Luego de la primera vuelta presidencial, recibí varias invitaciones por parte de amigos, de personas con las que he compartido proyectos y de instituciones que sirven de puente y vínculo entre sectores. Los encuentros han propiciado las relaciones cara a cara, las miradas cálidas, manos extendidas e, incluso, abrazos fraternos. En este mundo de múltiples redes virtuales y de mensajes distantes, cortos, venenosos y contundentes, cada vez es más raro el encuentro personal, respetuoso y pausado. En una época en que “los otros” son una arroba seguida de unas letras en una pantalla, sacar el tiempo para encontrarse y conversar con personas de carne y hueso que miran, escuchan y conversan es casi un acto revolucionario.
Obvio, estas conversaciones no han sido casuales ni de agenda abierta ni tampoco han tenido como objetivo hablar del Mundial de fútbol. El tema central ha sido el electoral y, en todos los encuentros quienes me buscaron querían mi voto. Yo, que declaré en esta columna que votaría en blanco, días después de la jornada en que ganaron el derecho a la segunda vuelta Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, acepté gustoso los cafés, almuerzos y desayunos porque me parece que es no solo legítimo sino necesario entender el contexto, las razones, los miedos y los sueños detrás de la decisión de voto de los otros y, obviamente, del mío. Para eso solo hay una manera de proceder y es ir al encuentro con los demás para escuchar y escucharse.
Acepté porque, aunque nunca había estado con algunos de los interlocutores, conocía y respetaba a quienes hicieron de intermediarios y sabía que, a pesar de que el objetivo era hablar sobre la segunda vuelta y sobre el voto (fórmula segura para la confrontación, la crispación y el señalamiento), el encuentro sería privado lo que mejoraba las posibilidades de un diálogo respetuoso.
No voy a detallar las conversaciones, porque fueron privadas y porque, en general, se expusieron razones y argumentos presentes en columnas de opinión y publicaciones varias. Lo que sí hubo en todas las conversaciones fue una disposición genuina por escuchar, por cuestionar con argumentos y por exponer la posición propia, no como una verdad revelada ni como una amenaza, sino como una postura responsable resultante de proyectos genuinos y miedos razonables.
Claro, también hubo sesgos, paradigmas y estereotipos, porque ninguno de nosotros está exento de visiones particulares del mundo. Visiones que se han alimentado y moldeado de los contextos familiares, culturales, históricos y sociales. La posición política siempre es un crisol de ingredientes existentes y de búsquedas futuras. De lo que ha sido, de lo que es y de lo que debería ser.
No sé si las conversaciones, algunas individuales y otras colectivas, hayan efectivamente cambiado el voto de los participantes. En mi caso, me sirvieron para profundizar algunas dudas y para fortalecer otras certezas. Sigo pensando que voy a votar en blanco. Lo más valioso de estas conversaciones es que nos muestran el camino a seguir después del 22 de junio, sea cual sea el ganador. Ese día quienes votaron por Cepeda y por De la Espriella, quienes votamos en blanco y esos millones que se abstuvieron nos despertaremos, aunque muchos no lo crean, en un mismo país. En un país con problemas complejos y urgentes que, claro, exige líderes comprometidos, responsables y dignos, pero que incluso si no tiene esa clase de políticos, necesita ciudadanos que se reconozcan y respeten en sus diferencias, a pesar de los discursos de sus líderes.
Perder una elección puede ser complejo y doloroso, pero lo verdaderamente preocupante es perder un país y uno de los caminos más expeditos para llegar a esa situación es concluir que la mitad que votó por el otro candidato no es un legítimo contendor o un ciudadano que piensa y opina diferente, sino un enemigo que amenaza. Cuando la existencia misma del otro es un problema se rompe el tejido social y cualquier acuerdo de convivencia. Es cierto que Colombia ha sido un país sectario, inequitativo, con altos niveles de corrupción y violencia (política y común), pero la solución a esos problemas no está nunca en la descalificación absoluta de quien vota diferente. Todo lo contrario.
¿Y qué puedo hacer yo? es una pregunta recurrente del ciudadano frente a los gobiernos de turno. Hay múltiples formas de expresarse e incidir en un sistema democrático (protestar, hacer control político, poner en acción los frenos y contrapesos del sistema etc.), pero pienso que en el cuatrienio que viene, gane quien gane, el papel de los ciudadanos tendrá que pasar por la capacidad de impulsar y sostener conversaciones con los “otros”.
En un ambiente de crispación, con líderes dispuestos a capitalizar el miedo, la rabia y la desconfianza, nos queda a los ciudadanos la responsabilidad por mantener vivos encuentros y conversaciones que contradigan el discurso de quienes no piensan cómo nosotros y que nos permitan conectarnos desde todo lo que nos une que, contrario a lo que gritan algunos políticos y sus algoritmos, es mucho, muchísimo, más que los que nos separa.
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