¿Y Colombia? “Mal, gracias”

Para sorpresa de muchos (me incluyo), Abelardo De La Espriella está hoy más cerca de la Presidencia. No se trata de futurología ni de un ejercicio de adivinación electoral. Se trata de leer el país que tenemos enfrente.

Durante años observamos cómo en distintos países de América Latina crecían liderazgos de extrema derecha que capitalizaban el miedo, la inseguridad, el cansancio ciudadano y la frustración con las élites políticas tradicionales. Sin embargo, muchos asumimos que Colombia sería inmune a ese fenómeno. Creímos que los riesgos eran demasiado evidentes para que millones de personas los ignoraran. Pensamos que el país entendería los peligros de cambiar un populismo de izquierda por un populismo de derecha.

Nos equivocamos.

La primera vuelta dejó un mensaje contundente. Más de diez millones de colombianos respaldaron al candidato de la extrema derecha y lo ubicaron en el primer lugar de la contienda, con una ventaja cercana a los 700.000 votos sobre su principal competidor. Fue una diferencia tan amplia que las teorías sobre fraude electoral carecen de sentido político y estadístico.

Pero sería un error interpretar este resultado como una simple victoria de las élites. Más de diez millones de colombianos no votaron porque alguien les ordenó hacerlo. Lo hicieron porque encontraron una candidatura que habló de sus preocupaciones, de sus miedos y de sus frustraciones. La inseguridad, la incertidumbre económica y la sensación de que el país perdió el rumbo encontraron allí una narrativa política capaz de hacerlos sentir escuchados.

Ese es precisamente el error que muchos siguen cometiendo. La extrema derecha no es únicamente un fenómeno de poder; también es un fenómeno popular. Del mismo modo que la izquierda llegó al gobierno prometiendo representar a quienes se sentían excluidos del sistema, la nueva derecha radical logró convertirse en el vehículo político de quienes hoy se sienten traicionados por el proyecto de cambio. Ambas corrientes nacen de preocupaciones reales, pero ambas terminan simplificando problemas complejos para convertirlos en consignas fáciles de vender electoralmente.

La principal responsable de este escenario es la izquierda que hoy gobierna Colombia. El voto que impulsó a De La Espriella no nació exclusivamente de la adhesión a sus propuestas. En gran medida es un voto de rechazo. Un castigo a un gobierno que llegó prometiendo transformaciones históricas y termina su mandato dejando profundas frustraciones en materia de seguridad, salud, economía y gobernabilidad. Paradójicamente, el principal impulsor de la extrema derecha no ha sido la derecha misma. Ha sido el fracaso de la izquierda en el poder.

La campaña ganadora de primera vuelta entendió mejor que nadie ese sentimiento. Logró capturar el descontento social y transformarlo en mensajes sencillos, emocionales y contundentes para un electorado cada vez más radicalizado y menos dispuesto a escuchar explicaciones reales a problemas complejos. Mientras tanto, las opciones moderadas quedaron atrapadas entre diagnósticos técnicos y propuestas razonables que resultaban insuficientes para una ciudadanía que buscaba respuestas inmediatas.

También les jugó a su favor que el continuismo llegó con una maquinaria poderosa, pero con un candidato que genera poco fervor por fuera de su militancia. La campaña asumió que el respaldo del Gobierno sería suficiente para imponerse en primera vuelta. No fue así. El segundo lugar los tomó por sorpresa y, hasta ahora, no han logrado construir un mensaje capaz de conquistar a quienes no estaban ya convencidos.

Las campañas de centro hablaron de reformas. Los extremos hablaron de salvación. Y en política suele ganar quien conecta con las emociones antes que quien presenta mejores argumentos.

Sin embargo, existe una paradoja que pocos están viendo. Aunque la izquierda radical pierda la Presidencia, no necesariamente perderá poder. De hecho, podría salir fortalecida. Aumentó su representación política, consolidó una base electoral considerable y, sobre todo, encontró el antagonista perfecto. Si De La Espriella llega a la Casa de Nariño, la izquierda tendrá durante cuatro años un adversario ideal para reorganizarse, movilizar a sus bases y ejercer una oposición permanente.

La gran ironía es que ambos proyectos políticos se presentan como enemigos irreconciliables cuando, en realidad, dependen el uno del otro. La izquierda radical construyó su fuerza señalando a unas élites desconectadas del país real. Ahora la derecha radical construye la suya señalando el fracaso de la izquierda en el poder. Ambos movilizan emociones similares: indignación, miedo, frustración y esperanza. Ambos prometen soluciones rápidas para problemas complejos. Ambos necesitan una sociedad inconforme para crecer.

Por eso el 21 de junio podría terminar siendo una victoria simultánea de los extremos.

La derecha radical obtendría el gobierno. La izquierda tendrá durante cuatro años un adversario ideal para reorganizarse, movilizar a sus bases y ejercer una oposición permanente. Ambas fuerzas se alimentarían mutuamente de la polarización, del miedo y de la incapacidad de reconocer matices.

¿Y Colombia? Mal, gracias. Nuevamente atrapados en una disputa donde cada bando necesita que el otro exista para justificar su propia existencia. Tal vez esta era una lección inevitable. Tal vez necesitábamos una derrota por partida doble para comprender que los populismos no se combaten únicamente derrotándolos en las urnas. También se combaten construyendo instituciones sólidas, recuperando la confianza ciudadana y ofreciendo alternativas capaces de competir con las promesas fáciles.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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