Hay momentos en la historia política de un país en los que las ausencias pesan más que las presencias. Colombia atraviesa uno de ellos.
Porque mientras el debate público se consume entre la rabia, la polarización y la política convertida en espectáculo, empieza a surgir una pregunta incómoda, casi existencial, dentro de un sector importante del país: si Germán Vargas Lleras y Miguel Uribe Turbay pudieran ver esta coyuntura, si pudieran observar la fragmentación de la oposición, el desgaste institucional, la incertidumbre económica y la erosión emocional de la democracia colombiana, ¿a quién le entregarían las llaves del país?
Antes de cualquier análisis político, hay algo que no puede pasarse por alto: detrás de las figuras públicas también hubo hijos, padres, amigos y familias que tuvieron que aprender a convivir con el vacío. Perder a alguien que dedicó su vida al servicio público nunca es sencillo, mucho menos cuando esa vida estuvo marcada por la presión, la exposición y la entrega permanente al país. A sus familias, a quienes los quisieron y caminaron junto a ellos, solo queda enviarles respeto, fortaleza y gratitud. Porque más allá de las diferencias ideológicas que cualquier figura política pueda generar, tanto Germán Vargas Lleras como Miguel Uribe Turbay hicieron de la política un propósito de vida. Creyeron en el Estado, en las instituciones y en la posibilidad de transformar realidades desde lo público. Y con sus ideas, sus debates y sus banderas ayudaron —para bien o para mal— a moldear una parte importante de la Colombia contemporánea.
No es un ejercicio morboso. Tampoco nostálgico. Es, en el fondo, un intento de entender hacia dónde debería dirigirse un sector político que hoy parece tener enemigos muy claros, pero un rumbo todavía difuso.
Porque Vargas Lleras y Miguel Uribe representaban dos generaciones distintas de una misma obsesión: la preservación del Estado.
Uno desde la maquinaria, la ejecución y el poder territorial. El otro desde la renovación generacional, la batalla cultural y la defensa vehemente de ciertas ideas de país. Distintos en formas. Parecidos en el fondo. Ambos entendían algo que Colombia parece haber olvidado: gobernar no es gritar más duro; es impedir que el país se desordene.
Y precisamente por eso resulta difícil imaginar que alguno de los dos hubiera terminado respaldando a Iván Cepeda.
No solamente por las diferencias ideológicas evidentes, sino porque Cepeda encarna una visión histórica y política que ambos combatieron durante años: una lectura del país basada en la reivindicación permanente del conflicto, en la expansión del relato progresista latinoamericano y en una concepción del poder mucho más cercana a la transformación estructural que a la estabilidad institucional.
Vargas Lleras pertenecía a una tradición política obsesionada con el control del Estado, la infraestructura, la gobernabilidad y el orden. Miguel Uribe construyó prácticamente toda su identidad política reciente enfrentando el proyecto del petrismo y denunciando lo que consideraba una deriva peligrosa hacia el debilitamiento institucional. Respaldar a Cepeda habría significado renunciar a las convicciones que definieron buena parte de sus trayectorias públicas.
Pero la respuesta tampoco parece ser tan sencilla con Abelardo de la Espriella.
Porque aunque comparte con ambos una oposición frontal a la izquierda y un discurso duro en materia de seguridad y autoridad, representa otra cosa: la política de la confrontación emocional permanente. Y ahí probablemente aparecería una diferencia de fondo.
Ni Vargas Lleras ni Miguel Uribe eran antisistema. Nunca lo fueron. Podían ser duros, incómodos, confrontacionales incluso, pero creían profundamente en las instituciones, en los partidos, en el ejercicio técnico del poder y en la necesidad de construir gobernabilidad. Entendían que el Estado no se sostiene únicamente con indignación.
Y quizás esa sea precisamente la gran discusión de la derecha colombiana hoy: si quiere ganar una elección o si quiere gobernar un país.
Porque no es lo mismo.
La primera se puede ganar alimentando la rabia. La segunda exige estructura, capacidad, equipos, experiencia y estabilidad emocional para administrar una nación exhausta.
Por eso, en un escenario hipotético, el nombre de Paloma Valencia aparece con más naturalidad alrededor de ambos legados políticos.
No porque represente exactamente lo que fueron Vargas Lleras o Miguel Uribe, sino porque sintetiza elementos que probablemente considerarían indispensables en esta coyuntura: coherencia ideológica, experiencia legislativa, claridad discursiva, defensa institucional y capacidad de articulación dentro de un bloque político más amplio.
Vargas Lleras probablemente vería en ella algo fundamental: viabilidad de poder. La posibilidad de construir una coalición real, de conectar con sectores tradicionales, económicos y regionales, y de evitar que la oposición termine convertida en una suma de egos incapaces de administrar el país que dicen querer salvar.
Miguel Uribe posiblemente encontraría otra cosa: continuidad de una batalla política y cultural que él mismo ayudó a encabezar. Una candidatura capaz de canalizar la oposición al petrismo sin destruir la institucionalidad en el intento.
Pero quizás lo más interesante de este ejercicio no sea determinar a quién apoyarían.
Lo verdaderamente revelador es entender por qué Colombia necesita hacerse esta pregunta.
Y la respuesta es dolorosa: porque el país atraviesa una crisis de conducción política.
Hoy Colombia no solamente está polarizada. Está emocionalmente agotada. La ciudadanía dejó de creer en las instituciones, los partidos dejaron de formar liderazgos sólidos y buena parte de la política se convirtió en una competencia por quién produce más indignación por minuto.
En medio de ese vacío, las figuras ausentes adquieren un peso simbólico gigantesco. Los muertos empiezan a convertirse en referencias morales porque los vivos todavía no logran transmitir certeza.
Tal vez por eso esta discusión termina siendo más trascendental de lo que parece. Porque no habla realmente de Vargas Lleras ni de Miguel Uribe. Habla de un país que perdió confianza en el presente y empezó a buscar orientación en los legados del pasado.
Y quizás, si ambos pudieran enviarle hoy una señal a Colombia desde el lugar donde estén, no sería una invitación a escoger al candidato más agresivo ni al más viral. Probablemente sería algo mucho más difícil: escoger a quien tenga la capacidad de ejercer autoridad sin destruir la democracia, enfrentar el caos sin alimentar más odio y reconstruir el Estado antes de que el país termine acostumbrándose definitivamente al deterioro.
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