Medellín ‘y punto’

El alcalde de Medellín canceló el lanzamiento de un libro en nombre de la legalidad. El alcalde de Medellín ordenó borrar un mural en nombre de la justicia. El alcalde de Medellín derribó un edificio en nombre de la memoria. Estos tres hechos abren una conversación sobre la ciudad misma: Medellín, cada vez más, se aleja de ser un proyecto colectivo para convertirse en un cuadrilátero; nosotros aquí, ustedes allá. 

Si defiendes la publicación de un libro sobre el M-19, comulgas con la lucha armada; si tu arte es un grito de reparación, cállate que ese reclamo no es el mío; y así el debate se va resbalando hasta arengar desde una esquina ‘la ciudad ya no les pertenece’ para contestar, desde la otra, ‘ya la recuperamos’. 

Las ciudades se entienden por ser lugares de trueque de palabras, de deseos, de

recuerdos, como diría Italo Calvino; la ciudad es un organismo complejo que prospera gracias a la diversidad de usos y la interacción humana espontánea, como anotaría Jane Jacobs; pero —sobre todo— porque las ciudades no tienen dueño, ni nadie se puede arrogar el derecho de definir o limitar esos intercambios que, en ocasiones, nos pueden resultar incómodos y hartos.

Medellín se salvó a sí misma con conversaciones incómodas. Sin pactos, pero con la capacidad extraordinaria de María Emma Mejía —y otros— de escuchar y entender al diferente. Hoy esta ciudad que amamos está entrando en la categoría de incomprendida, porque pareciera que el éxito de una cifra de turistas nos está ahogando en nuestros propios problemas. Como si esas externalidades negativas fueran ajenas. 

Corría el año 2019 cuando una carga explosiva oficial derribó el edificio Mónaco de Pablo Escobar. En los meses previos se conocieron cantidades de fotos de turistas en la portería o vídeos de otros más excéntricos que lograban infiltrarse por la estructura en ruinas. “Estoy convencido de que todos los símbolos de la ilegalidad en Medellín tienen que caer”, afirmó el entonces alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez. 

Hoy ese número de visitantes extranjeros ha crecido exponencialmente. Cualquier operador turístico puede dar fe que, así a vuelo de pájaro, que 7 de cada 10 extranjeros aún preguntan por un recorrido que visite algún resquicio de Escobar. Mientras tanto, el porcentaje de quienes recorren el Museo Casa de la Memoria o el parque Inflexión no representa ni una mínima parte de quienes compran los souvenirs del extinto capo que se exhiben en los ventorrillos de los principales atractivos turísticos de Medellín. 

Seguir en esa lógica de confrontación y eliminación del otro es tan tozudo como los ejemplos dados en esta columna: hoy todo el mundo habla del libro censurado que estaba destinado a llenarse de polvo, el mural borrado fue replicado en cientos de paredes y el relato narco no cayó con un edificio. El problema de fondo es el deterioro en la conversación ciudadana. Medellín ya está empezando a pagar muy caro el precio de una década de este modelo que busca zanjar cualquier discusión con un ‘y punto’.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/

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