Todos por un nuevo país

por: @samuel_sarriaa

Todos hablan de cómo van a votar, por quién van a votar, de las implicaciones de cada candidato y del porqué su persona es lo que necesita el país. Del porqué de los principios artificiales y los discursos virtuosos de cada candidato, en donde intuyen qué es lo que necesitamos como sociedad para salir adelante de las dificultades estructurales en las que nos encontramos ahora. 

Un proyecto de nación históricamente inacabado en donde después de dos siglos de historia republicana, llegamos a encontrarnos ante una encrucijada. Estamos viviendo la puja entre el establecimiento político tradicional, una corriente contrahegemónica autoproclamada revolucionaria, y una línea política proveniente de la deformación moral de nuestra manera de hacer las cosas como sociedad. ¿Hacia dónde queremos ir a partir de hoy?

Pienso que en él hoy, sólo se habla de los odios entre candidaturas, y vagamente se tocan las necesidades inmediatas del país en distintas dimensiones. Tenemos una crisis energética, en donde la demanda de generación de energía superará la capacidad de producción en los próximos años. Tenemos un problema de vulnerabilidad a choques económicos ante las fluctuaciones del comercio internacional y los bienes que prioriza el mercado -los cuales no tenemos capacidades de producir en masa- por lo que nuestras débiles industrias locales ya no se perciben como motores de generación de empleo. Nuestro valor agregado reside en la exportación de servicios y bienes de consumo, dejándonos vulnerables ante potencias extranjeras las cuales pueden sentirse en la libertad de traer sus propias transnacionales para desplazar -e inutilizar- sutilmente a los remanentes de nuestras industrias locales.

Las desigualdades demográficas entre el campo y la ciudad están presentes, por lo que no importa que tanto un aspirante presidencial argumente que es el clamor del pueblo. Los votos que determinan quién debería ser el gobernante se reducen a una quinta parte de la población total. La abstención electoral persiste en muchas municipalidades del país, por lo que la legitimidad se determina por una reducida parte de los colombianos. No pensamos puntualmente en la infraestructura que hace falta para propiciar una línea de desarrollo a largo plazo. No discutimos con ambición cuál debería ser la apuesta de país, de nación, de sociedad, para los próximos 10, o 20 o 30 años. Y se ha hecho este reclamo tantas veces, en distintas columnas de opinión, en distintos medios, en distintos espacios de academia, televisión y debates públicos que se ha normalizado la indiferencia ante la urgencia de ver más allá de un horizonte de 4 años.

Seré claro, no es por una idealización de nuestro potencial. No es por el largo suspiro de una conversación con un tinto o una cerveza en donde todos nos ponemos tristes y damos vueltas sobre lo divididos que estamos. Esto es una lógica de supervivencia. Un mundo cambiante con países que dominan cuáles serán sus industrias de vanguardia determina el pulso de las conjeturas que tienen que adoptar los países de menor talante económico. Un mundo cuyas estructuras son dictadas por unos pocos hegemones, bajo la noción disfrazada de “cooperación” y “multilateralismo” es entonces un mundo entonces donde aquel país que no logre fijar su propio destino, es un país que es presa de depredadores más grandes. Pensar más allá de la sensación y la tendencia de un proto-italiano carismático, un revolucionario romantizado, una heredera de banderas desvirtuadas y la larga línea de políticos que se creyeron presidentes con la pretensión de volverse populares en la estela pública, es pensar más allá del largo historial de personalidades fallidas en la política de este país, y pensar seriamente en un proyecto de nación que nos redefina como sociedad, como seres humanos en un mundo más propenso al salvajismo que al entendimiento. 

La prioridad no es el candidato, la prioridad es que todos nos sentemos de verdad a revisar cómo es la Colombia que vivimos día a día, y nos olvidemos de los discursos. Porque aquí no vivimos en reinos, vivimos en repúblicas democráticas, donde son las personas las que dan poder a los líderes y a las decisiones, no los liderazgos solos como tal. No pensemos en la euforia o el malestar antes, durante y después de las elecciones. Pensemos en lo que anhelamos nosotros como nación, en su conjunto, pensemos en lo que sentimos necesario desde las entrañas.

Pensemos todos en lo que podemos hacer para tener un nuevo país.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

5/5 - (2 votos)

Compartir

Te podría interesar