Hace ya muchos años —porque al cumplir cuarenta se puede decir muchos años para hablar de la adolescencia— fui con un novio y un grupo de amigos a una corrida de toros. Yo jamás había asistido a semejante espectáculo y poca idea tenía de lo que me esperaba; era solo una tarde de diversión. Así que aquello empezó a avanzar entre el ruido y la euforia de la gente y a mí me paralizó un silencio: dejé de oír y de ver y de entender la realidad, y lloré. Entonces mi novio me miró a los ojos, me abrazó y me sacó corriendo de ese lugar. Afuera lloramos juntos y me pidió perdón por llevarme. Yo también vi el dolor en sus ojos, la mirada de quien es consciente del horror y a veces lo asiste sin decir nada ante la aceptación de los demás.
A pesar de mi shock, en uno de esos momentos existenciales en los que uno se reconoce escandalosamente distinto, intruso, no apto para las formas que la humanidad le ha dado al mundo, la reacción inmediata de comprensión por parte de quien también era un niño, su abrazo entre lágrimas tras el muro que apartaba la gritería, ese sabernos raros compartiendo un dolor punzante, incómodo y minoritario en silencio, me reveló que ese lente particular frente a la vida era lo primero que yo buscaba en los otros.
Me gusta recordarlo hoy, cuando asistimos al espectáculo de sociedades enfurecidas, odiadoras, anestesiadas, burleteras, completamente ciegas. «A menudo, una de las autodefensas entre las personas que deciden no implicarse en nada suele consistir en ridiculizar a quienes lo hacen», escribió David Trueba. Quien siente la hondura de la vida y lo expresa, quien no teme mostrarse vulnerable, conoce perfectamente la mirada condescendiente de los demás, pues ha sido su objeto desde que tiene memoria. Y quienes miran con esa condescendencia —tantas veces mayoría— se sienten fuertes y sabios por no entender, sin la mínima sospecha de que no entienden.
Como bien dice Eliane Brum, para luchar hay que imaginar primero. Ya quisiera ver yo qué mundo tendríamos si a todos nos ahogara el dolor del toro y nos resultara insoportable. Si no tuviéramos que verlo siquiera para implicarnos y expresar su monstruosidad. Somos solo algunos y estamos acostumbrados a nadar contra la corriente. Somos los de los resultados invisibles en las elecciones políticas, los incapaces de respaldar a los de los gritos y las amenazas y las promesas de destrucción y poder.
Escribió bellísimamente Gueorgui Gospodínov en El jardinero y la Muerte, un libro en el que relata la muerte de su padre: “El perro, su querido perro con el que lo compartía todo, da saltos alrededor de mis pies. ¿Qué le digo yo ahora? (…) En otro tiempo, por estas tierras, cuando moría el dueño de la casa, había que compartir la noticia con todos los animales. El amo ha muerto, vosotros debéis seguir viviendo, les decían a las ovejas y a los caballos. En algunos lugares solo soplaban en las orejas de los bueyes y listo. Así les anunciaban la muerte, en lenguaje de buey”.
Ante el caos —ante la vida—, hay que volver la mirada a los animales. Quizás ellos nos ayuden a desprendernos de la inhumanidad.
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