¿En Colombia ya no sentimos? Esa pregunta me quedó rebotando en la cabeza durante todo el fin de semana, después de asistir a la Feria del Libro de Bogotá. Escuché a Gilmer Mesa hablar de su nuevo libro, Los espantos de mamá, y, al referirse a él, lo describió como una puerta sin regreso para dejar de ser indolentes. Según él, uno de los grandes males de este país es precisamente ese: la incapacidad de sentir el dolor ajeno, de conmovernos ante el sufrimiento que han dejado décadas de violencia en esta patria.
Lo que menos esperaba era que esa pregunta se hiciera tan vigente apenas unas horas después. Al llegar a mi casa, entré a X para actualizarme sobre las noticias del día, revisar las reacciones de los políticos en campaña y leer a algunos líderes de opinión. Lo que encontré fue lo de siempre: cada quien atrincherado en su mundo, cubierto por sus propios sesgos y con muy poca disposición para abrirle espacio al dolor ajeno.
Al menos 20 colombianos fueron asesinados y decenas resultaron heridos por un artefacto explosivo en la vía Panamericana, cerca de Cajibío, Cauca. Esto, además, en medio de múltiples acciones terroristas que, durante apenas 72 horas, golpearon al suroccidente del país. Miedo, desazón, desesperanza e incertidumbre son, quizá, las palabras que podrían expresar lo que siente el país, pero, sobre todo, lo que sienten quienes habitan el sur de Colombia.
Sin embargo, como expresión de esa indolencia que cubre a nuestra patria, aparecieron las reacciones de quienes nos representan. Desde una orilla, se insinuó que “las guerrillas son funcionales a la derecha” y que frente a “la campaña de bombas de la derecha” había que responder con esperanza. Desde la otra, la tragedia fue reducida a munición electoral contra el Gobierno: “la paz total de Iván Cepeda y Petro sigue avanzando”, escribió un representante electo; “el resultado de la paz cocal de Petro y Cepeda”, publicó una senadora.
Y, para completar el cuadro, apareció un trino del presidente de la República, con no más de un día de diferencia frente a la masacre, en el que escribió: “He celebrado mi cumpleaños el 19 de abril, que coincide con el aniversario del M-19, con mis amigos…”.
Ahí es donde uno se da cuenta de que Gilmer Mesa tenía razón. La indolencia no es una idea lejana ni una frase bonita de feria del libro. Es algo que se ve en la forma en que reaccionamos ante la tragedia, en la rapidez con la que convertimos el dolor en argumento político y en la facilidad con la que los muertos dejan de ser personas para convertirse en noticias, cifras y argumentos.
La indolencia que permea a nuestro país nos lleva a instrumentalizar muertos antes que a llorarlos, a sacar provecho de las lágrimas ajenas y a olvidarnos de lo que significa el dolor. Nos ha hecho creer que es normal lo que la guerra nos escupe. Nos ha hecho aceptar ruidos indolentes antes que silencios respetuosos.
Cuando el dolor se respeta, a veces el mejor camino es el silencio.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/