El laberinto

A veces la memoria es el único lugar donde uno puede encontrar un poco de coherencia. En los últimos meses, desde este mismo rincón, me he empeñado en desarmar, pieza por pieza, lo que significan las candidaturas de Abelardo y de Cepeda. No por manía ni por amargura, sino por una sospecha que el tiempo ha terminado de confirmar: ambos representan, cada uno a su manera, una amenaza seria para lo poco que logramos mantener en pie.

Por un lado está Abelardo, con esa vieja tentación del aplauso fácil y un talante que confunde la autoridad con el atropello. Al otro lado del espejo está Cepeda, que encarna una urgencia distinta pero no menos dañina: la de prolongar a toda costa un proyecto de gobierno que ya ha mostrado sus costuras, insistiendo en una retórica que promete salvarlo todo mientras siembra una división insostenible. Verlos ahí, disputándose el futuro bajo la lógica de perpetuar el presente o incendiarlo, produce una fatiga muy honda. Pero quizás el riesgo mayor está en el autoengaño de creer que la solución es darle continuidad a lo que claramente no ha funcionado, simplemente por miedo al abismo del frente.

Y ahora que llega el domingo, arranca el coro de siempre. Se dice que hay que elegir el veneno menos malo, que votar es una obligación de trinchera y que matizar es de cobardes. La conversación pública se vuelve un embudo estrecho que obliga a tomar partido por lo que ya se criticó. Es una trampa perfecta: si no se suma nadie a su orquesta, la acusación de indiferencia cae de inmediato.

Pero hay una diferencia enorme entre el desinterés y el desencanto militante. Quedarse en casa el domingo, apagar el radio y desentenderse del país sí es una forma de renuncia. Ir a votar en blanco, en cambio, es otra cosa. Significa hacer la fila, entrar al cubículo y usar la propia herramienta del sistema para decirle a los dueños del poder que su menú de hoy es inaceptable y que la continuidad de este rumbo no es una opción viable, aunque el camino alterno asuste.

Se sabe bien lo que dicen los analistas del pragmatismo: que el voto en blanco es un disparo al aire o una pérdida de tiempo. Es el argumento del miedo, el mismo que usan para arrastrar gente a las urnas. Pero legitimar con una cruz en el tarjetón a cualquiera de los dos, después de haber advertido durante meses sobre sus peligros, sería una forma de traición personal.

Votar en blanco este domingo no va a refundar la república, seamos realistas. Tampoco es una postura heroica; es, simplemente, una línea roja. Es la manera que queda para dejar constancia de que el país necesita cambiar de rumbo sin caer en el vacío, y de que todavía hay ciudadanos que se niegan a entregar la confianza a cambio de nada. A veces, la única dignidad posible consiste en saber decir que no.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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