Hablar de política no solo está bien: es necesario. Una sociedad que evita el debate político le cede el campo a quienes toman las decisiones sin que nadie los cuestione. El problema no es hablar. El problema es lo que a veces hacemos con esa conversación: convertirla en la vara con la que medimos si alguien merece seguir cerca de nosotros.
Votar es uno de los pocos actos verdaderamente igualitarios que existen. En la urna, el voto de cualquier persona vale exactamente lo mismo que el de cualquier otra. Eso tiene un peso que no es menor y merece ser ejercido con convicción y con información. Nadie debería votar por inercia, por miedo o porque alguien más le dijo que debía hacerlo.
Pero el voto es también un acto íntimo. Y casi nunca es simple. Tendemos a creer que el candidato por el que alguien votará parece decir todo sobre quién es esa persona. Pero eso es reduccionista: en muchos votantes hay dudas y cambios de decisiones; en otros, cierto envalentonamiento al cantar su voto, porque se sienten ganadores. En parte de la población hay temor de verbalizar su intención, so pena de ser ridiculizado o señalado, o incluso de perder el trabajo si hace explícita una postura política distinta a la del jefe.
La gente vota por razones que no siempre tienen que ver con ideología. Vota por lo que escuchó en casa, por lo que vio que le funcionó o no le funcionó a su municipio, por hartazgo, por esperanza, por miedo a lo desconocido. Las motivaciones son complejas, pero el fanatismo no tiene paciencia para entender eso.
Lo que más me llama la atención no es el desacuerdo, que es normal y muy saludable. Es la velocidad con que ese desacuerdo se vuelve juicio moral. Como si disentir políticamente obligara a concluir que el otro es, en el mejor de los casos, un desinformado, y en el peor, una mala persona.
Paradójicamente, solemos ser más exigentes con el amigo que vota distinto que con los propios candidatos. Candidatos que, a menos de un mes de las elecciones, siguen sin aparecer en un debate serio, sin aclarar sus propuestas, sin responder preguntas incómodas. La energía que gastamos juzgando a los cercanos es energía que le quitamos a la exigencia ciudadana que sí podría cambiar algo.
Eso no significa que haya que callarse. Ni que todas las posturas sean igualmente válidas. Significa que una conversación política que empieza con la disposición genuina de entender por qué el otro piensa lo que piensa suele llegar más lejos que una que empieza con la certeza de que está equivocado.
Los gobiernos duran períodos, pero la vida sigue. No digo que eso signifique evitar el conflicto ni que la política no merezca pasión. Digo que vale la pena preguntarse, de vez en cuando, cuánto estamos dispuestos a perder. Porque a veces lo perdemos sin siquiera notarlo, en medio del ruido, convencidos de que estábamos ganando.
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