Una llanta de repuesto

Uno de los argumentos más repetidos cuando Juan Daniel Oviedo decidió ser la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia era que el exdirector del DANE morigeraría las posiciones de la elegida por el Centro Democrático para intentar retornar al poder.

Quizá sea innecesario, pero vale la pena recordar que el Centro Democrático fue el partido que se opuso con garras y dientes al proceso de paz, y que su actual candidata ha afirmado en más de una ocasión que la interrupción voluntaria del embarazo no es un derecho o que hay que separar el departamento del Cauca en dos para segregar a los indígenas. La presencia de Juan Daniel Oviedo no ha hecho —ni hará— que nada de eso cambie.

Pero en fin, decían aquello de que la llegada de Oviedo a las huestes del uribismo serviría para moderar la campaña. El tirón inicial en la popularidad y las encuestas luego de la confirmación del exconcejal de Bogotá como compañero de Paloma pareció darles la razón cuando hablaban de un acierto en la escogencia.

Pero su presencia sirvió, sobre todo, para aplacar la conciencia de quienes han sido críticos con el partido y el legado de Álvaro Uribe Vélez, pero confían —o quieren confiar— en que lo de Paloma, quien se ha declarado uribista hasta la muerte, no es la continuación de esa manera de ver el mundo.

La idea de que Oviedo tendría el poder suficiente para aplacar una visión del mundo incubada en lo más profundo del uribismo es, cuando menos, cándida. Cuando más, cómplice. Lo digo porque Juan Daniel creció como figura pública y política a la sombra de ese mismo partido, aunque tenga algunas diferencias con la propia aspirante a la presidencia.

Recuerdo que, tras la consulta que dejó a Paloma como vencedora y a Oviedo como rutilante estrella en ascenso, este último fijó unas líneas rojas que no se podían traspasar para poder ser el candidato a la vicepresidencia. Por fuerte que haya sido el trazo, parece que lo hizo con marcador borrable y las tales líneas se fueron desdibujando hasta desaparecer.

No importa que Paloma Valencia diga, aquí y allá y más allá, que hay ciertos derechos reconocidos por la ley en Colombia que para ella no lo son —y aún así hay gente incapaz de notar en ella la deriva antiderechos—, Oviedo sigue ahí, incapaz de moderar nada, sonriente con su periódico en la mano.

El más reciente desacuerdo —que disfrazaron luego con un abrazo forzado y el argumento repetido de la suma— fue la petición de Valencia a Uribe de que sea su ministro de Defensa y el posterior rechazo de Oviedo a tamaño despropósito que revela en la senadora y candidata un firme deseo de volver al pasado. «La presidenta soy yo», lanzó ella para ratificar que las posiciones de su fórmula no cambian ni un ápice la mirada en ángulo agudo de la aspirante a habitante de la Casa de Nariño. Al mismo Oviedo no le quedó otra opción que reconocer que su rol no es más que el de una llanta de repuesto, como el de todas las demás fórmulas, pero eso creo que ya estaba clarísimo para todos. Incluso para él.

Su presencia en la campaña del uribismo no cambia, para nada, las prioridades que pueda tener el Centro Democrático y el expresidente Uribe —por interpuesta persona— para devolver al país a un lugar del pasado que algunos ven con nostalgia. Otros preferimos no olvidar la persecución contra la oposición, la cercanía de los círculos del poder con estructuras paramilitares y las ejecuciones extrajudiciales, lo que nos recuerda que aquellos años fueron tristes y peligrosos.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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