Por: @Juanramirez889
Me gustan las cosas que sirven para muchas cosas. Los objetos que no aceptan dócilmente la tarea para la que fueron fabricados. Una silla, por ejemplo, no debería limitarse a sostener el cuerpo cansado de un hombre: también tendría que ayudarle a entender el país donde se sienta. Desde hace un tiempo intento, como hacía Luis Tejada, encontrarle el ánima a los objetos cotidianos, esa metafísica escondida que convierte un utensilio doméstico en un retrato político. Porque este país suele explicarse mejor a través de sus cosas pequeñas que de sus grandes discursos.
Hace poco entendí mejor el asunto. Afuera de una universidad de Bogotá me encontré a Daniel Oviedo repartiendo periodicazos. El periódico era distribuido con una disciplina casi religiosa: a todo el que pasaba se le entregaba uno. La gente los recibía con resignación, los enrollaba y rápidamente los enviaba al bolsillo trasero del pantalón o al basurero más cercano. Y debo decir que sentí cierta compasión por aquel papel. Porque los objetos también sufren cuando descubren que nacieron para una causa mediocre.
Mientras observaba aquella procesión de periódicos derrotados pensé en los múltiples destinos posibles del impreso. Serviría perfectamente para envolver aguacates, limpiar vidrios o preparar engrudo. Y para no ser injusto con la democracia impresa, imaginé también otros usos más intelectuales: leerlo en voz alta, leerlo en voz baja, leerlo acostado, pararme en plena autopista a recitarlo o incluso pararme encima de él para leer la autopista. Pero como la campaña me interesa menos que un manual de instrucciones, terminé pensando únicamente en el engrudo.
Debo añadir, además, que tuve que salir a buscar el periódico porque ni siquiera me habían dado uno. Cuando por fin cayó en mis manos confirmé algo que sospechaba desde antes: la campaña no me convence, aunque el diseño sí. Está, como diría el propio Oviedo, “chusco”. Especialmente la sopa de letras del final, que terminó convirtiéndose en una de las experiencias democráticas más sinceras de mi semana. Mis suegros y yo llevamos días intentando resolverla. Hasta ahora, entre todos, encontramos únicamente dos palabras: “Estado” y “Policía”. Esperamos que con el tiempo aparezcan las otras ocho o, por lo menos, “educación”. En este país uno aprende rápido a conformarse con hallazgos modestos.
La sopa de letras sostuvo durante un rato la estabilidad emocional de la familia. Después decidí salir a tomar aire y entonces apareció el clima bogotano haciendo oposición. Recordé entonces que llevaba conmigo el periódico de Oviedo y resolví utilizarlo como sombrilla. Debo reconocer que funcionó peor que como herramienta pedagógica. Igual que la imagen de Oviedo en Bogotá, terminé quemado.
Pero si los objetos son cosa seria, no quisiera dejar por fuera uno que ha acompañado con entusiasmo la evolución del hombre colombiano contemporáneo: el bate. Ese artefacto que permitió pasar del Homo sapiens al Homo Gury. Dice la leyenda que el bate fue concebido como un tótem de la palabra, pero invertido, es decir: quien recibe el batazo se queda callado. A lo largo de la historia ha servido como instrumento deportivo, elemento protector y pieza museográfica. Sin embargo, en las manos equivocadas despierta esa vieja tentación nacional de reemplazar las ideas por los garrotazos.
Por eso propongo modificar su diseño. Que el bate deje de ser recto y se convierta en una media luna obligatoria: un objeto tipo hoz que exija golpearse primero la propia cabeza antes de golpear la ajena. Así, cuando el truhan —impulsado por la fuerza bruta de su derecha— caiga desorientado sobre el suelo, quienes protesten podrán hacerlo sin preocupación. Porque el problema de ciertos objetos nunca ha sido su madera sino el espíritu que los empuña.
Y justamente de la madera nacen los objetos más nobles: las sillas, el papel, las escobas. Esta última me conmueve particularmente. Tal vez porque barrer constituye una de las formas más silenciosas de la desesperación humana. Quien alguna vez ha estado al borde del colapso sabe que existe un momento exacto en el que limpiar la casa deja de ser una tarea doméstica y se convierte en una operación espiritual. Mientras la mano arrastra el polvo, la cabeza intenta reorganizar el mundo.
El candidato Sergio Fajardo, por ejemplo, ha construido buena parte de su campaña alrededor de esa antigua operación de “sacar el diablo de la casa”: primero limpiar y luego construir. Y aunque la frase conserve algo de consejo de abuela paisa, con el tiempo comprendí que la escoba es mucho más que un utensilio doméstico. Para Don Quijote fue su caballo, para los brujos su artefacto volador y para los aguafiestas como yo una herramienta util para espantar visitas indeseadas cuando se pone detrás de la puerta. Incluso en las manos equivocadas, su capacidad de daño en la escala de Gury es mínima.
No ocurre lo mismo con otros objetos. Existen artefactos que son, por decirlo de alguna manera, los Voldemort de la gallada. El balín, por ejemplo, parece inofensivo mientras permanece reducido a esa mínima circunferencia metálica. Pero cuando deja de ser apenas una pieza diminuta y se transforma en apología de la muerte por arma de fuego, la atmósfera cambia. Algunos candidatos ofrecen balín como respuesta frente a la violencia. A mí se me ocurre que, ante tal provocación, deberíamos empezar a escribir la palabra al revés: “linba”. Y luego, todos al unísono, ofrecer linba. Si la propuesta parece idiota, entonces la tarea está cumplida, porque ofrecer balín tampoco representa exactamente una idea brillante.
Y como toda colección de objetos necesita una rareza de museo, la política colombiana ya encontró al primer hombre que se cree objeto. El candidato Abelardo De La Espriella ha reducido su existencia pública a una parte específica de su cuerpo. A nadie le importa demasiado hacia dónde señala; lo verdaderamente evidente es que representa un bulto para la política nacional.
Con los bultos, además, nunca hay demasiadas alternativas. Se pueden vender en un mercado, fumigar por riesgo de contaminación, arrumar junto a los canastos viejos de la política o, en casos extremos, llamar a la policía de los bultos. Aunque quizá la solución más sensata sea dejarlos quietos, acumulando polvo en una esquina de la república.
Se comenta que un escaparate está a punto de salir de la casa de Nariño para darle permiso a un perchero que rima con horario, el mejor salario, que rima con primaria, la reforma agraria…