Perderse para encontrarse

Tengo 32 años y últimamente me pregunto qué me falta desaprender.

En el colegio me enseñaron religión y recato. Las películas me enseñaron princesas que pasaban media vida dormidas esperando al príncipe. En casa, roles de género tradicionales. En la universidad, el éxito tenía una sola forma. Y mientras más pasan los años, más evidente se vuelve que gran parte de lo que absorbí, más que conocimiento, era libreto.

Durante mucho tiempo nos dijeron que la vida tenía una secuencia: estudiar, casarse, tener hijos, trabajar, jubilarse, tener nietos. Cualquier desviación era un error, cualquier omisión, un fracaso.

Hace unos días tuve un viaje soñado con las amigas del colegio. Antes de salir me imaginaba que nos encontraríamos con las mismas personas de siempre. Y sí, la esencia sigue intacta. La complicidad también. Pero lo que más me impresionó fue ver la evolución de cada una, como si la vida hubiera tomado un punto de partida común y hubiera escrito historias completamente distintas.

Veo separaciones que no representan un fracaso, sino una decisión consciente para proteger la paz. Veo cambios radicales de carrera cuando la vida pide un nuevo rumbo. Veo emprendimientos que nacen y fracasan. Veo terapias que no se esconden sino que se divulgan. Veo luchas que se reconocen y dan valor en lugar de ocultarse. Veo mujeres que deciden por su cuerpo y no por miedo ni por estigma. Veo decisiones basadas en el criterio y no en la expectativa. Veo mujeres que dejaron de explicarse. Veo madres criando hijos y mujeres que han decidido no tenerlos. Veo incluso a las mamás de mis amigas reinventándose.

Veo todo menos la película que nos enseñaron.

Y somos afortunadas de poder verla diferente. Muchas mujeres en el mundo no tienen la posibilidad de habitar esa incertidumbre ni la libertad que da elegir.

Por eso hay un enorme valor en no tenerlo resuelto, en cuestionar lo que incomoda, en descubrir que una decisión puede ser correcta aunque nadie alrededor la entienda. Tal vez eso es lo que significa para mí el feminismo: no una batalla ni un nuevo conjunto de reglas para reemplazar las antiguas, sino la posibilidad de que cada mujer pueda escribir su propia versión de la historia. Que las niñas crezcan sabiendo que son protagonistas, no personajes secundarios. Que el carácter, la inteligencia, el humor y la autenticidad ocupen el lugar que siempre merecieron. Que no carguen en sus hombros tantas reglas y expectativas.

Y no crean que yo me escapo de esto. Soy la primera que se compara con el cuerpo, el trabajo, las relaciones, los tiempos. Esta columna también es terapia. Escribir me permite disociarme un momento de mi vida para ir al ideal, y en ese viaje de ida y vuelta, algo se acomoda.

Quizás el cambio más profundo es entender que no vinimos al mundo a interpretar perfectamente un papel, sino a descubrir quiénes somos. Y eso implica, inevitablemente, perdernos algunas veces. Porque los caminos más felices rara vez fueron los planeados.

Nos dijeron que las mujeres debían hacerlo todo por amor. Hoy creo que debemos hacerlo todo por amor propio.

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