitarista ni llena de los miedos ni las violencias tatuadas a la fuerza por millones de almas viejas en cuerpos diversos que no quisieron o no supieron resistir.
Ha llegado el punto en el que tanto en el exterior es hostil, que es necesario replegarse para no perderse, fijar la mirada en un interior que conserva trazos de un norte para no tener que terminar preguntándose uno quién es. Hay que conservar alguna resistencia frente a la conformidad con lo menos peor. Si todos dejáramos de sernos fieles y fuéramos sumándonos a extremos presuntamente menos vergonzosos, los extremos serían lo único visible, pronto dejaríamos incluso de reconocerlos, la sola idea de una mínima cordura sería difícil de recordar. Resulta urgente la permanencia de los extraños, que irónicamente seguimos persiguiendo la ilusión de un todos en el que quepan los tantísimos que nos desprecian desde el radicalismo. Debemos resistir para que no se extinga la idea de lo posible, la mínima imaginación política de la que hablé en una columna pasada.
Uno de mis seres más queridos es símbolo de lo que les pasa hoy a millones: la situación política ha absorbido su energía, le ha puesto un lente oscuro ante la vida y entonces le cuesta ver la belleza a su alrededor. La patria como asfixia. Esa idea podrida y demoledora que borra lo demás sin sentido alguno. Pienso también en mi abuela de noventa y nueve años, que murió en enero aborreciendo al presidente y esperando ilusionada el Mundial de fútbol que no alcanzó a ver. ¿Qué es lo importante? No dejemos que las patrias ni los megalómanos ansiosos de poder nos succionen el alma y la remplacen por miedo. Hay que resistir contemplando amaneceres para no perder la perspectiva.
Hace un par de meses corría muy temprano en la playa y vi que un señor que también corría se tropezó. Me acerqué a preguntarle si estaba bien y su sonrisa me dijo que ahora estaba mejor, agradeciéndome repetidamente y más tarde cuando nos volvimos a cruzar. Me quedé pensando en lo que significa la empatía: la compañía muda de dos desconocidos que saben el esfuerzo que implica madrugar a correr en la playa, que conocen la frustración de la caída, la voluntad de desviarse hacia un extraño y detenerse para comprobar que está bien. Saber que hay otros dispuestos a revisar un camino particular que es solo un pequeño accidente del bosque.
Que si el próximo es mi último amanecer, me coja sorprendiéndome con su belleza y no traicionándome por ceguera. Por eso blanco, resistencia, no conformidad manifiesta con lo inaceptable.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/