Los punteros de las elecciones presidenciales en Colombia han llegado a esa posición no por entender mejor la realidad del país, sino por crear realidades emocionales en las que sus votantes quieren habitar. Son mundos paralelos que se nutren de símbolos, narrativas e historias que terminan importando más que los datos, los escándalos y los cuestionamientos.
Toda campaña se sustenta en una idea, en un destino al que se quiere llegar. Eso moviliza, genera simpatizantes y también detractores. Siempre ha sido así. El problema aparece cuando esa idea, o esa nebulosa creada para la campaña, se vuelve más importante que la realidad y los hechos.
En la nebulosa de Abelardo de la Espriella, el país aparece ante un ultimátum frente a los criminales. Todo está construido para crear la idea de un héroe que llega al rescate de la patria. Se usan los elementos de la amenaza, el enemigo, el peligro y la valentía. La política deja de ser una discusión sobre cómo gobernar y se convierte en una escena de supervivencia.
En la nebulosa del petrismo ocurre algo similar, pero con otros elementos: el cambio, la esperanza, el pueblo, la vida y el enemigo de la desigualdad encarnado en quien posee. Estos símbolos se posan por encima de los hechos, lo que hace que la inseguridad, los errores del Gobierno, los escándalos y la confrontación permanente con las instituciones sean reemplazados por una narrativa que siempre encuentra la manera de justificarlo todo o de presentarlo como un ataque externo al proyecto político.
Y es que, al final, dejarse seducir por esas narrativas es el camino más fácil. Vivimos rodeados de datos, contradatos, videos, clips, encuestas, denuncias, réplicas y teorías que llegan masivamente al mismo lugar: la pantalla del celular. Ante tanta saturación, ya no se busca saber la verdad, porque ese es el camino más difícil; se busca encontrar una historia que dé seguridad en medio del caos. Y con esa historia en la cabeza, muchos terminan convencidos de depositar su voto en las urnas.
En ese escenario, el centro tiende a desaparecer. Y aquí no hablo de un centro ideológico, sino de cualquier intento que busque no quedar atrapado en alguno de los dos relatos dominantes. Paloma Valencia intentó jugar ahí: conservar parte de la derecha y abrirse a otros sectores más moderados o cercanos al centro. Pero ese camino tiene un costo. Mientras las campañas emocionales ofrecen una identidad clara, el centro suele ofrecer matices. Y los matices, en tiempos de fanatismo, enamoran menos.
Tal vez por eso resulta tan difícil que una opción más sensata logre imponerse en estos tiempos. Porque mientras unas campañas ofrecen miedo y otras ofrecen abstracciones, el sentido común aparece débil, poco emocionante, casi aburrido. Marguerite Yourcenar lo dijo mejor en Memorias de Adriano: “en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse”. En Colombia, por ahora, seguimos demostrando que tenía razón.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/