La última película de Park Chan-wook, el director coreano, a quien le conocimos su capacidad de imaginar en la celebrada “Oldboy”, es una correspondencia en dos vías. De un lado es una ingeniosa adaptación de la novela “The Ax” de Donald Westlake. De otro, es también una respuesta, una continuación de la conversación que había ya iniciado el cineasta griego Costa-Gavras quien presentó su versión del libro en 2005. Esta tripartita nos deja una obra expandida que reflexiona sobre las implicaciones sociales del neoliberalismo, del amplificado principio de la competencia. “La única opción” es principalmente una película sobre la ruina moral, sobre el descalabro humano de ver a los demás como competidores.
La historia es un camino del héroe capitalista. El protagonista es un trabajador que goza de las bondades de la clase media consolidada. Tras ser despedido y no encontrar trabajo en 18 meses, se ve forzado a tomar ciertas decisiones buscando recuperar su vida perdida. A partir de ahí, el director nos guía, como Virgilio a Dante, por dos círculos del infierno: el del descenso moral de su personaje principal o el de la redención de un capitalista clasemediero que hace todo lo necesario por proveer a su familia. La interpretación de lo que vemos en pantalla es ambivalente. Lo que, visto desde ciertos lentes, sería una pérdida de brújula moral, de absoluta deshumanización, podría también entenderse como una épica posmoderna, como una tremenda capacidad de sobreponerse a la adversidad, incluso si de ello depende aplastar a los otros.
El ethos que permite ver la ruina moral como un logro humano es el de la competencia, el de la supervivencia del más fuerte. La terrible lectura de la teoría de la evolución de Darwin nos dejó un modelo mental de imposición, vía fuerza y poder, de una existencia sobre otra. La economía de mercado subió el volumen a esta errónea interpretación de una disposición natural de los seres humanos a competir. No es cierto. No existe una naturaleza humana. Y si la hay, no es la del enfrentamiento, la de vencedores y perdedores.
Cuenta Michael Tomasello que, a diferencia de otros primates, el Homo sapiens tiene una esclerótica — la parte blanca del ojo— muy visible. Esto es así para poder ver lo que los otros están mirando, para poder coordinar acciones, para poder cooperar.
A Margaret Mead, la antropóloga estadounidense, se le atribuye la teoría del fémur fracturado que sanó como primer símbolo de civilización. Una pierna fracturada, para cualquier animal, supone la muerte. Para un humano, que puede ser ayudado por otro, no. El cuidado y la cooperación estarían, en ese sentido, en la base de la evolución humana.
Lynn Margulis, la bióloga evolutiva, cuenta que las células eucariotas se desarrollaron no porque fueran las más fuertes, sino por una amable y provechosa convivencia celular. Es decir, la complejidad de la vida surge no porque unos organismos vencen a otros, sino porque aprenden a vivir juntos y a cooperar.
La película de Chan-wook reflexiona sobre el principio de competencia llevado a las últimas consecuencias. Véanla por la razón por la que hay que ver películas. Porque nos ayudan a entender el mundo en que vivimos y a proyectar otras formas de ser. La imaginación, que es el cine y la literatura, son nuestro pasadizo a la utopía.
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