Pregúntele al Cauca

Para escuchar leyendo: Almita mía, Marta Gómez.

Cuando usted no sepa qué hacer, pregúntele al Cauca. Nunca he olvidado esa frase, lo considero el mejor consejo que haya recibido alguna vez. Me lo compartió en alguna conversación Juan Luis Mejía, un señor bueno, el señor que yo quiero ser cuando sea grande.

Algo así debía sentir García Marquez cuando dijo que había llegado a la conclusión de que uno es de su medio ecológico y que es peligrosísimo y gravísimo salir de él. A mí me sucede, francamente, no sólo en la costa, en el Caribe sino en cualquier lugar del Caribe.

Uno camina siempre bregando a mantener cerquita el recuerdo o la certeza del lugar seguro, de la infancia, de lo conocido. Esto en cuanto individualidad, pero cuando nos miramos en un conjunto, cuando nos conjugamos en nosotros, los asentamientos urbanos también han tenido ese instinto.

Desde siempre, se levantaron aldeas, se desarrollaron imperios siguiendo un mismo principio: donde hay agua, hay vida. El Nilo no era solo un río; era Egipto. El Ganges no era solo corriente; era civilización. El Cauca, el Medellín (que también es un río, el nuestro, aunque a veces nos cueste recordarlo) fueron antes que cualquier carretera, cualquier cable de fibra óptica, cualquier plan de ordenamiento territorial, la primera respuesta a la pregunta de dónde vivir.

El Magdalena, por ejemplo, es una de las pocas nociones nacionales que tenemos los colombianos.

Juan Luis, en esa misma conversación, contaba de la anécdota en la que, mientras era verificador de elecciones en el Amazonas, se sorprendía de ver “el río crecido”. La respuesta de su guía fue una verdadera lección: ese es el problema de ustedes los blancos. Creen que el río solo tiene lecho de verano.

Es una sabiduría que no necesita nombre. Convivir con el agua significa entenderla: sus ciclos, sus crecientes, sus temporadas de generosidad y sus avisos de furia. Antes las casas se construían con respeto. Las orillas se dejaban libres. Las ciénagas se leían como calendarios. El agua no era un recurso; era un interlocutor, era el eje estructurador de nuestro destino físico.

La Santa Elena, por ejemplo, contaba la historia de Medellín a medida que se recorría ¿Y qué hicimos con ella, con nuestra nodriza? La soterramos y la dejamos en el olvido de lo subterráneo.

Decidimos que el agua era un problema de ingeniería, no de convivencia. Que los ríos debían obedecer trazados rectilíneos, que las quebradas debían desaparecer bajo el concreto, que las zonas inundables eran simplemente terrenos desaprovechados. Y luego nos sorprendemos cuando el agua vuelve a reclamar lo suyo.

Lo paradójico es que esta ruptura no nos hizo más poderosos frente al agua. Nos hizo más vulnerables. Las ciudades más tecnificadas del planeta se inundan (Ciudad de México, por ejemplo, se hunde entre 25 y 35 centímetros por año en promedio, aunque hay zonas donde el hundimiento supera los 40 cm anuales, según últimos reportes del satélite NISAR). Los países más ricos del mundo ven sus infraestructuras colapsar ante lluvias que antes el suelo absorbía en silencio. Hemos gastado fortunas controlando el agua y el resultado es que tememos más a las tormentas que nuestros abuelos, quienes las esperaban sentados en el corredor.

Volver a preguntarle al Cauca no es romanticismo ni nostalgia. Es una actitud epistemológica que nos es urgente, queridos paisanos: debemos volver a convivir con el agua, volver a dejarle espacio. Nos debemos la noble empresa de diseñar ciudades y asentamientos que recuerden que los cuerpos de agua son vecinos, no enemigos. Que una quebrada recuperada vale más que un parqueadero. Que la pregunta no es cómo dominar el agua, sino cómo vivir con ella.

Volviendo a Gabo, entender a ese país que no es de tierra, sino de agua. Que en su caso era el Caribe, que en el mío es el Cauca, que en el nuestro es cualquier corriente donde el agua sigue engendrando la vida.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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