Pocas cosas me hacen orbitar con tanta facilidad entre la fascinación y la decepción como la política electoral. Siempre he visto la política como una vocación de servicio a Colombia y como un camino para crear bienestar. Sin embargo, esa vocación pasa, irremediablemente, por afrontar muchas veces, con las botas puestas, las contiendas electorales.
Siempre termino metiéndome de lleno, dejando todo en el proceso y, al final, derrotado y hastiado, al punto de no querer volver a saber de ello por mucho tiempo. El guayabo electoral del otro día se me mezcla con la melancolía y el pesimismo, y ese coctel que termino bebiéndome no me hace más que daño. Pero, de alguna forma, como quien recae en una adicción, termino volviendo.
Apoyé de forma decidida a Paloma y a Juan Daniel, con la seria convicción de que allí se veía representada la cohesión de varios sectores que encarnan las ideas liberales que profeso. Es cierto que, en las últimas semanas, las encuestas no acompañaron; pero, entre la obstinación y la negación, me resistí a ver el vendaval que se aproximaba.
¡Qué palazo! Nunca pensé que la diferencia fuera tan abismal. Pero la cachetada de realidad nos reduce a nuestras justas proporciones.
Lo que se suele llamar “centro” —una chapa que nunca me ha gustado—, y que prefiero nombrar como liberalismo o espíritu democrático, no existe de forma representativa en el espectro político actual. Nos montamos ahora en el extremismo, que ya es tendencia global: una era de bulos, redes sociales y posverdad que amenaza al paquidérmico sistema democrático y a sus erosionadas instituciones.
El ciudadano de los años veinte de este siglo reclama soluciones efectistas e instantáneas, muchas veces encarnadas en hombres bravucones. Válido. Pero esa no es la Colombia ni el mundo que deseo habitar.
Consciente de mi insignificancia, decido resistir desde el silencio: sirviendo a mi país desde donde pueda, cumpliendo con mis deberes diarios y evitando dejarme arrastrar por la confrontación visceral que se viene, encarnada en dos personajes que considero nefastos para Colombia.
No abandonaré esta tribuna, pero sí las redes por un tiempo. Incluso, salvo lo esencial, evitaré la radio y la prensa como una forma de desintoxicación personal después de un proceso en el que, mucho o poco, todos hemos perdido algo.
También hago un mea culpa: he sido duro con mis propios amigos y con mi familia. He priorizado el ego por encima de su bienestar. He hecho daño y me he hecho daño. Ese es un costo que no quiero seguir asumiendo.
Que, en su íntima convicción, cada quien decida en manos de quién quiere poner a Colombia. Se vienen tiempos muy difíciles; tiempos en los que deberemos elegir entre lo que es cómodo y lo que es necesario.
Por lo pronto, optaré por un silentium incarnatum.
Ánimo.
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