Manual para sobrevivir a las elecciones

Hay acontecimientos para los que la humanidad ha desarrollado protocolos precisos. Sabemos qué hacer durante un terremoto, cómo reaccionar ante un incendio y qué instrucciones seguir cuando un avión pierde altura. Sin embargo, nadie parece haber redactado un manual para enfrentar una elección presidencial, pese a que sus efectos sobre el sistema nervioso son considerablemente más duraderos.

La primera instrucción es sencilla: conserve la calma. Si escucha que la democracia morirá el próximo domingo, no corra. La democracia, en realidad, no suele cumplir los horarios fúnebres que le asignan las campañas; tiene una salud obstinada, incluso insolente, como si disfrutara desmentir a quienes la dan por terminada cada cuatro años.

Durante las semanas previas a la votación es normal observar comportamientos extraños. Personas que no han leído un programa de gobierno en su vida desarrollan, de pronto, una erudición fulminante en economía y geopolítica, y con ese nuevo entusiasmo pretenden convencerlo de que su candidato rescatará al país por “la razón o por la fuerza”. No los contradiga. Asienta con la cabeza: no hay nada útil para usted en esa conversación.

La segunda instrucción consiste en identificar las señales de alarma. Si alguien afirma que la victoria de Abelardo traerá prosperidad, orden, justicia y redención nacional, y cada tres minutos interrumpe la conversación con un “firme por la patria”, aléjese lentamente. Si asegura que el triunfo de Cepeda provocará hambre, dictadura, guerra civil y el colapso de la civilización occidental, aléjese de inmediato.

Tercera instrucción: no confundir una emoción con un argumento. El miedo no es un plan de gobierno. La esperanza tampoco. Aun así, ambas se usan como si lo fueran: cada campaña las convierte en su principal herramienta. Unos prometen eliminar el miedo; otros prometen garantizar la esperanza. Pero el mecanismo es el mismo en ambos casos: primero se apela a lo que se siente, y solo después —si acaso— a lo que se piensa. Ambas campañas han trabajado arduamente para convencernos de que la elección enfrenta dos opciones simples: la salvación o la catástrofe. Una narrativa eficaz porque evita la molestia de pensar. Los matices exigen esfuerzo; el pánico, en cambio, es contagioso.

La cuarta instrucción es fundamental: recuerde que el otro no es un enemigo. Aunque las redes sociales le aseguran lo contrario, el vecino que vota distinto no es culpable de todos los males de la nación. La tía que publica cadenas de oración a favor del candidato contrario por whatsapp no está ejecutando un plan maestro para destruir la historia familiar. La mayoría de los ciudadanos simplemente intenta interpretar una realidad confusa con las herramientas que tienen a la mano. Algunos usan argumentos, otros usan memes y muchos ya no distinguen la diferencia.

Finalmente, vote el domingo por el que quiera y no por el que le digan, y cuando llegue el lunes, haga un ejercicio sencillo: observe su entorno y descubrirá que los buses siguen rodando por las calles de la ciudad, que los huecos permanecen donde estaban, los bancos seguirán abiertos y que el país continúa funcionando con la misma mezcla de precariedad, ingenio y resignación que lo ha caracterizado durante generaciones.

Entonces comprenderá que después de meses de histeria colectiva, de amenazas existenciales y de profecías apocalípticas frente a la elección presidencial, Colombia suele tener la mala costumbre de seguir siendo Colombia. Y quizá eso sea lo más desesperante para quienes prometieron el paraíso y para quienes anunciaron el fin del mundo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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