Por Daniel Palacio Tamayo
En esta elección en Colombia ganó el “periodismo militante” —va entre comillas porque, en esencia, el término es un contrasentido—. Pero su éxito, medido por la capacidad de moldear la conversación pública, es al mismo tiempo el acta de defunción del periodismo puro y duro.
El salto de Vicky Dávila de las salas de redacción a la arena electoral es legítimo. La historia demuestra que la transición entre el micrófono y el poder es un camino transitado con frecuencia en nuestro país; ahí están los apellidos Santos o Pastrana para probarlo. En el gusto por el poder no hay novedad, es más bien el método: un medio de comunicación como arma de destrucción de reputación que mueve candidatos entre el tarjetón y la sala de redacción.
La revista Semana operó durante meses como un directorio político con una innovación: una encuestadora dispuesta a experimentar. Siempre se ha dicho que los sondeos son la foto de un momento; esta vez, la sensación es que se montó un andamiaje para que la información de la revista cree su propia realidad. Dicho de otra manera: la encuestadora simula un escenario, la revista le da validez y al influir sobre el electorado acierta sobre el escenario deseado. ¿Conspiranoico? quizá.
Pero este no es un caso aislado. Felipe Zuleta, a quien la cortina de su emisora matutina insiste en presentar como “periodista”, mutó de analista liberal y ponderado a activista digital, perfectamente sintonizado con los intereses y las causas de la campaña de Abelardo de la Espriella. Había que defender un ataque homofóbico, eso que jijuemadres; había que burlarse de tal, ahí estamos… firmes.
Desde Miami, Luis Carlos Vélez hacía fuerza por un debate sin reglas ni moderación —otro contrasentido por donde se le mire—, mientras insistía en una única fórmula: “¿Usted apoyaría a Abelardo en una segunda vuelta contra Cepeda?”. Repetir y repetir hasta que el eco se convierta en hecho.
En la otra orilla, Daniel Coronell, en otrora adalid de la investigación periodística, terminó hablando de calzado. En una de sus entrevistas, traicionado por las vísceras, dejó mucho que desear de su capacidad argumentativa al asegurar que prefería votar por un zapato antes que por De la Espriella.
Mientras el gremio se canibalizaba en directo, buscaba defenderse de ataques sin que se despertara un ápice de solidaridad ciudadana, se quedaba esperando a que les ‘atendieran’ la invitación al debate, las estadísticas eran crudas con la realidad: la capacidad de influencia en la opinión pública de los medios de comunicación se diluyó frente a la pantalla de un streamer. Alguien sin formación profesional pero con una espontaneidad capaz de mover la aguja como los grandes medios ya no logran.
Como periodista de título tengo que reconocer, con dolor, que de este oficio poco queda. Mañana cuando nos pregunten dónde quedaron los periodistas encargados del cuidado de la democracia, tendremos que decir: se hicieron militantes.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/