Leo que el New York Times reunió imágenes que documentan el uso de fósforo blanco por parte de Israel contra la población en el Líbano. Veo cómo una especie de nube se transforma en disparos blancos hacia la tierra, rayos de un veneno prohibido por la Convención de Armas Químicas que, según la Organización Mundial de la Salud, “se enciende espontáneamente al entrar en contacto con el oxígeno del aire. En la población, causa estragos severos mediante quemaduras químicas profundas y tóxicas, daños respiratorios por inhalación de su humo espeso, e incluso fallas multiorgánicas letales”. Leo que las quemaduras pueden llegar hasta los huesos.
Leo que una familia palestina viajaba en automóvil por Hebrón, en Cisjordania, que se detuvo al encuentro de un control israelí, que un soldado disparó y que la bala, tras atravesar la mano del padre —elevada para mostrarse indefenso, para indicar que había niños—, continuó y atravesó la cabeza del bebé de siete meses. Veo al padre cargando el cuerpecito que cuelga, el pavimento teñido de rojo, a la madre arrodillada. Veo un video del mismo bebé riendo a carcajadas unos días antes y otro del padre llorando, contando que su hijo le sonreía a todo el mundo.
Miro a mi alrededor, la vida desbocada, gente debatiendo entre políticos que proponen destruirse unos a otros, diarios informando sobre lo que dicen esos unos y esos otros, sobre concursos y fútbol, el precio del petróleo y terremotos aquí y allá. Unos pocos se atreven a señalar que hay gente muriendo como no se muere la gente: bajo las bombas, quemada o asfixiada por un veneno blanco que cae del cielo. Trato de entender. Recuero que David Trueba escribió por estos días que «se puede mirar para otro lado, pero el derecho internacional está al borde de la desaparición». Recuerdo que hay quienes dicen que les vale huevo el derecho internacional —o ni saben que existe— y, por ende, hay también candidatos que conquistan votantes con la idea de abandonar las organizaciones que han armonizado en alguna medida la convivencia entre naciones.
Leo que la gran artista iraní Marjane Satrapi murió de tristeza, un año después de perder al amor de su vida. Pienso en morir de tristeza. En esa posibilidad. Se dibujan en mi mente la nube blanca disparando, el bebé de siete meses desangrándose en brazos de su padre. Pienso en eso de lo que habló Nuria Labari: “la desidia moral en la que caemos todos cuando intentamos defender a ‘los nuestros’ en vez de lo que está bien”.
Creo que morir de tristeza debe ser algo como que se extingan todas las luces y entonces el cuerpo, la mente, asuma la condena de que ya no puede ver y se apague, cierre los ojos de a poco, como envuelto en esa nube blanca, porque la ceguera parece más benévola que lo que se dibujaría si pudiera ver.
Escribió Gueorgui Gospodínov en Física de la tristeza: “En el comienzo de todo, ya lo dije, hay siempre un niño al que arrojan a un sótano”. El que desviemos la mirada, ya no ante la asfixia radical de la ley internacional, sino ante la asfixia física, ardiente y moral de niños y viejos y familias y animales y pueblos enteros; que miremos para otro lado mientras arrojan a miles —niño por niño— a respirar abandono en el sótano de la humanidad, no es sino la garantía de una tierra podrida que ha de envenenarnos a todos. ¿Miramos para otro lado? Se apagará la luz. Hemos de morirnos de tristeza.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/catalina-franco-r/