Cuando la política se llena de palabras como mafioso, bandido, corrupto o criminal, se nos olvida algo elemental: debajo de cada etiqueta o señalamiento hay millones de personas con dolores, miedos, historias y razones. Nos acostumbramos tanto al insulto que dejamos de preguntarnos qué hay detrás de cada voto, qué sufrimiento lo explica, qué temor lo sostiene o qué esperanza lo empuja.
El escenario actual en Colombia nos lleva a la confrontación sin matiz. A la incapacidad de reconocer errores propios y al señalamiento del otro, e incluso, la negación de su posibilidad, como instrumento argumentativo. Dicho de otra manera, la política sin matices convierte al contradictor en enemigo y al votante del otro lado en alguien que no merece existir dentro del país.
La política actual es el escenario de autodestrucción de Colombia, porque la condición mínima para construir nación es poder entender al otro, sin restricción. Y eso surge del matiz, de poder estar preocupado por la seguridad del país y no sentirme convencido por los procesos de paz del actual Gobierno, pero también alarmarme ante un discurso que empodera a las Fuerzas Militares sin responsabilidad, sin memoria y sin reconocer que en Colombia hubo crímenes de Estado. Los falsos positivos existieron y no pueden repetirse.
También de la posibilidad de entender que muchas minorías han ganado derechos y se han sentido protegidas o visibles durante este Gobierno, pero eso no me obliga a quedarme callado ante ciertos cuestionamientos sobre el manejo de recursos públicos, las formas opacas de actuar o la necesidad de exigir responsabilidad a quienes hoy gobiernan. Reconocer derechos no puede significar renunciar a exigir responsabilidad.
Esa posibilidad se pierde cuando los extremos nos dicen “o eres de aquí o de allá” y nos obligan a aceptarlo todo y defenderlo a “muerte”, sin capacidad de cuestionar, sin visión autocrítica y sin espacio para la duda. Algo como un todo vale, o la tan manoseada frase atribuida a Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. Estar de un lado implica defenderlo todo, incluso lo indefendible.
En esa defensa acérrima e incondicional, sin darnos cuenta, llegamos a la negación del otro y convertimos al candidato contrario en enemigo. Olvidamos que hay millones de colombianos, para ser precisos de 9 a 10 millones de colombianos, que están ahí, sintiéndose representados por ese al que descalificamos. Esos 10 millones no viven en otro país. Se sientan al lado nuestro en el bus, caminan las mismas montañas, hacen mercado en los mismos barrios, trabajan en las mismas oficinas y también tienen miedo de perder lo poco o mucho que han construido.
En la mitad aparece una nueva minoría: quienes no se sienten representados por la obligación de odiar para poder criticar al otro. Los que intentan decir “esto está bien, pero esto no”; “entiendo este miedo, pero no comparto esta salida”; “reconozco este avance, pero no acepto esta forma”.
En medio de este escenario indeseable, se nos olvida que abrazar a 10 millones distintos a uno no significa votar como ellos ni pensar como ellos. Significa reconocer que ninguna nación se construye desde el deseo de expulsar a la mitad de su gente. Tal vez por eso llevamos tantos años con los mismos problemas y sin ninguna solución. Porque antes que entendernos, preferimos juzgar, señalar, recriminar y nunca, pero nunca, asumir nuestra responsabilidad.
La verdadera revolución, en este país cansado de odiarse, tal vez sea aceptar que la otra mitad también es Colombia.
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