Mercaderes de votos: Una reflexión para cristianas y cristianos con conciencia

En estos días de tanto marketing electoral, hay una escena que viene a mi mente con una claridad que no puedo ignorar: cuando Jesús entra al templo y ve que lo han convertido en un mercado, Él, con su emoción más humana sin dejar de ser Dios, voltea las mesas con ira; sin guardar silencio dijo con autoridad: «Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.» Esto describe lo que está pasando hoy en muchas de las iglesias de este país.

Soy cristiana. Y precisamente porque lo soy, y porque valoro profundamente lo que representa la iglesia en Colombia, me indigna ver su espacio comprometido por intereses electorales.

Las iglesias evangélicas y pentecostales representan cerca del 20 por ciento de la población colombiana, alrededor de diez millones de personas. El Ministerio del Interior ha otorgado más de 9.500 personerías jurídicas a iglesias en todo el territorio nacional, un promedio de nueve por municipio. Somos una comunidad masiva con arraigo profundo en los sectores más vulnerables, donde la iglesia llega, sirve y acompaña. Esa labor merece respeto, merece protección, y no merece ser convertida en operación política.

La campaña de Abelardo De La Espriella ha encontrado en los templos un canal que ninguna pauta publicitaria puede igualar, miles de personas reunidas voluntariamente, con confianza y con el corazon abierto. En ese espacio sagrado ha logrado meter la campaña, una campaña que además ha sido construida sobre la descalificación sistemática del otro.

Esas prácticas, que no representan lo que creemos y no se santifican por ocurrir dentro de un templo, son y seguirán siendo manipulación, igual que lo es usar la pobreza y la necesidad del pueblo colombiano para apalancar el poder con discursos de odio. Distinto escenario, mismo manual.

A los pastores y líderes que conducen esas congregaciones les digo con el respeto genuino que me inspira su labor: ustedes han construido lo que ningún político ha sido capaz, la confianza de su comunidad, que es un tesoro cimentado con años de servicio genuino, de acompañar dolores, de sostener familias, de orientar jóvenes en el extravío, de predicar esperanza. Ese capital no se presta, ni se vende, es una responsabilidad gigante que debe llevarnos a confrontar el poder cuando quiere mercadear con la Fe.

A los creyentes, usemos nuestra conciencia con todo lo que sabemos y con todo lo que hemos aprendido a fuerza de vida y Fe.

Los valores que definen a una comunidad cristiana no son negociables: la justicia, la compasión, la dignidad del otro, la restauración de quien ha caído, la unidad por encima de la división. No el elitismo, no el sectarismo, no el miedo usado como herramienta, esos no son valores del evangelio, son herramientas del poder disfrazadas de Fe.

La segunda imagen que no me abandona, es la de un Jesús que no vino a dividir sino a restaurar, que tiende puentes, que busca la justicia para los más vulnerables no con discursos sino con actos concretos. Ese propósito, de unidad, restauración, justicia con compasión, es exactamente el criterio con el que debemos mirar a quienes hoy piden nuestra confianza.

Queda entonces una sola pregunta, pero hay que hacerla con honestidad, ¿Quién actúa más parecido a quien restaura en lugar de condenar, a quien incluye en lugar de excluir, a quien ha estado del lado de los más vulnerables no con discursos sino con hechos concretos y verificables? La respuesta está ahí.

Somos diez millones de personas con criterio, con historia, con Fe vivida en lo cotidiano. Esa Fe nos da una brújula, usémosla porque el voto merece hacerse como la oración, en intimidad y conciencia.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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