Todo cambia para que nada cambie

La frase más ridícula que he oído durante mi corta vida es la de “el que no conoce su historia está condenado a repetirla”, puesto que la misma tendencia humana —teniendo conocimiento de las cosas— es caminar sobre sus propios pasos, como si se tratase de un ouroboros comiéndose la cola.

Esas palabras, entre muchas otras que se han dicho en los últimos días, han contribuido a la degenerada discusión pública en torno a las razones históricas que nos han llevado a este punto de quiebre democrático. Debates estructurales sobre la disyuntiva entre ampliar el Estado o seguir un plan económico de recortes y ajustes están definiendo el pulso de la senda que tomará el país durante los próximos años.

“Hay que defender lo público”, oigo decir a una estudiante de universidad privada, como si argumentara en pro de dicho sistema y lo conociese de toda la vida. Es extraño pensar que lo que se nos ha inculcado —a los científicos sociales— en la academia es que lo público debe ser la solución a todos los problemas habidos y por haber de un país, enalteciéndolo al nivel que lo hacían los intelectuales más prestigiosos durante la época de la Ilustración.

“El Estado es la cúspide del espíritu objetivo humano”, plantea Hegel en sus ideas sobre cómo debían organizarse las sociedades y su propio sistema institucional. Pero, como toda invención humana, los mismos Estados han sido sujetos de fallas, saboteos, trabas, ineficacias e incluso han sido presas de capturas y de una instrumentalización ajena a los principios integrales con los que se constituyeron. América Latina ha podido ser un ejemplo de ello con los acontecimientos históricos de hace más de cincuenta años.

Conociendo la historia, se sabe que, a mediados de los setenta, los gobiernos latinoamericanos incurrieron en un sobreendeudamiento, no dado solamente por la facilidad de acceso a préstamos bancarios internacionales, sino también por la misma idiosincrasia populista que permeaba los sistemas políticos de aquella época. La bonanza de un crecimiento sostenido por la deuda ampliaba las posibilidades de reelección y de réditos políticos para la continuidad de líneas de gobierno.

El desastre que vino después, en los ochenta, cuando la imposibilidad de saldar las obligaciones financieras pendientes ocasionó períodos de recesión y decrecimiento en muchos países, abrió las puertas para la globalización —apalancada por el tan “infame” neoliberalismo—, que trajo consigo una serie de dolorosos recortes estatales y una considerable reducción de la inversión social. No más gasto público, y, si lo hubiese, sería uno ínfimo y selectivo.

De las regiones del mundo que en aquella época también sufrieron la debacle que supuso su deuda, destaca el sureste asiático. Sin embargo, la recuperación de la región fue mejor en comparación con Latinoamérica. Ellos habían concentrado la inversión de su deuda en factores productivos e industriales que facilitaron la generación de motores económicos capaces de producir rentas. Rentas que se reinvirtieron para saldar los préstamos que habían adquirido con la banca y demás prestadores internacionales. Una muestra de la disciplina y la seriedad de sus gobiernos al pensar el mejor curso de desarrollo para sus países.

Pero hoy por hoy nos encontramos en el mismo punto que la historia nos dejó muchos años atrás. Gracias a una gestión sumamente irresponsable de los recursos públicos, una mediocre política fiscal y un desprecio total por el rigor técnico y la responsabilidad que conlleva definir una senda sostenible para el desarrollo de Colombia, hay discordia entre muchísima gente. Estamos dispersos entre preceptos académicos, ideología, falso “empirismo” y contratistas que no tienen de qué vivir aparte del Estado.

Tenemos un montón de internautas y políticos debatiéndose entre mantener un sistema estatal que se sostiene sobre metas de recaudo tributario incumplidas, un déficit fiscal de más de cuarenta billones de pesos y una deuda que pesa más de la mitad del tamaño de la economía nacional.

Y es triste que, incluso con conocimiento de la historia, las personas sean propensas a ser más borregas y más belicosas que los mismos candidatos de su preferencia. Siguen dándole vueltas a lo “devastador” que sería reducir al Estado, cuando el gobierno responsable de su gestión erosionó las industrias de la construcción, desplomó la generación de empleo en las industrias manufactureras y amplió el empleo informal —haciendo más pesada la responsabilidad sobre los colombianos que sí tributan—, derruyendo la posibilidad de sanar las heridas que tiene el sistema de seguridad social, el cual también se encuentra desfinanciado, por cierto.

Volvemos a lo mismo, al mismo punto de partida de hace cincuenta años, donde es urgente un plan de ajuste como consecuencia de aquello a lo que nos llevaron los extremos populistas y donde las mismas personas objetivo de los “proyectos sociales” terminan siendo las que sufren. Pareciera que, por el ritmo cíclico y contraintuitivo de la historia, validamos que todo cambia para que nada cambie.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

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