Sin la más mínima duda, a quien me soñaría como presidente de Colombia es a Sergio Fajardo. Es con él con quien comparto una visión del mundo. Yo creo que la democracia y el derecho a expresar uno quién quiere que lidere la nación en la que vive su única vida se basan justo en eso: en compartir la mirada, los valores de un camino que determina hacia dónde va una sociedad y, sobre todo, la dignidad de la vida en ese lugar. Sergio, a quien admiro, quiero y respeto profundamente, representa lo que yo quisiera para Colombia y es, a la vez, símbolo de una tristeza: de una sociedad que no ha sabido verlo. A él, gracias infinitas por su inteligencia transparente, su resiliencia y su generosidad.
Ahora lo que jamás pensé que diría: votaré por Paloma Valencia, aunque no coincidamos demasiado en cómo vemos el mundo. Mis prioridades son las libertades humanas, la protección de la naturaleza y la paz como objetivo innegociable, no como excusa para la venganza ni para una violencia estructural que la convierta en un concepto borroso cada vez más lejano, sino como base para tomar cada una de las decisiones que le dan forma a una sociedad: para la paz, antes que nada, se necesita una vida digna para todos. No me cansaré de repetir: nadie sabe lo que haría ante la carencia o el sufrimiento extremos suyos o de quienes ama.
Me alejo de ese lema de “Dios, patria y familia”, de los nacionalismos, el apego a la tradición, la demonización del diferente y el endiosamiento de la producción desmedida. Creo que hay más posibilidades de vivir en armonía cuando cada uno es libre de desarrollarse creativamente a partir de sus particularidades, de amar como y a quien quiera, de creer (o no) en lo que quiera, de sentirse orgulloso de sus rasgos y sus raíces sin vergüenzas impuestas por quienes se sienten mejores. Creo que la educación debe potenciar el talento de todos, sin distinciones, y servir para que vivamos mejor juntos. Considero que la existencia tiene más sentido trabajando para vivir, que viviendo para trabajar. Y creo que la naturaleza, nuestra única casa, fuente de la vida y la belleza alucinante que nos rodea, es el gran milagro, la obra majestuosa y generosa que nos acoge y a la que no dejamos de torturar. Quien no respete eso (así como quien no reconozca públicamente las tragedias de otros pueblos), a quien no le duela, le falta la humanidad necesaria para estar a la altura de los tiempos y dirigir una nación.
Por qué votaré por ella: porque estamos ante una coyuntura excepcional. El tema de la salud es suficientemente grave para que sea urgente que termine este Gobierno. Si pasara al deterioro de la seguridad (que viene de la no implementación del Acuerdo de Paz desde el Gobierno pasado, pero que en este se ha vuelto un caos demencial), la corrupción, el desorden, las finanzas y, especialmente, al ego como base para la irresponsabilidad, no llegaría a lo que quiero decir. Para referirme al señor que se hace llamar “tigre”, hace alarde de sus “cojones” y quiere retirarnos de las principales organizaciones de la comunidad internacional me acogeré a unas palabras que usó la periodista Luz Sánchez-Mellado: “…el espectáculo de un hombre haciendo estriptis integral de su soberbia, megalomanía y machismo, ante el pasmo de los testigos y el horror de sus asesores…”. Es una vergüenza (y otra tristeza) que hayamos aprendido tan poco y caigamos redondos ante lo indefendible, ante otro que hilaría idénticamente su ego con la irresponsabilidad.
Paloma, por el contrario, es una mujer seria, inteligente y preparada, con años de una reconocida labor en el Congreso. La diferencia con el de los cojones en cuanto a su propósito y su conocimiento del país es abismal. Que ese señor se haya apoderado de la derecha extrema la ha llevado a moderarse: critica el estatismo de Cepeda pero también el capitalismo salvaje de Abelardo. Ha dicho —y le creo— que mantendrá lo bueno que encuentre; que no quiere destruir, sino construir sobre lo construido, y que no busca destripar a nadie. Me sorprendió al afirmar que desde su unión con Juan Daniel Oviedo, que ha sacado a la luz diferencias profundas, cada vez está más contenta con él. Ante la coyuntura la han rodeado personas muy distintas que se reconocen en una mínima dirección común, lo cual posibilita que gente como yo vote por ella. Deberá llegar a acuerdos para enfrentar el país caótico y dividido que recibirá, pero solo ella podrá lograr una inclusión suficiente si no queremos que Colombia se convierta en un incendio (ahora y nuevamente en cuatro años). Es una mujer y eso es esperanzador. Sería maravilloso que fuera abriéndose a nuevas miradas, enriqueciendo lo que podría lograr, de manera que su liderazgo no signifique un regreso al pasado, sino la construcción de algo nuevo.
Escribió Guillermo Altares sobre “otra forma de deshumanizar al rival: creer —e imponer a la sociedad esa creencia— que hay una causa nacional más importante que cualquier vida”. Espero que Paloma y su equipo honren la confianza que les daremos quienes no hacemos parte de su espectro político, quienes marcaremos el tarjetón respirando profundo, con la ilusión de una mejor Colombia para todos. Ojalá nuestra primera presidenta nos sorprenda con una visión humana, con su concepto sobre el propósito de la vida. Es posible que muchos sepamos optar por una opción no ideal: tal vez ahí nos encontremos. Tal vez así podamos ser una misma nación, una que sepa ver mejor en el futuro.
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