Por: Daniel David Méndez Chaux
A dos días de las elecciones de primera vuelta en Colombia, las preocupaciones por el surgimiento y/o fortalecimiento de líderes y movimientos autoritarios crece significativamente. Y aunque este sentimiento es válido en un contexto de alta división política e ideológica, conviene cambiar el foco y centrar la mirada en algunos elementos constitutivos de nuestra sociedad que permiten la llegada de este tipo de liderazgos, pero sobretodo, amenazan con eliminar la democracia desde la base.
El profesor Daniel Levistky en su libro “Cómo mueren las democracias” señala que rara vez una democracia se desploma inmediatamente, por el contrario, los cimientos institucionales se van desmoronando lentamente. Para ello, toma cuatro elementos constitutivos de una democracia: libertad de expresión, competencia electoral, independencia legislativa y judicial; siempre que estas permanezcan en ciertos grados de libertad, podemos hablar de estabilidad democrática.
Pero lo importante aquí es que la mirada se enfoca en el comportamiento de los representantes en el ejercicio del poder, obviando en muchas ocasiones cuál es la sociedad a la que los políticos le hablan. Esto no es menor si consideramos que es igual de importante que una sociedad tenga la capacidad de defender la democracia como sus líderes de respetarla.
Pues bien, ante las elecciones del próximo 31 de mayo, más allá de que tendremos elecciones libres y competitivas, vale la pena reflexionar acerca de los elementos que llevan a pensar que la democracia colombiana implosiona desde sus bases, labrando el camino para la llegada de gobiernos que tendrán como última ratio de preocupación el respeto por las vías institucionales y el cumplimiento de los acuerdos previos que, como sociedad democrática, hemos ejercido hace un par de siglos ya.
La sociedad colombiana está rota, más allá de sus condiciones materiales y de desigualdad, está fragmentada por la poca capacidad de diálogo y de legitimidad que nos despierta quien piensa diferente. Cada vez más nos encapsulamos y actuamos en una lógica insular que imposibilita cualquier tipo de conversación y/o confrontación de ideas. La facilidad con la que conectamos con audiencias digitales idénticas a nosotros ocasiona que el debate y el entendimiento de las ideas y visiones ajenas a nuestra realidad, simplemente se anule y se desvirtúe.
Esta campaña presidencial es una muestra precisa de cómo, en conjunto, pocos se preocuparon porque existieran espacios de deliberación entre los distintos candidatos a la Presidencia, y pasará a la historia como el periodo electoral donde los punteros de las encuestas, estuvieron ausentes para discutir sus propuestas y visiones de país. Lo que sí hicieron fue alimentar sus discursos radicales ante audiencias ávidas por defender, desde su orilla, su visión de país.
La consecuencia de una sociedad que no debate pasa por anular la posibilidad de confrontar ideas y posturas con el objetivo de poder llegar a acuerdos, o bien, cambiar de opinión. Entonces se llega a un estado de cosas donde simplemente se reafirman posturas previas, se deslegitima al contrincante y se busca imponer un modelo y una visión de país. Como resultado, los líderes políticos aprovechan esta situación de baja confianza institucional para impulsar discursos confrontacionales, que despiertan emoción pero que anulan los argumentos.
Sobre esto, me encontré con un artículo del profesor Andrés Casas, quien señala que más allá de quién gane las elecciones presidenciales, lo seguro es que emergerá una nueva psicología política en la sociedad colombiana, que tal como lo describe, estará lejos de tener una perspectiva democrática que entienda el debate y la confrontación de ideas como algo necesario, y que por el contrario, ante una “suficiente evidencia” sobre su visión del mundo, se afincará como trinchera buscando la eliminación del otro y facilitando a los líderes políticos con rasgos autoritarios, cercenar lentamente las instituciones democráticas sin que encuentre mayor resistencia cívica.
Y aunque la pregunta acerca del origen de esta nueva psicología y forma de entender la sociedad colombiana en términos políticos pueda resultar compleja porque no hay una responsabilidad clara, sí vale la pena preguntarse cuáles fueron las condiciones que nos llevaron a esta realidad fragmentada que vivimos y que nos llevará en los próximos años a un atrincheramiento y una división de posturas donde no existe un ejercicio de competencia y alternancia del poder sino una batalla existencial donde el contrincante debe ser eliminado.
La falta de legitimidad que se tiene hacia el oponente limita la corresponsabilidad, pero también facilita que la democracia ya no sea vista como un régimen donde convergen distintas visiones del mundo mediante una competencia electoral y de intercambio de ideas. Por el contrario, hoy vemos al adversario como amenaza, y esa lógica lleva a pensar que podemos tolerar acciones violentas y antidemocráticas siempre que no llegue al poder. Ejemplos tenemos diversos, cuentos y amenazas sobran para caracterizar desde distintas orillas cómo es que la lógica amigo-enemigo se ha instaurado en nuestra sociedad y amenaza con seguir debilitando nuestra ya frágil democracia.
Finalmente, ante las elecciones del próximo domingo, conviene preguntarse por el tipo de sociedad que estamos construyendo, no desde los liderazgos que nos representan sino desde los valores que como colombianos pregonamos y permitimos se impongan. Una sociedad que no tiene la capacidad de debatir ni exigir que se rindan cuentas, difícilmente podrá sostenerse en el tiempo.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-david-mendez/