El instante de mayor disminución sonora no es nocturno, sino crepuscular. Es el mínimo auditivo.
—Pascal Quignard
Me gusta la melancolía porque facilita el camino. Porque se desprende de expectativas. Suaviza el golpe. Mata de un solo tiro. No le deja espacio a la agonía. Me sorprende revisar el New York Times o The Economist y ver lo pequeños que somos. Lo sepultada que estaba la noticia de las elecciones tan solo a las ocho de la mañana del día después. Así de pequeña es nuestra tristeza.
Aquí apenas salíamos del shock y ya la noticia era irrelevante fuera de este mapa electoral pintado de amarillo y morado. Así pasan los días. Y así pasa la memoria de muchos, la memoria de lo masivo, de lo rápido, de lo comunicable. La memoria del olvido que quiere apoderarse del presente. La macabra tendencia a desaparecer para después repetir. Bucle.
En pleno crepúsculo (o la hora cobarde, como diría Alfonsina Storni), en un intento por salir del shock y seguir caminando, leo «La materia del sonido». Se trata de un conjunto de ensayos sobre la relación entre la escritura sonora y la escritura literaria. Encuentro la historia del pintor y cantante Friedrich Jürgenson, quien, mientras recorría la dial de la radio buscando alguna estación, distinguió una voz que decía: «Por favor, espera, espera, escúchanos».
Termino de leer ese ensayo con una deliciosa sensación de fascinación (quizás porque me saca temporalmente de la melancolía y quizás porque me interesa esa comunicación que Jürgenson afirmaba que provenía de los muertos…). Poseído por ese repentino hallazgo, prendo una radio que compré en Dabeiba hace un par de años. “Eso le coge hasta Panamá”, recordé que me dijo el vendedor.
¿Qué estaba buscando?
Me reí imaginando la posibilidad de viajar tan rápido, de salir del país en plena hora cobarde, de escuchar rápidamente una melodía diferente a la de la cordillera partida en tres, de revisar si acaso los muertos de acá compartían la tristeza.
Escuché las alineaciones del partido de Colombia contra Costa Rica, censos electorales reciclados, boletines repetidos, la invitación a participar en una rifa en La Mesa, Cundinamarca, de la mano de un tal “profesor” que aseguraba éxito para el segundo semestre. Escuché también una emisora en inglés que me pareció extrañísima. A lo lejos se alcanzaba a oír una voz femenina cuyas palabras en inglés eran ininteligibles. Me llegaban hechas formas abstractas, mensajes divinos, suaves, serenos.
Apareció música de todo tipo: clásica, vallenato, salsa, pop, electrónica, reggaeton… También había una lectura del Éxodo… Ahí me quedé hasta que me dieron las seis y sonó el himno de Colombia en diferentes tonos, con diferentes instrumentos, diferentes ritmos. Navegaba entre el himno hecho frecuencias. Algunas emisoras terminaban antes que otras. Me detuve en una que transmitía el himno interpretado por niños. Ahí, sumido en ese ritmo que desde pequeños nos enseñan a escuchar con una mano en el corazón, pensé en los niños. Imaginé las tétricas conversaciones sobre política que deben estar sucediendo en los colegios. Se dibujó una escena en mi cabeza:
—¡Llore! —le gritan tres niños a Emilio, quien reveló que sus papás votaron por Cepeda.
—No, no voy a llorar —responde.
—¡Llore puessss! —le insisten.
—No, no voy a llorar.
—¡Va a llorar! ¡Va a llorar! ¡Va a llorar!
A Emilio se le escapa una lágrima.
—¡Bobos! Déjenme en paz —dice y se va corriendo.
—Jajajajajajaajajaja—ríen todos—, y le gritan: —Váyase a llorar con Maduro y con la guerrilla, pato izquierdista… jajajaja. ¡Aquí solo Firmes por la Patria!
Por menos palabras, por mucho menos, nos hemos matado en este país. Las voces de los niños todavía cantaban el himno en la radio: la humanidad entera, entre cadenas… ¿Alguien quiere pensar en los niños? En el odio cosechado. ¿Qué diría Jürgenson sobre este himno interpretado por niños que se me apareció a las seis? «Por favor, espera, espera, escúchanos».
¿Qué estaba buscando?
¿Qué estamos buscando.
Apagué la radio.
Y hasta aquí los deportes.
País de mierda.
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