Estoy cansada de los análisis, de las encuestas, de las cifras disfrazadas de verdades absolutas y de la desinformación que tiene el único propósito de alimentar un fanatismo. Claro que es lo que más funciona cuando faltan apenas días para votar: hacerle creer a la gente que el otro no es un contradictor político sino una amenaza nacional.
Colombia lleva semanas hablando como si esto fuera un partido de fútbol y no una elección presidencial. A tres días de las urnas, pareciera que el país ya no discute ideas sino odios, titulares y fanatismos cuidadosamente alimentados por campañas que entendieron hace tiempo que el miedo moviliza más rápido que la esperanza.
Pero escribo esto en modo de desahogo, sabiendo que las columnas no son diarios personales. Aunque, en medio de tanto caos, este espacio funciona un poco como uno. Porque llega un punto en el que escuchar debates deja de sentirse como un ejercicio democrático y empieza a parecerse más a ver cómo un grupo de adultos convierte un país entero en un ring de egos.
Queridos votantes: así como ustedes, yo también tengo miedo.
Me abruma ver una noticia peor que la otra. Me desconcierta el nivel de irrespeto entre candidatos, pero me aterra aún más el irrespeto de ellos hacia las comunidades. Hoy los candidatos parecen competir por quién humilla mejor al otro, quién hace el clip más viral o quién convierte la indignación en aplausos. Gobernar pasó a segundo plano. Lo importante ahora es dominar la conversación, incluso si eso significa incendiar todavía más al país. La política colombiana terminó convertida en un espectáculo emocional donde la rabia da más réditos que la inteligencia y donde la capacidad de destruir al otro parece más importante que la capacidad de construir algo.
Me cuesta creer cómo candidatos tan preparados académicamente y con carreras construidas alrededor del liderazgo jueguen hoy al safari colombiano, entre tigres, burros y palomas, como si el país fuera un zoológico electoral y no un lugar habitado por personas que tienen miedo. ¿En qué momento les dimos campo abierto para que esto se convirtiera en una guerra de egos en vez de una discusión seria sobre la mejor dirección para el país?
Porque mientras ellos convierten los debates en trincheras, hay familias haciendo cuentas para llegar a fin de mes, personas intentando sobrevivir en trabajos informales y ciudadanos que ni siquiera saben que las elecciones son este domingo. Tal vez también sea por ellos por quienes tengamos que pensar al votar. Por quienes no tienen tiempo de convertir la política en una identidad de internet porque están demasiado ocupados intentando sobrevivir. Y aun así, los candidatos parecen más preocupados por ganar una tendencia que por responderle a un país que lleva años esperando respuestas reales.
Tengo miedo porque estos candidatos, como Abelardo y Paloma, han desconocido el dolor de miles de familias, desconocen a las minorías y burlan la Constitución con la tranquilidad de quien sabe que nunca tendrá que asumir las consecuencias reales del caos. Porque saben que, si todo sale mal, ellos lo han dicho, siempre tendrán un avión, otro país o una vida lejos de la realidad que ayudan a producir.
Esa es quizás la mayor distancia entre ellos y Colombia: para muchos ciudadanos, perder significa hambre, desempleo, miedo o abandono. Para ellos, perder significa esperar cuatro años más desde la comodidad de otro lugar.
Todo esto termina confirmando algo doloroso: este país se volvió el patio de juegos de personas que entendieron que el poder ya no se conquista con ideas sino manipulando emociones. Y mientras ellos juegan a destruirse entre sí, queda un país agotado, dividido y sobreviviendo en vez de viviendo.
Me parece doloroso que candidatos con años y años de trayectoria, como Claudia López y Sergio Fajardo, no estén hoy en el panorama político. Y no porque sean perfectos (ninguno lo es) sino porque fueron arrasados por algo mucho más rentable electoralmente: el miedo y el fanatismo.
Hoy pareciera que en Colombia importa más quién grita más duro que quién piensa mejor.
Tal vez estamos cumpliendo uno de los manifiestos de Sócrates:
“Permitir que cualquiera vote por derecho de nacimiento es tan absurdo como dejar que una tripulación elija al azar al capitán de un barco”.
Y quizá el verdadero problema de Colombia no sea únicamente quién gane, sino en quién nos estamos convirtiendo mientras intentamos escogerlo.
Voten por ustedes. Por la conciencia de país. Por la Colombia que sueñan, así suene ingenuo, romántico o incluso imposible. Porque peor que equivocarnos al elegir sería acostumbrarnos a no esperar absolutamente nada de este país.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/