¿Y la democracia partidista qué?

Se nos está volviendo paisaje, en la política colombiana, la indisciplina partidista, y casi nadie lo está diciendo con suficiente determinación, porque no solo es más común de lo que pensamos, sino que a nadie le importa.

Pero seamos honestos: en Colombia, la disciplina en los partidos nunca ha sido particularmente fuerte. Lo que sí cambió es que antes, al menos, había algún costo por romperla. Hoy no. Hoy cualquiera se hace elegir con el aval de un partido, usa su logo, su estructura, sus votos, y, apenas llega al cargo, actúa como si todo eso hubiera sido un simple trámite para aparecer en un tarjetón.

Y no. Un partido no puede ser tratado como un trámite.

Hace apenas unas semanas vimos un ejemplo claro. El Partido Liberal Colombiano tomó una decisión desde su Dirección Nacional: apoyar la candidatura presidencial de Paloma Valencia. No fue un aval formal, pero sí una decisión política, institucional, adoptada por las instancias del partido.

Y, sin embargo, hoy vemos a varios congresistas liberales —elegidos con ese aval, con esa estructura, con ese logo— desmarcándose públicamente, apoyando otras candidaturas y, peor aún, atacando la decisión de su propio partido.

Y ahí es donde la cosa se vuelve compleja, porque es que una cosa es el disenso, que está muy bien, porque nadie está diciendo que todos tengan que pensar igual. Pero otra cosa muy distinta es hacer campaña con un partido y, una vez elegidos, actuar como si ese partido no existiera o como si sus decisiones fueran irrelevantes y no vinculantes.

Si no estaban de acuerdo, había opciones: dar la discusión interna con argumentos, pedir que los dejaran en libertad, votar en contra en los espacios del partido, incluso guardar silencio. Pero salir públicamente a no solo contradecir la decisión institucional, sino también a denigrar de la colectividad que los avaló para llegar a un cargo de elección popular, sin siquiera seguir el conducto regular del debate de una decisión de ese talante, no es disenso: es indisciplina. Y, más grave aún, es una indisciplina sin consecuencias.

Pero lo más revelador de todo esto no es solo lo que hacen los congresistas, sino lo que deja de hacer el partido. No pasa nada. No hay sanciones, no hay llamados de atención efectivos, no hay límites, no se exige el respeto por la institucionalidad de las decisiones. Todo se deja pasar porque ni siquiera les importa la integridad de la colectividad: los intereses son el cálculo político y la posibilidad de luego obtener beneficios de esa inacción.

Y ahí es donde se rompe todo.

Porque entonces entendemos que el problema no es solo de los individuos: es estructural. Los partidos dejaron de comportarse como instituciones democráticas y se volvieron instancias que toman decisiones calculadas… y que, por ese mismo cálculo, renuncian a hacerlas cumplir.

Un partido político, cuando funciona como institución y no como simple vehículo electoral, es mucho más que un aval: es una estructura que ordena ideas, fija reglas de juego y, sobre todo, hace exigibles esas reglas hacia adentro. En las democracias, los partidos cumplen una función básica de coherencia: permiten que los ciudadanos sepan qué se está defendiendo, quién responde por qué decisiones y bajo qué principios. Pero eso solo es posible si la disciplina partidista es real, no un saludo a la bandera.

Sin esa mínima consistencia, los partidos dejan de ser instituciones y se vuelven plataformas personales y caudillistas. Y, cuando eso pasa, la política pierde algo clave: la capacidad de exigir responsabilidad colectiva y no solo individual.

Entonces, claro, después nos preguntamos por qué la política está fragmentada, por qué nadie responde por nada, por qué todo el mundo hace lo que quiere. Pues ahí hay una respuesta: porque los partidos renunciaron a ejercer como partidos.

Y eso sí es grave. Porque una democracia sin partidos fuertes no es más libre. Es más caótica, más oportunista y, sobre todo, más difícil de exigir. Sin reglas claras, sin coherencia mínima, la política se vuelve un ejercicio individual donde cada quien responde solo por su conveniencia.

Aquí no se trata de romantizar a los partidos. Se trata de entender que, sin organización, sin disciplina y sin responsabilidad colectiva, lo que queda no es más democracia.

Es otra cosa.

Un montón de colectividades en las que tienen como fin dar avales, perpetuar el poder en caudillos y aprovecharse de los recursos que perciben del Estado para ostentar autoridad cuando les conviene.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

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