Debate sobre los debates: ¿quién pierde más?

En el actual debate electoral colombiano ha cobrado inusitada importancia la discusión sobre los debates en sí mismos: si se participa o no, con quiénes y en qué condiciones. La negativa de Iván Cepeda de debatir solo con “los pupilos” de Uribe, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella (ADLE), y de este último de hacerlo solo entre ellos tres, por ser los únicos con opciones de ganar, nos ha puesto a debatir sobre los debates. 

Más allá del espectáculo, tantas veces amarillista de los debates, esta vez hay una diferencia: sí pueden ser decisivos en las elecciones, por motivos que expondré al final. 

No estamos ante un fenómeno nuevo ni exclusivo de la izquierda, como lo presenta ahora la derecha uribista. Algo similar hicieron Álvaro Uribe en su camino a la reelección en 2006 e Iván Duque en su campaña para 2018. Se ha convertido en una estrategia un tanto frecuente entre quienes lideran las encuestas, supuestamente para “no desgastarse”. 

La diferencia es que ahora el líder es un candidato de izquierda, que por primera vez en la historia está en el gobierno, con alguna posibilidad de continuidad. La misma izquierda que cuando la dejaban plantada en los debates acusaba a la derecha de antidemocrática. Y la misma derecha que hacía alardes de estratégica por no desgastar a su candidato, hoy juzga a sus oponentes por exactamente lo mismo. No hay diferencias sustantivas. Lo que prevalece es el cálculo electoral. 

¿Por qué no debaten?

Cepeda, líder en las encuestas y el más cuestionado por los medios y sus oponentes, considera que el debate solo tiene sentido con los dos candidatos que para él son de extrema derecha, Paloma y ADLE, dado que representan una visión radicalmente opuesta de país, que es lo que está en juego. Por ello, plantea que con los demás candidatos se puede dialogar y conversar, pero no hay una cuestión de fondo para discutir. 

Además, exige condiciones de equidad en tiempos y en el trato de los moderadores, así como respeto de parte de sus contradictores, de quienes, dice, recibe solo calumnias, insultos y agresiones. 

ADLE, por su parte, considera estéril cualquier debate con candidatos sin opciones de ganar y fratricida uno con Paloma Valencia, dado que tienen ideologías afines. Prefiere evitar que alguno salga herido, considerando que en segunda vuelta tendrán que hacer alianzas para derrotar a Cepeda: el “enemigo” único y común de él y Paloma. 

Valencia, al contrario, es la más interesada, pues se juega casi todo en la primera vuelta. Rezagada aún en las encuestas, está desesperada por superar a Abelardo. Consentida de la gran prensa –al servicio del establecimiento colombiano– no solo necesita el espacio, sino que se siente jugando de local. Su escenario ideal para la remontada, demostrando que conoce más y mejor el Estado que ADLE. 

Los demás, empezando por Sergio Fajardo y Claudia López –que les siguen en intención de voto, así sea con un porcentaje mínimo–, rechazan, con razón, la actitud excluyente y antidemocrática de los dos punteros.

¿Quiénes pierden y quiénes ganan sin debates? 

En general, todos, porque más allá del lugar común, pierde la democracia, esto es, el país entero. Privar a los ciudadanos de conocer más y mejor la visión, las propuestas y el talante de los tres candidatos más opcionados para llegar a la presidencia acota aún más nuestro precario criterio político y electoral. Por supuesto, también aumentan las posibilidades de una mala decisión en las urnas.  

En particular y paradójicamente, el candidato que más pierde es el más reacio, Iván Cepeda. Primero, porque es tal vez al que menos conocen las personas que aún no saben por quién votar o tienen la imagen negativa que sus detractores y los medios tradicionales le han construido: el títere de Petro y el “heredero de las Farc”; el comunista y abanderado del “castrochavismo”, que va a acabar con la democracia en el país. Tiene una oportunidad para exorcizar esos y otros demonios que le endilgan, que no debería desaprovechar.  

 
Aunque él insista en que tiene los votos suficientes para ganar en primera vuelta y que no le interesan los de los indecisos, este es un escenario poco probable, como lo muestran las encuestas. Lo más posible es que se encuentre en segunda vuelta con una derecha unida –así sea solo por el antipetrismo–, reforzada por buena parte de los votantes de centro. Algunos lo harán en rechazo a la continuidad del Pacto Histórico y otros simplemente por izquierdofobia. ¡Este país sigue siendo muy godo!

