¿Usted no sabe qué víctima soy yo?

A veces se me olvida que soy una víctima de la violencia en el país. Quizá porque me costó muchísimos años aceptar que yo también lo era. 

Tal vez porque le tengo mucho miedo a la victimización, en la que se cae tan fácil. También porque sobre la palabra víctima recaen pesos sociales fuertes, y no siempre positivos.

Pero en Colombia, ser víctima es una realidad. Es, tristemente, una manera de vida. 

Somos muchos, muchísimos, a los que la guerra nos ha mirado con los ojos abiertos y nos ha roto. Nos ha cambiado. Y aceptarlo es parte importante de quienes somos. Las palabras son fundamentales. Nombrar es esencial.

Sigo sin usar mucho la palabra víctima, prefiero no usarla, pero tengo la conciencia de que lo soy. Y mi mamá también. Y mi abuela también. Y el papá lo fue también: le mataron a su papá cuando tenía diez años, por ser liberal.

Y por eso, quizá, es que soy tan sensible (y me repito tanto con estas ideas) a lo que pasa con las víctimas en el país: el olvido que ponemos sobre ellas. El silencio que imponemos. La negación de su existencia. Porque así es más fácil: mejor ni pensar en ellas. Como se piensan como un problema, si no se piensan no lo son. No existen. La inhumanidad en pleno: no las tratamos como seres humanos, no nos importa su dolor. Son una sombra bullosa.

Porque tenemos víctimas que parecen condenadas a la desmemoria. Otras a las que se les impide ser recordadas.

Y lo que he pensado esta semana, otra vez porque no es un pensamiento nuevo sino que vuelve cada tanto, es ese depende: ¿Usted es de las víctimas de cuáles, de dónde?

¿De las cuchas que buscan a sus hijos?

 Porque a las madres sí que las hemos tratado mal: qué hay peor que negar el dolor de una ausencia, de nombrar a sus hijos como no son (y esto por empezar).

Lo pensé esta semana otra vez cuando Uribe y sus amigos borraron el mural que decía 7.837 almas que no te dejarán dormir.

Por qué callar a unos y no a otros (las paredes de unos y no de otros).

Pero lo pensé sobre todo cuando vi el video del expresidente diciendo: “Cuidado que ustedes mataron a mi padre”.

Y pues sí, Uribe también es una víctima. A él también le mataron al padre (qué bueno que por lo menos él sabe —o cree saber— quién lo mató.).

Pero su dolor no puede invalidar el dolor de otros.

Mi dolor no puede invalidar el dolor de otros.

El dolor es el dolor.

La violencia atraviesa sin preguntar quién. ¿Usted no sabe quién soy yo?

Solo que la violencia puede ser más profunda dependiendo de las condiciones sociales.

El pobre no es pobre porque quiere, pero pareciera que las víctimas pobres tienen menos derechos: el olvido cae más fuerte cuando no se tiene poder.

Porque el poder, eso sí y además, y esa es la gran diferencia con Uribe y las demás víctimas, trae una gran responsabilidad: él fue presidente de Colombia y durante sus dos periodos ocurrieron la mayoría de ejecuciones extrajudiciales. Justo durante su política de Seguridad Democrática.

Pero esa es la gran deuda que tenemos: hacernos responsables del país que hemos construido: un país lleno de víctimas. De seres humanos llenos de vacíos y de tristezas y de dolores. Un país en duelo.

Y todos merecemos nuestra verdad.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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