Desgaste electoral 

Confieso que esta campaña electoral para las elecciones presidenciales me tiene más aburrida de lo normal. Y es que el nivel de conflictividad es tal que hasta tuvo que surgir una iniciativa ciudadana a demandar “Por el respeto”. Es tal la situación que muchos se remontan a épocas oscuras del país donde el pan de cada día era la muerte del “otro” por razones políticas. Así, nuestro país parece no poder salir de la equiparación entre pensar distinto y ver al otro como enemigo, nada que ver con una democracia sana. 

En este juego seguimos cayendo peligrosamente y hoy las fórmulas del marketing político parecen apegarse a esas recetas nocivas de la polarización tóxica, donde cualquiera que se atreva a hacer preguntas incómodas a los candidatos puede ser llamado ignorante o donde el tamaño de las partes íntimas de los candidatos ahora parece engrosar la lista de atributos a tomar en cuenta a la hora de votar. ¡Qué bajo hemos caído! 

Es el terreno del espectáculo más que el de las ideas. Justo cuando en democracia queremos debates de ideas, primordialmente. Qué soluciones ofrecen los candidatos a la debacle del sistema de salud, qué reformas proponen para aumentar el empleo formal en Colombia, qué propuestas tienen para el desarrollo territorial equilibrado y qué podría plantearse en materia de descentralización y fortalecimiento de los municipios, qué reformas se plantean al sistema educativo en relación, por ejemplo, con el avance de la IA; cuál será el manejo fiscal, habrá recortes en entidades estatales, en fin, tenemos tantos asuntos por discutir que no hay tiempo para el circo que nos proponen desde tantas candidaturas. 

Dice Juan Gabriel Vásquez en una reciente columna de opinión que: “Porque la vida colombiana es con frecuencia tan injusta, tan llena de desprecio, tan anquilosada en privilegios caducos, tan llena de los dolores que hemos sido capaces de causarnos durante años, que nos ha vuelto cínicos o por lo menos descreídos, y hablar de valores democráticos o ciudadanos –ya no digamos de decencia, tolerancia, experiencia y conocimiento– es la mejor manera de hacer que la gente cambie de canal. Yo tengo que confesar que de vez en cuando me entra la nostalgia por los tiempos de la hipocresía: cuando el juego de la política pasaba por fingir al menos que a uno le importaban estas cosas”.

Concuerdo en cada palabra con Vásquez. Es fácil caer en esto de ser cínicos en una sociedad que nos enfrenta día a día a tantos contrastes y a un sistema de valores que, por lo menos a mí, me confrontan como ciudadana que quiere hacer parte de un colectivo, al cual quiero sentir que pertenezco realmente y en el cual hoy no me siento representada. Si veo las encuestas y los resultados que están arrojando me cuestiona mucho las preferencias que estamos mostrando y a qué le estamos apostando como país. Somos una sociedad polarizada en la que todo vale con tal de ganar, que le apostamos al que sea, con tal de que caiga bien a las masas y pueda erigirse como “competitivo” en las encuestas.    

Y justo sobre estas últimas, creo que, aunque son útiles para rastrear las preferencias electorales, se han terminado convirtiendo en un medio útil para terminar haciendo contrapeso al que va ganando y no nos gusta. Así, la decisión del voto no es por el que realmente quisiéramos que nos gobernara sino por el que pueda derrotar al que no nos gusta o nos repele. Ese es el llamado voto útil. 

Luego de leer a varios analistas y columnistas me ratifico que, en primera y segunda vuelta, no quiero ser el voto útil de nadie. Mi voto a conciencia va por el candidato que me gustaría fuera el presidente de Colombia. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/

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