Conversar es lo más parecido que tenemos a lanzar gas lacrimógeno. Así como resulta necesario conseguir un tubo de goma, una lámpara de alcohol, glicerina, entre otros materiales para preparar el segundo, hay que reunir los materiales para una preparar una conversación. ¿Cuáles son? Nadie los enseñó, pero no se preocupen; pueden conseguirlos en cualquier tienda de barrio.
Tres cosas. Primero. El congreso de la república —de cualquier república— es el peor ejemplo de una conversación. La explicación sobra. Pero aparece una voz en off que, femenina, desde la esquina izquierda de nuestro gran salón (porque el espacio es fundamental en la conversación, como para el aguacate el periódico), con cierta picardía en sus pestañas, afirma (aunque no sobre piedra): “Una conversación no tiene propósito”.
El ilustre servidor, digamos, Iván Ilich, se levanta de su silla y, como si le molestara su sombra y viera en esa oscura visitante esquinera su propia sombra por delante, cambia de color. ¡Ha sido impactado por el gas lacrimógeno! Exclama: “La conversación del ilustre Congreso ha de ser la más importante. Es la conversación de las gentes reunidas. Ha de ser el mejor ejemplo del intercambio de lenguaje”.
La sombra guarda silencio en un intento vengativo por copiar la ceguera del funcionario que, de tanta burocracia, hasta su nombre olvidó. ¿Será este el final de la conversación? No. Aparece otra voz cualquiera. Entiende el silencio de la mujer de la esquina, así como la bulla de las palabras del servidor y, en una valiente mediación, dice: “Eso es. El intercambio del lenguaje”. La voz astuta rescata las palabras ensordecedoras del servidor, pero lo hace oblicuamente. Le resta el ruido que aturde, como quien remueve el lodo para encontrar oro. Las recibe y las devuelve. Revive la conversación.
Conversar es Dar-Recibir-Devolver. El Don de Marcel Mouss. La pregunta es material indispensable. Nunca el propósito. Se intercambia sin propósito. Se usa el lenguaje por el lenguaje. La pregunta sin propósito anticipado expande, no cierra. “Ese es justo el lugar al que los quería llevar con mi pregunta”, dice un joven aprendiz tras la intervención de la voz mediadora. Llegó con la armadura propia de la ignorancia y no se ha tomado ni un trago. Es terco quien se resiste a no saber. Quien se resiste a respirar el gas lacrimógeno sin una mascarilla.
Seguirá siendo aprendiz hasta que se rinda. La conversación debe temerle a las certezas. A quien profesa o a quien aparenta tenerlas. La conversación debe ser manantial, cascada, diluvio, nube de gas que nos envuelve y diluye nuestros atuendos, por lo general, hechos de cartones, C.V.s y una estúpida parranda de mentiras. El yo sobra porque la conversación lo pone en cuestión. Casi siempre es ese, el que se rehúsa a dejarse tragar por el remolino del lenguaje, quien se enfurece o propone, cobarde, abandonar el barco. Sabe que se ahoga estando en cubierta.
Se vale, eso sí, el “yo no sé”. Por eso la importancia de la pregunta. Porque es temblor. Gas lacrimógeno hecho en casa. Desestabiliza. Solo escucha. No le importa el cartón. Una pregunta expande, nunca cierra. Por eso, joven aprendiz, quítese la corbata y beba más alcohol, porque no quiero que su pregunta me lleve a su caza. Fijar un propósito es fijar una trampa. Esperar que alguien conteste lo que se espera. Lo que se planeó. ¿Y si no, qué? Pregunta envenenada. Se acaba la conversación.
Olvidé lo segundo y lo tercero, pero pregunto, eso sí, ¿de qué color es una conversación? Piénsenlo mientras voy por más cervezas.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/