Por Daniel Palacio Tamayo
El próximo será, sin duda, el gobierno más difícil en la historia reciente de Colombia. En medio del asomo de una crisis fiscal profunda, el alarmante deterioro del orden público y unas barras petristas empoderadas en las calles, un grueso de la población observa con desconcierto el panorama, sin saber qué camino tomar para hacerle frente a esta policrisis. Ante la incertidumbre generalizada, el único camino posible debe ser la certeza.
La historia nos ha demostrado con creces que la forma en que se hace campaña determina la manera en que se gobierna. Por fuera de la opción de la continuidad, hoy existen dos alternativas reales que se disputan el paso a la segunda vuelta. La campaña de la fórmula de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo ha demostrado cercanía y valentía en el territorio; en contraste, el otro candidato en contienda solo ha exhibido miedo: miedo al debate, miedo al escrutinio y miedo a la misma tarima. Mientras Paloma y Oviedo recorrieron el país —incluso en flota—, al rival solo se le ve descender de un jet para encerrarse en una pecera blindada.
Tengo la certeza de que a mi candidata la respalda María Corina Machado, esa lideresa indiscutible —y Premio Nobel de la Paz— que nos ha hecho emocionar hasta las lágrimas a todos los que abogamos por la democracia en Venezuela. En la otra orilla, en cambio, solo habitan las dudas sobre si la relación con Álex Saab, el polémico testaferro de Nicolás Maduro, trascendió el ámbito meramente profesional.
Sé con certeza que Paloma no es el producto de la política del espectáculo. Tengo la seguridad de que con ella se podrá dialogar y disentir. Confieso que, en algún momento, la consideraba simplemente una senadora más del Centro Democrático; sin embargo, bastó verla en una entrevista con @DiegoASantos, mucho antes de que tuviera encima todos los reflectores de la contienda presidencial, para que se ganara mi sincera admiración.
Paloma llegó legitimada por los votos, venció con contundencia en la Gran Consulta y por eso hoy cuenta con el respaldo de quienes han demostrado tener palabra de honor. Tengo la certeza —como la tiene el país— de que en ese equipo de líderes hay resultados tangibles en seguridad, transformación urbana, calidad de vida y solución de problemas estructurales. El hecho de que hayan logrado sumar voluntades tan diversas evidencia la capacidad real de este equipo para construir nación.
Los años de Paloma Valencia en el Senado dejan constancia de su talante para dar la lucha democrática, aun asumiendo costos inmensos en lo familiar y en lo personal. Con la campaña rival, en cambio, no existe la menor garantía de que estén dispuestos a asumir un solo sacrificio que los obligue a salir de su zona de confort.
En Juan Daniel Oviedo he visto esa misma disciplina inquebrantable. Ya perdí la cuenta de cuántos videos sumando kilómetros desde las cuatro de la mañana le he visto en redes. Mientras tanto, en la otra campaña abundan los spots con tiros de cámara perfectos, levantando la copa y promocionando un ron.
Alguien podría argumentar que este último detalle es menor o melifluo; pero no se llamen a engaños. Esos rasgos de personalidad revelan mucho más que la elocuencia de un discurso pronunciado por un abogado que se pinza la nariz y agacha la mirada ante las realidades del país.
Ahí radica mi última certeza: es Paloma o nunca.
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