El domingo, después de conocer los resultados de las elecciones quedé en un estado de tristeza y de desesperanza por el país, por el futuro. Pero no solo fui yo, mucha gente con quien converso, amigos, familia, compañeros, colegas, sintieron lo mismo. Leyendo a varios columnistas, sentí que nos unían muchos puntos en común en esta lectura del resultado electoral. Y es que muchos sintieron que sin importar quien gane el domingo 21, el país ya perdió.
Alguien me dijo: “sabemos que no vamos a avanzar en estos cuatro años”, pero tendremos país – va a votar por De la Espriella. Otra persona me dijo: ¡Qué tristeza escuchar a estos líderes! ¡Qué falta de respeto entre ellos! ¿Qué nos espera como país? -no va a salir a votar.
Y bueno, ya lo había escrito a inicios de año en otra columna para No Apto donde expresaba, palabras más, palabras menos: nos estamos enfrascando de nuevo en la dicotomía de las visiones extremas. Sembrando odio por doquier, señalando enemigos y acallando a quienes no se identifican con los extremos ideológicos… Esta campaña política está marcada de nuevo por el miedo, la intensidad emocional y la falta de debate profundo sobre nuestros problemas estructurales. Difícilmente bajo este escenario podamos resolverlos y serán cuatro años más de retrocesos y pocos avances relevantes y sostenibles para el bienestar de la gente.
Dice Hernando Gómez Buendía que: “Abelardo surge de la rabia contra la política y el miedo a los de abajo…La nueva derecha teme al desorden que en Colombia se llamó paro cívico.” Mientras los seguidores de la izquierda temen seguir siendo ignorados en una sociedad clasista e indolente ante las diferencias en oportunidades enquistadas, muchas de ellas explicadas por la violencia y la falta de un Estado presente y efectivo.
El mapa electoral muestra una Colombia dividida completamente. Está la Colombia predominantemente urbana, con mayores niveles de riqueza y bienestar y está la Colombia fronteriza, la de menor calidad de vida y oportunidades. La primera votó mayoritariamente a Abelardo y la segunda a Cepeda. Seguimos enfrascados en discusión de extremos, de dos visiones que quieren excluirse, pero que no deberían hacerlo. La visión de que el mercado es perfecto y el Estado es parasitario, es decir, no provee servicios, solo nutre a una burocracia inservible a través de los impuestos a las empresas y personas. La otra visión es que el Estado es eficiente, omnisciente, mientras el mercado -léase los empresarios privados- son corruptos, usurpan los recursos del Estado y no sirven a la producción de bienes públicos.
Pero nuestra constitución no presenta esa visión. Colombia es un Estado Social de Derecho, que pone la garantía de los derechos fundamentales en cabeza del Estado, pero que conmina a la empresa privada a proveer los bienes y servicios en asocio con el Estado y es por ello que hay confluencia del mercado y el Estado en sectores vitales como la salud, la educación, los servicios públicos domiciliarios, la infraestructura, entre otros. Así que, a esos extremos les falta una revisión de lo que establece nuestra Constitución.
A quienes queremos la vía intermedia, a quienes queremos que el Estado se fortalezca para hacer lo que tiene que hacer de forma eficiente, pero también queremos un mercado que muestre todas sus bondades en la provisión -que no en la garantía- de bienes privados pero también públicos, donde hay numerosos ejemplos de eficiencia e impacto, no estamos encontrando cabida en las opciones reales de poder. Y por ello, muchos sentimos que no tenemos lugar, que no pertenecemos, porque nos negamos a tomar partido por dos opciones que no vemos como lo que realmente necesita el país para avanzar en equidad y progreso.
Cada vez es más difícil encontrar esa pertenencia amplia y poderosa a un proyecto de transformación profunda del país y la nación, que reconozca la importancia del Estado- bien administrado y con baja o nula corrupción- pero también del mercado- reconociendo sus bondades y regulando bien sus posibles excesos.
Y en esta insatisfacción compartida por una minoría, solo resta confiar en las instituciones democráticas, aun con sus defectos, para frenar cualquier impulso autocrático de las orillas extremas que hoy son la única opción posible, dada la preferencia del votante mayoritario en Colombia. Triste y desesperanzador panorama.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/