La democracia, a veces, obliga a elegir no entre el bien y el mal, sino entre dos males.
Los liberales de centro perdimos en esta elección presidencial. Y ahora debemos decidir qué hacer frente a una segunda vuelta que nos resulta profundamente incómoda.
Las columnas “El mal menor”, de Andrés Caro (@andrescarob), y “¿El mal menor?”, de Juan Camilo Ponce (@juanponceg), ambas publicadas en La Silla Vacía (@lasillavacia), reflejan con honestidad ese dilema. Caro concluye que el mal menor es Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA). Ponce sostiene que lo es Iván Cepeda (@IvanCepedaCast). Comparto con el primero la preocupación por Cepeda y con el segundo la preocupación por Abelardo.
Veo en Iván Cepeda riesgos políticos difíciles de ignorar. Durante años ha sido uno de los principales aliados del proyecto político de Gustavo Petro (@petrogustavo). Su aceptación, por más que la hayan “suspendido”, de la convocatoria a una asamblea nacional constituyente despierta inquietudes sobre su valoración de la Constitución de 1991. Tampoco me convencen las fórmulas económicas estatistas del actual gobierno, ni la insistencia en continuar un rumbo político que hoy genera enormes niveles de polarización.
Pero tampoco encuentro tranquilidad en Abelardo de la Espriella. Su trayectoria profesional, las figuras que ha defendido públicamente y varias de sus declaraciones recientes generan serias preguntas éticas y políticas. Más preocupantes aún son algunas propuestas autoritarias, incompatibles con la Constitución de 1991. Tampoco me seducen sus ideas económicas libertarias, ni una visión cultural que divide a los colombianos entre patriotas y enemigos. Ninguna democracia puede construirse sobre la exclusión de la mitad del país.
Por eso, durante la primera semana de junio me acompañó un sentimiento de frustración que me llevó a contemplar seriamente el voto en blanco. En la segunda semana llegué incluso a convencerme de que esa era la decisión correcta. Era la opción que me permitía conservar cierta tranquilidad moral. Sin embargo, al comenzar esta última semana, antes de la segunda vuelta, he llegado a una conclusión distinta.
Max Weber advertía en “La política como vocación”, que la vida pública exige pasar de la ética de la convicción a la ética de la responsabilidad. La primera permite mantener las manos limpias; la segunda obliga a asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Y aunque sigo creyendo que ninguno de los dos candidatos representa mis convicciones republicanas y mis ideas liberales, también creo que la democracia exige tomar partido cuando están en juego decisiones trascendentales para el país.
Por eso sí votaré por un candidato.
Votaré por uno de los malos candidatos en contienda. Votaré por el mal que considero menos perjudicial para Colombia. Será un voto con vergüenza. Tan vergonzoso me resulta que no voy a decir por quién será.
El centro liberal perdió en esta elección. Y, en política, cuando se pierde, la responsabilidad consiste en escoger el daño menor, esperando que la democracia, y en este caso la Constitución de 1991, sobrevivan para volver a intentarlo en las próximas elecciones.
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