El asunto lo repiten tanto que ya se ha vuelto sonsonete: dicen y vuelven a decir que Colombia va a tener que elegir entre dos extremos. Y esa conclusión no alcanza para entender las diferencias entre los proyectos políticos que representan Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.
Es cierto que, a estas alturas, el símil del ring de boxeo se presenta como el más obvio: en esta esquina está el uno; en aquella, el otro. A fin de cuentas, claro que hay un enfrentamiento. Sin embargo, las comparaciones están llenas de sofismas para equiparar dos visiones de lo que debería ser el mundo que están distanciadas, pero una sola de ellas hace parte de esa internacional reaccionaria que recorre el mundo desde hace años y que tanto coquetea con el fascismo.
Pero voy a hacer un alto en el camino: si he dicho una y otra vez que el embeleco ese con tinte de amenaza infantil —que viene el Coco— de que Colombia se va a volver como la Venezuela de Maduro, debería desecharse también cuando viene de otro lado: no nos volveremos la Argentina de Milei ni el Salvador de Bukele.
La desgracia (o la fortuna) de Colombia es que, pase lo que pase, seguirá siendo Colombia, con sus fantasmas y su violencia que, vaya unos a saber por qué, no empañan esa cualidad patria de ser felices, o al menos aparentarlo. Puede que sea la indolencia, pero eso es material para un estudio sociológico de la colombianidad.
Retomo. Este pedazo de tierra entre el Caribe y el Pacífico no ha sido ajeno a ese fenómeno de los reaccionarios. Basta recordar que hace 10 años lograron convencer a una buena parte de los votantes (a la mayoría de ellos, valga señalarlo), jugando con sus miedos y sus rabias, que era mejor rechazar la firma de un acuerdo de paz con nosotros mismos.
Desde entonces, han sacado a la palestra cada vez que hay elecciones el mismo espanto que les ha dado resultado, que nos vamos a volver comunistas. Y hay quienes lo creen sinceramente, y hasta puedo comprenderlos: nos han tocado años difíciles en el mundo, donde cada quien vela por sí mismo y los demás, que se jodan. La solidaridad nunca cotiza al alza en los mercados internacionales.
Y ahí, justo ahí, está la diferencia que a mí me parece insalvable entre lo que prometen el uno y el otro. Uno conjuga el verbo conversar, el otro riposta con el verbo destripar. El uno habla de proteger el ambiente, la casa de todos; el otro ni siquiera entiende qué es el fracking. El uno reconoce las diversidades humanas, el otro cree que la homosexualidad es algo que, lamentablemente, no tiene arreglo. El uno aboga por el bien común y el bienestar de las mayorías, el otro nos propone que se salve el que tenga con qué.
Dice el historiador Johann Chapoutot, en una entrevista con El País sobre su libro Irresponsables: «Se dice que la llegada de los nazis al poder fue inevitable, y esa idea vuelve a ser dominante hoy. Igual que los nazis “tenían” que ganar, ahora “tiene” que regresar la extrema derecha. Esa supuesta fatalidad invita a la resignación. Yo aspiro a demostrar lo contrario: que el regreso del fascismo no es inevitable».
Yo le creo a Chapoutot cuando dice que la derecha moderada pacta con la derecha extrema porque comparten miedos y tachan de enemigos a los mismos, «pero esa lógica no tiene en cuenta la dinámica totalitaria de la extrema derecha».
Dudo, lo dije antes, que el triunfo de Abelardo de la Espriella (que ganará) nos convierta en la Argentina de Milei, pese al calco de las propuestas contra el Estado que defiende el movimiento Firmes por la Patria y quienes lo secundan. Lo creo porque confío en el rol de ciertas instituciones que supieron detener (con algo de esfuerzo) la intentona de Álvaro Uribe de reelegirse por segunda vez y de contener los caprichos de Gustavo Petro.
Pero estoy convencido de que ese triunfo sí representará un retroceso en conquistas sociales y laborales, que envalentonará aún más a los envalentonados misóginos, clasistas y racistas, que fomentará la intolerancia y que nos harán mal como sociedad sus formas y sus fondos.
Sé que hay que conservar las distancias de los momentos históricos, las particularidades de momentos, personajes y países, pero esta respuesta de Chapoutot me sigue dando vueltas:
—¿Por qué lo subestimaron (A Hitler)?
—Por desprecio de clase. Para esas élites, Hitler era un paleto y un don nadie: un austríaco con un acento espantoso del sur, sin fortuna, sin títulos, sin grado militar, sin diplomas ni redes de influencia. Pensaban que estaría a su servicio, que lo podrían controlar y que gobernaría en beneficio de sus intereses. Algunos lo pagaron con su vida.
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