Hay algo que inconscientemente saben los historiadores, los novelistas, los intelectuales y un reducido puñado de políticos que han tenido la delicadeza de reflexionarlo: los liderazgos personales, las ideologías, los movimientos sociales, los partidos políticos, los colectivos y hasta las coaliciones; aunque puedan sentirse representativos, no son quienes cambian el curso del mundo dado que no son absolutas. No es posible que la sociedad, como un todo, se inspire a seguir los intentos de liderazgo de sus partes más dispersas.
En medio de una coyuntura sumamente delicada para nuestro país, se ha vuelto habitual que cada mediodía, cerca de donde vivo, se escuche la masa enardecida de manifestantes cantando arengas a favor de su candidato presidencial. Entre ánimos eufóricos y aires desafiantes contra su campaña enemiga, el aire se siente tenso y a la vez, extrañamente motivador.
Es difícil definir qué es lo que tiene de motivador; quizás sea porque tengo un gusto personal por las multitudes, sean multitudes que marchen por la derecha o por la izquierda. No me importa y no creo que importe. El ruido descomunal de una muchedumbre envalentonada para defender aquello en lo que cree demuestra la continuidad de nuestra —tan deteriorada— democracia.
En este presente, muchos ideólogos han pensado que nuestro sistema “liberal” ha agotado todos sus recursos disponibles para sostener que las democracias y la participación pública “funcionan”. Hay muchos puntos a favor de esa tesis que son válidos. Pero todavía hay fenómenos sociales que persisten a pesar de todo.
Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia, decía: “La igualdad viene de los movimientos sociales disruptivos que siempre son portadores de horizontes universales, ya sea para recuperar la propiedad común de recursos naturales o empresas estratégicas, o para ampliar un nuevo derecho, un reconocimiento o una redistribución de la riqueza social”.
Con esta idea, siento que se puede pensar en el fenómeno colombiano de las multitudes de una manera diferente al resto de América Latina.
García Linera hablaba de una gran masa de personas que logran incidir en el curso político de un país. Estamos hablando, para aterrizar un ejemplo más familiar, de movilizaciones a gran escala como lo fue, hace más de 30 años, la séptima papeleta para la nueva Constitución. O, a su vez, como es el fenómeno actual de las protestas masivas en Bolivia, en respuesta al alza del costo de vida y el deterioro macroeconómico nacional, que se ha manifestado en el gobierno de Rodrigo Paz.
Cientos y cientos de organizaciones sindicales, agrarias y ciudadanas, que agrupan miles y miles de personas, han salido a las calles a pararse frente al gobierno en las últimas semanas. La contraposición social hacia la clase política actual es una muestra clara de que la esencia de la democracia persiste.
Y pensar que, casi dos siglos después de la independencia de Colombia —y de una buena porción de países suramericanos también—, nos encontramos en una época que se matiza con algunas de las últimas palabras escritas por Simón Bolívar, quien le dijo al general Juan José Flores que “La América es ingobernable para nosotros”, declarando que la misma cruzada para hacernos “países libres” había sido en vano.
Repúblicas improvisadas, con poblaciones propensas al desorden, pero que, al mismo tiempo, pueden tener la esporádica virtud de transformar su propia realidad.
Claro que son muy pocos los ejemplos en los que hay un consenso universal —y fundamentalmente democrático— que consigue cambiar el curso de las cosas. Para nuestros tiempos de polarización, hablar de consensos nacionales es como hablar de tibiezas o predicar misa a un ateo.
Sin embargo, a pesar de la histórica partición del país entre extremos ideológicos, y de que, al mismo tiempo, estemos viviendo en carne propia —y en buena medida— las palabras de Bolívar, hay aspectos de lo que necesita el país sobre los que muchos colombianos podemos ponernos de acuerdo.
Todavía está la posibilidad de que consideremos una política que garantice la seguridad de los territorios, pero que sea respetuosa de los derechos humanos. Una política que permita a las industrias exportadoras crecer, pero que no transgreda nuestros recursos naturales. Una política que ofrezca garantías democráticas y que sea rigurosa con el cumplimiento de lo legal.
Una política que inspire a todos, a cada una de las partes de las multitudes, para así estructurar una sociedad no de opuestos, sino de contribución hacia el futuro.
Porque hasta los grandes hombres como Bolívar se equivocan, y podríamos apostar nuestra fe a que, en el fondo, no somos tan “ingobernables” como nos pintan.