Segundo, porque Cepeda –más allá de si comparte o no su ideología y proyecto– es el candidato con mejor preparación política y que más conoce a Colombia entera: no solo a la región Andina. Adicionalmente, si se analizan todos los programas, tiene la propuesta de gobierno más concreta y pertinente para los grandes problemas del país, empezando por la desigualdad, que es el principal de todos y el germen de los demás flagelos: inseguridad, corrupción, polarización, etc. 

Y en tercer lugar, porque además del necesario conocimiento del país, si algo sabe hacer Cepeda es debatir, como lo ha demostrado a lo largo de su carrera política en el Congreso, ante contradictores de peso, como el propio Álvaro Uribe Vélez. Estoy seguro de que con la firmeza, seriedad y respeto que lo caracterizan, tiene la capacidad, con argumentos, de poner a Paloma y a ADLE en su lugar, y, si es necesario, al moderador también, como lo ha hecho en algunas entrevistas. Cepeda no puede pretender que el país le reconozca una superioridad intelectual, política y moral sin confrontarla públicamente. Si la tiene que la demuestre: los debates son un escenario natural para hacerlo.

Tiene razón Cepeda en los motivos por los que ha rehusado participar en debates (parcialidad, calumnias, amarillismo, etc.), pero también debe saber que, si fuera presidente, el escenario no sería muy diferente y no podría evitarlo. Al contrario, debería ser menos prevenido de lo que ha mostrado en algunas entrevistas, como en la de El Tiempo, y no responder con displicencia preguntas legítimas de la ciudadanía, como las de su opinión sobre el nombramiento de Daniel Quintero Calle en la Supersalud, por más incómodas que le parezcan. 

También debería saber que sin debates es difícil captar votos de opinión y que sin estos no gana en primera y quizá tampoco en segunda. No se puede quedar solo en la calle con su masa cautiva. Es un buen termómetro, sí, pero no el único: las élites, los clanes y las maquinarias políticas todavía pueden ser decisivas. La Colombia profunda y de “los nadies” no basta, por lo menos por ahora, para poner presidente.

 
No sé cómo y de dónde saca las cuentas para sustentar el triunfalismo de que ganará en primera. Si se equivoca y debe ir a una segunda vuelta, no debe olvidar la célebre frase popular de que en primera vuelta se vota con la razón y en la segunda con el corazón. En nuestro caso con rabia o rechazo, y él es el que más lo genera de los tres, según la imagen negativa que registran las encuestas.  

El que sí gana sin debates es Abelardo, porque es el que menos conocimiento tiene del país y sus problemas, y en ellos quedaría en evidencia. Además, casi siempre que abre la boca genera más rechazo que adhesión, cuando no es que potencia a sus oponentes como sucedió con el comentario homofóbico sobre Juan Daniel Oviedo antes de las consultas de los partidos. 

¿Podrían los debates definir el próximo presidente de Colombia?

Aunque históricamente no han sido decisivos en nuestro país y han servido más para reforzar posiciones existentes que para mover votos, esta vez creo que sí podrían serlo. 

Mi hipótesis sigue siendo que la derecha unida, con el apoyo de una parte del centro, no tienen pierde en segunda vuelta, y que Cepeda no cuenta con los suficientes votos para ganar en primera. De estar en lo cierto, la presidencia de Colombia se definiría, básicamente, entre los dos candidatos de derecha: el que pase a la segunda vuelta será el sucesor de Petro. 

Si también es verdad que en primera vuelta la gente vota con la razón, esta sí se alimenta con los debates. Adicional a lo anterior, hay otros motivos ya esbozados que aquí remarco: 1) no hay ni candidato único ni con las mayorías suficientes en la derecha; 2) hay mucho votante indeciso, casi todos de derecha o centro-derecha; 3) el voto de opinión podría ser determinante en la puja entre Paloma y Abelardo; 4) cada vez que uno de estos habla gana o pierde electores; 5) Cepeda sigue concentrado en su nicho, dejándole a la derecha la puja por el voto de opinión; y 6) con el voto de derecha dividido, la forma de enfrentar a Cepeda en los debates podría ser el factor clave que incline la balanza hacia Paloma o Abelardo. ¿Será por esto último que Cepeda no se quiere prestar para el reality de la derecha?

Pero más inquietante que la falta de debates es que las maquinarias, las élites y los clanes políticos que han manejado los hilos del poder en este país hayan movido tan pocas fichas a estas alturas. Tal vez estén esperando, entre otras cosas, cómo queda el tablero tras los debates, para apostarle, como siempre, al caballo ganador.

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