Votamos resignados y asustados, pero libres nunca

A una semana de las elecciones, vale la pena preguntarnos qué tan libres somos cuando depositamos nuestro voto en las urnas.

Cada cuatro años pronunciamos la palabra democracia con orgullo, como si el solo hecho de tener urnas bastara para vivirla plenamente. No basta. La democracia no se mide por el voto, se mide por la libertad con la que ese voto se ejerce. Y en Colombia, esa libertad sigue siendo una utopía.

Hablo de utopía no porque sea un sueño imposible, sino porque es el horizonte que aún tenemos pendiente de alcanzar, y porque hoy por hoy, no votamos desde la convicción, sino desde el miedo, la desesperanza y el cálculo que nos hace sentir «protegidos».

Colombia está plagada de coerción, y hay dos formas predominantes que en algún momento todos hemos padecido, y aún así preferimos mantenerlas de manera cómplice y sosegada.

La primera es el voto útil. Defendemos con pragmatismo esta práctica, pero no deja de ser una forma elegante de rendirse ante la presión de las encuestas y ante el miedo de que gane el innombrable de turno, sin importar de qué extremo venga. Dejamos de votar por quien consideramos el mejor representante de nuestras convicciones y votamos por quien las encuestas dicen que puede ganarle al otro. Convertimos la democracia en un hipódromo en donde el apostador es el ciudadano.

El columnista Rubén Darío Barrientos llamó a este fenómeno, con razón, una extorsión psicológica. Porque cuando decidimos por descarte, no estamos eligiendo libremente el país que queremos construir, sino que el voto se convierte en la trinchera desde donde nos estamos protegiendo. Terminamos votando en contra de alguien y no por alguien, y esa es la razón por la que seguimos gobernados por quienes saben dar miedo, y no por quienes ofrecen una visión de futuro y progreso para el país.

La segunda forma de coerción es más vieja y muy arraigada, y se evidencia en la presión sobre quienes dependen del Estado para subsistir, en los funcionarios a quienes se les recuerda, con palabras suaves o con silencios elocuentes, que su puesto depende de su lealtad. En contratistas que reciben llamadas insinuantes y líderes comunitarios cuyos programas pueden continuar o desaparecer según cómo voten sus comunidades. Madres comunitarias, beneficiarios de programas sociales, empleados de alcaldías y gobernaciones. Todos atravesados por un mismo mensaje tácito: su sustento depende de su voto.

Lo doloroso es que esta coerción se impone, muchas veces, a través de quienes juran proteger la democracia y la libertad. Los colombianos nos llenamos la boca defendiendo la libertad y la democracia mientras permitimos de forma cómplice que erosionen las condiciones que nos permiten ejercerlas. Hablamos de garantías electorales, de pluralismo, pero cuando llega el momento de elegir, lo hacemos resignados, asustados y calculadores. Votando somos cualquier cosa, menos libres.

En Colombia tenemos deuda en cultivar la libertad de conciencia al elegir, y esto solo es posible cuando los ciudadanos votan por convicción, aunque su candidato no esté primero en las encuestas, cuando cada funcionario recuerda que su lealtad es con el país y no con el jefe de turno. Cuando en cada conversación familiar y de amigos, defendemos nuestras ideas con argumentos y no con lemas.

El 31 de mayo no se trata solo de quién gana, sino de cómo votamos. Si lo hacemos por cálculo, por miedo o por presión, habremos ido a las urnas, pero no habremos sido libres. Si lo hacemos por convicción, aunque nuestro candidato no triunfe, habremos defendido lo que creemos. Y aunque parezca utópico, la libertad de conciencia en las urnas es uno de los actos de resistencia que más nos urge como colombianos.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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